domingo 27 de septiembre de 2009

Publicación bimestral. ISSN Nº 1851-4855. Año 3 Número 12. Septiembre de 2009. Dedicado al género policial.

Sin luces de París ni de la falsa vida… Disparen sobre el pianista. Director: Francois Truffaut. Basada en la novela de David Goodis Down There. Francia, 1960. Guión: Francois Truffaut y Marcel Moussy. Elenco: Charles Aznavour, Marie Dubois, Nicole Berger, Michèle Mercier, Serge Davri, Claude Mansard, Richard Kanayan, Albert Rémy, Jean-Jacques Aslanian, Daniel Boulanger. Por Ricardo L. Aiello: Guionista cinematográfico y televisivo. Docente especializado en Narrativa Audiovisual, Guión y Medios Audiovisuales. Director de TV, recibido en el ISER, Buenos Aires.


En su libro La Imagen-Tiempo (Estudios sobre Cine 2), respecto del cine de Fellini, decía Deleuze que aquel tenía una suerte de empatía por lo decadente, que tomaba a los materiales más bajos y de algún modo los sublimaba (Fellini es el autor que supo crear las más prodigiosas galerías de monstruos, escribe el filósofo francés en el capítulo “Los cristales del tiempo. Deleuze, Gilles. La Imagen-Tiempo. Estudios sobre Cine 2. Barcelona: Paidos, 1987.)
Y algo de eso hay, sin duda, en Disparen sobre el pianista de Francois Truffaut. La cinta es de 1960 y es el segundo largometraje del realizador francés desaparecido tan prematuramente.
Basada en la novela de David Goodis, Down There –en alguna traducción aparece como Música en el fango-, la película muestra una París alejada de sus formas más tópicas e iluminadas, con espacios cerrados, con tomas que logran magistralmente dar cuenta de lo hediondo y lo rancio del paisaje. Pero si hablé de empatía al principio es para resaltar que esta cosa baja que describe Truffaut no parece adjetivada de manera negativa, no parece estar condenada, más bien la ensalza con un cierto y extraño refinamiento que le da al relato un tono tan singular como irrepetible.
Edouard Saroyan/Charlie Kohler es un mismo personaje interpretado brillantemente por el astro de la canción Charles Aznavour (que ya había impactado al director por una actuación anterior). Saroyan, pianista virtuoso que en ciernes de su éxito ve truncado su envidiable presente por una infidelidad y suicidio de su esposa. De allí en más, como en clave de su admirado Hitchcock, aparece otra plano de la historia; sólo que la trama, el relato, lo plantea de una manera no lineal (sabemos el pasado de nuestro protagonista a través de un flashbacks que se inserta en la trama principal). Entonces se aparece Charlie Kohler tocando el piano en las noches oscuras de un tugurio de mala vida (o de mala muerte, creo que para este caso también es lo mismo). Pero, sabido es que el pasado no deja de acosarnos (puedo volver acá a otro concepto deleuziano: el ritornelo). En la secuencia inicial ya se nos muestra a uno de los hermanos de Edouard/Charlie, Chico, que acude a él en problemas. Después conoceremos a los otros hermanos (incluso a Fido, el menor, que vive en una pensión con el pianista), ninguno con una vida correcta.
Charlie se aferra a su piano cuál balsa salvadora, y no es para menos: su vida fue un auténtico naufragio, parece estar condenado a la soledad y a la incomprensión aún de sus propios familiares, a excepción de la banqueta que lo sostiene melódicamente delante del instrumento todo es angustia. Es magistral la escena en que Charlie junto a su enamorada Lena (una bellísima Marie Dubois) acuden al bar para renunciar a sus respectivos empleos: en medio de una discusión con Clint (tan aborrecible como simpático), el pianista acude solo a su instrumento para ejecutar, absorto de todo, una melodía que lo redime, que lo vuelve a su vida. Luego, una muerte accidental (porque los perdedores sólo matan por accidente, son mero juguetes del destino) y otra vez a escapar. Porque en la vida, al parecer, sólo se trata de eso: escapar y empezar siempre otra vez.
Hay también toda una propuesta estética muy original y de avanzada para la época: la pantalla partida, el uso de cortinas, la composición de planos detalles que remarcan situaciones, etc.etc. Pero el eje narrativo, la mirada de Truffaut (que compartió el guión con Marcel Moussay y a la vez se encargó personalmente de los diálogos), es la directriz principal de esta película. Se plantea toda una relación de amor entre el realizador francés y esa estética loser de los policiales negros clase B norteamericanos. Por eso se expone a los personajes, aún a los más canallas, a una mirada de conmiseración, desprovista de todo juicio; no queda lugar para una moral sólida ante lo fatídico de la existencia humana, ante la siempre presente vulnerabilidad. Es todo pérdida, diríamos desde la psicología.
Un artículo aparte merece sin duda el autor de la novela, David Goodis. Con una vida tan accidentada que no supo (o no quiso) evitar que se embebiera en su obra, produjo una literatura menor (al decir mayor del cánon); sus novelas “de kiosko”, sólo atraían a aquellos que veían en los malditos personajes a sus cómplices de vida. Leo por algún lado que alguien lo define como una suerte de Arlt americano, no me parece errado aunque las comparaciones también son odiosas en la literatura.
Algunos críticos marcaron que la segunda obra del joven director francés, más allá de sus innegables virtudes narrativas y cinematográficas (el uso de la voz over –mal llamada en off- es ejemplar aquí), poco reproducía el clima asfixiantes y los tonos que Goodis le imprimió a su novela. Es arriesgado afirmarlo sin un análisis muy pormenorizado. No obstante, veo en la obra el destino de todos los hombres que buscan vanamente aferrarse a algo y escapar de un pasado que acecha: Edouard/Charlie/Goodis… nosotros mismos.

Hush Hush. Los Angeles al desnudo. Director: Curtis Hanson. Basada en la novela L.A. confidencial de James Ellroy. Estados Unidos, 1997. Guión: Brian Helgoland. Elenco: Kevin Spacey, Kim Basinger, Russell Crowe, Guy Pearce, Danny DeVito, James Cromwell, David Strathairn, Amber Smith, Paul Guilfoyle, Ron Rifkin. Por Rosalía Baltar: Magister en Letras Hispánicas (UNMdP).




Para mis estudiantes de Segundo, este impulso

1. EXTRACTO. Los hechos del pasado vuelven, son heridas mal cerradas.
2. EXTRACTO. Todos tienen algo que esconder.
3. ASUNTOS INTERNOS. No se puede decir todo, de modo que van testimonios.
4. 1949-1958. TRES POLICIAS EN CLAROSCURO. No totalmente buenos o malos, ninguno del todo limpio, rudos con corazón (Bud White/Russell Crowe), rudos heridos de muerte (Jack Vincennes/Kevin Spacey), inteligencias puras, ambiciosas, personalidades tortuosas (Edmond Exley/ Guy Pearce). El libro de Ellroy maneja con firmeza y en profundidad esas tres vidas de sesgos desgastados por el dolor, los errores, las culpas; esas vidas en contraste, por lo comunes, intrascendentes, llenas de falsos reconocimientos, con el glamoroso sueño del espectáculo hollywoodense que todo lo promete y nada o casi nada concreta. Estos policías se parecen un poco a aquel guionista del cine mudo que creó Scott Fiztgerald, Pat Hobby, y que cayó en desgracia por el avance del tecnicolor y la voz. O mejor dicho, amalgaman acción policial e industria del cine, aun cuando se trate de un policial duro, mucho más duro en papel que en celuloide. Porque también es un espectáculo pertenecer al departamento de policía de Los Ángeles –la mejor policía del mundo (¡)- y escribir allí un informe (en tres versiones, para elegir) para Asuntos Internos. Porque también el crimen despliega su escenario de apariencias para sobrevivir, para que no te descubran, para enmascarar tu propio juego.
5. CAMBIO DE ENFOQUE. El libro es sucio, la película, límpida como el cielo; el libro es cruel y violento, la película, violenta pero sin saña; la película, sintética: el guionista sabe lo que hace e imprime en un personaje aspectos de dos o tres y cuenta destellos, no historias; el libro, analítico: un mar de basura desplegado en bolsas de heroína, químicos devenidos en hampones, descuartizadores de niños, brutalidad policial, la política y su inherente corrupción. Escenas idénticas que explican lo esencial: un lenguaje negro para el universo racista, fascista, xenófobo, machista, macartista de la década del 50 norteamericana. En ambos, Lynn/Kim, bella (porque no es perfecta, hombros grandes, manos grandes) y, cuando envejece, guapa.
6. REVISTA HUSH HUSH. Testimonio de una escritura con atmósfera: “A Bill McPherson, fiscal del distrito de la ciudad de Los Ángeles, le gustan altas, esbeltas, retozonas y pechugonas. Y oscuras. Desde el Sugar Hill de Harlem hasta el distrito negro de Los Ángeles, este hombre casado, de 57 años, con tres hijas adolescentes, es conocido como un galán generoso que dilapida billetes verdes en sitios oscuros donde los tragos son fuertes, el jazz es cool, el húmedo humo de la marihuana impregna la atmósfera y el idilio entre negros y blancos se mece al ritmo selvático de un plañidero saxo tenor. ¿Captas, hermano?”.
7. CUANDO TE HAYAS IDO. Al final de 600 páginas, también, como en el cine, la redención: “Ed le besó la mejilla. Lynn subió al coche y subió las ventanillas. Bud apretó las manos contra el vidrio. Ed tocó el vidrio por fuera, con palmas pequeñas en comparación con las de Bud. El coche avanzó. Ed lo siguió corriendo, manos contra manos. Una curva, un bocinazo de despedida. Estrellas de oro. A solas con sus muertos”. Casi un final feliz para una historia de raros amores, amigos raros y muchos puñetazos.

El orden no quita el mérito. El secreto de sus ojos. Director: Juan José Campanella. Basada en la novela La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri. Argentina, 2009. Guión: Juan José Campanella y Eduardo Sacheri. Elenco: Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella, Pablo Rago, Javier Godino, José Luis Gioia, Mario Alarcón, Mariano Argento, Ricardo Cerone, David Di Nápoli. Por Fernanda Bardi: Profesora en Letras (UNMdP).




Existen fórmulas destinadas al éxito, duplas que aseguran fenómenos de espectadores y ventas de entradas, movidas de prensa, anuncios, conferencias y presentaciones en sociedad, sustentadas en un gran talento y en mucho trabajo. Bombos y platillos, y ruido, mucho ruido. Una de estas duplas en Argentina es, sin dudas, la conformada por Darín y Campanella, y entonces sí: éxito asegurado…
Agreguemos ahora nombres que a la vez que acompañan, protagonizan; que son una garantía de calidad por sí mismos: Pablo Rago, Soledad Villamil… Otros, que aceptan el desafío de un rol absolutamente diferente: Guillermo Francella, José Luis Gioia.
Podemos seguir sumando elementos a esta fórmula magistral, el soporte imprescindible para la receta maestra: un excelente libro, una historia que sustente (que se banque) semejante expectativa. Y también la tenemos: La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri.
Entonces cabe el interrogante, ¿tanto cartel y prensa pueden jugarle en contra a la calidad? No, al menos en este caso, definitivamente no. No puede.
Pero, qué difícil que me conforme la película conociendo tanto el libro. Además, ir viviendo la previa… Y bueno, si el guión es en colaboración con el autor… entonces, puede ser que sí, que no se traicione la historia, pero… hasta el nombre es distinto… Habrá que ir a verla y salir de la duda.
Allá vamos el día del estreno, mucha curiosidad, mucha intriga, algunas dudas, a pesar de toda la fórmula ganadora. Por fin, empieza. Veamos qué pasa.
Entonces vuelve la magia, la fórmula se activa y la historia y los personajes viven, pero en serio, porque esos personajes están realmente vivos, evolucionan, conmueven, crecen, ríen, padecen. Y la historia original se respeta a pesar de los cambios, la magia se mantiene a pesar de los cambios, el encanto de los personajes hasta crece “a pesar” de los cambios. Los diálogos se lucen, escuchamos hablar en “argentino” con el equilibrio justo, sin caer en el lugar común ni en el color local.
Un argumento que gana en suspenso y en calidez, al encarnarse en la piel de los protagonistas. Que se hace cercano y mantiene los sentidos atentos, aún cuando hayamos leído el libro y sepamos el final. Porque lo más curioso fue que los cambios, tan temidos, no cercenaron la historia. Todo lo contrario, le agregaron un plus, un extra, una vuelta más de tuerca a este argumento en el que conviven la historia de Benjamín Espósito (Chaparro), empleado recién jubilado de Tribunales, y la que el propio Benjamín decide convertir en su ópera prima, la de Ricardo Morales, viudo de Liliana a causa de un violento asesinato. Ambas se complementan y encuentran su marco en la historia de amor que, a pesar de ser ideal, trasciende la rutina y las décadas. Décadas tormentosas de nuestro pasado, desde 1974 y hasta las puertas del nuevo siglo. La intriga policial se entrelaza con la de amor y ambas transitan esos 25 años de historia argentina.
La ambientación es impecable, cuidada hasta en los mínimos detalles. Para los que recordamos esos años es inevitable dejar escapar una sonrisa al ver, por ejemplo, la típica tostadora anaranjada, el tocadiscos y muebles setentosos, (ahora llamados vintage). Una estación Retiro que parece captada a través del túnel del tiempo. Y así podríamos seguir pasando de espacio en espacio, casi todos escenarios reales, con una única excepción. Y todo apoyado en una fotografía y una técnica de postproducción que enriquecen el producto al máximo.
Un párrafo aparte merecen las actuaciones de absolutamente todos los personajes: la dupla Villamil – Darín encarnando la historia de amor; el casi irreconocible Guillermo Francella, personificando al inmensamente entrañable Pablo Sandoval; Impecable José Luis Gioia, aportando la cuota de humor exacta. Mérito a destacar es también el trabajo de maquillaje y caracterización, con el uso de primeros planos que no permiten el menor error.
No podemos dejar de mencionar escenas increíblemente logradas, como la de la persecución en la cancha de Huracán; otras, sencillos homenajes al cine de todas las épocas, como la de la despedida en Retiro.
Paradójicamente, en este caso no importa si se leyó primero el libro o se vio la película, el orden no quita el mérito ni altera el producto, lo mejor es acceder a la historia por las dos vías, ninguna de ellas nos defraudará y seguramente una nos llevará a la otra.

Acto de justicia involuntaria. Una lectura cinematográfica de una paradojal historia policial. Luces rojas. Dirección: Cédric Kahn. Basada en la novela homónima de Georges Simenon. Francia, 2004. Guión: Cédric Kahn, Gilles Marchand, Laurence Ferreira Barbosa. Elenco: Jean-Pierre Darroussin, Carole Bouquet, Vincent Deniard, Charline Paul, Jean-Pierre Gos, Sava Lolov. Por Gerardo N. Delvitto Brovedanni, médico psiquiatra, y Berta del Valle Castro, Profesora en Letras, Universidad Nacional de La Plata.





Luces rojas un film de Cédric Kahn, en el que el significado del color rojo como signo y símbolo de lo prohibido cobra dimensión como vía de escape para el protagonista. De modo tal que, lejos de resultar un alerta de posibles peligros o prohibiciones latentes, significan un viraje en el destino de tres individuos.
El caso omiso que el conductor hace de las luces que a él no le conviene advertir- puesto que maneja a alta velocidad, cruza carriles a su antojo, avanza y se detiene únicamente ante las luces de neón que indican “Bar”, marcan una conducta irresponsable- que lo irá energizando hasta transformarlo en un “homicida involuntario”.
El viaje emprendido resulta una metáfora del curso que tomará su vida a partir del inicio de esta travesía sostenida tras un volante, cuya trama está bordada sobre una cotidiana historia familiar, en la que, un matrimonio parte en busca de sus hijos quienes fueron de campamento escolar. Este acontecimiento los une y brinda un espacio para dialogar, aunque sólo lograrán discusiones vanas, cargadas de reproches y sinsabores.
El primer conflicto evidente es que el hombre demuestra expectativas diferentes a las de su mujer. Sus deseos no expresados lo mostrarán impaciente, alterado, celoso. La cámara cinematográfica no cejará de seguirlo en sus movimientos, narrando de ese modo, el vértigo interior en el que ciñe su vida.
Inversamente, el primer plano ocasional que se toma a la esposa del protagonista demuestra la indiferencia o distancia que esta siente hacia él. No obstante, esta actitud distante es posible interpretarse como un modo admonitorio de la víctima hacia su victimario, interpretación reforzada por la caracterización física de ella- cabizbaja, encorvada y de extrema delgadez.
La historia- tomada de la novela del escritor Georges Simenon- no plantea un enigma a resolver porque el caso es el motivo del desarrollo del relato cinematográfico permitiendo que espectador infiera, no sin asombro, las frustraciones del protagonista, sin que por ello, se busque realizar una evaluación psicológica de los personajes.
De este modo, se es partícipe de un relato con características de la novela policial, en la que "la paradoja" es el recurso reiterado con el que se la reinterpreta una vez finalizado el film, en el que la víctima resultante es el victimario fugitivo, en tanto que el “nuevo homicida” es el ejecutor de una involuntaria justicia por manos propias.
En este análisis de lo paradojal queda en un segundo plano, la historia de la “real víctima” en un doble sentido. Primero, porque soportó la conducta alcohólica de su marido hasta el momento en que decide huir de ese ámbito enfermizo, sin prever el hecho siguiente que la llevaría a un nuevo sojuzgamiento, a la manera de un “rompecabezas conciliatorio”. Este segundo sentido, vuelve a victimizarla, esta vez padecerá un terrible ultraje por el que su victimario- el asesino fugitivo- al someterla, paradójicamente, renovará el acercamiento afectuoso hacia su esposo.
La perplejidad ante el conocimiento completo de los hechos producirá un efecto renovador en el afecto matrimonial y un estado sano para ambos, de perenne presunción.
La figura del detective y su metódico interrogatorio permiten y ayudan al espectador-como al lector en la mejor novela policial - conciliar y repensar los hechos para su explicación final, quien queda satisfecho y con “un agradable sabor a justicia”...

“Yo hice que los hombres dejaran de prever su fin”. Prometeo. Últimos días de la víctima. Dirección: Adolfo Aristarain. Argentina, 1982. Basada en la novela homónima de José Pablo Feinmann. Guión: Adolfo Aristarain y José Pablo Feinmann. Elenco: Federico Luppi, Soledad Silveira, Arturo Maly, Ulises Dumont, Julio De Gracia y China Zorrilla. Por Néstor Cremonte: Docente. Magister en Letras Hispánicas. (UNMdP).




La novela se inaugura con dos citas encadenadas, una de Cosecha roja y otra de “La muerte y la brújula”, adscripción que oficia a la vez de pasaje y homenaje: de la policial negra con el crimen organizado en las calles, profunda ratio de una sociedad culpable, al crimen de la policial clásica con su desarrollo fantástico-filosófico y su inopinado final de posibles lecturas. Como si la comenzara Hammet y la finalizara Borges.
Ultimos días… una reflexión sobre la violencia argentina, se publicó en 1979 y -voluntariamente- esquiva ideas explícitas y explora en la historia de un asesino a sueldo, Raúl Mendizabal (Federico Luppi) a quien se le ordena matar a Rodolfo Külpe (Arturo Maly) un desconocido; nada nuevo para Mendizábal, sicario de un Poder ominoso, al que sirve embriagado por su propia eficacia.
La historia, se intuye, alude a otra historia pero no hay una referencia precisa sino que flota vagamente en el marco contextual de su ambientación. Buenos Aires operaría como escenario y no se procura, en apariencia, una inclusión funcional de la época; las cosas suceden allí -San Cristóbal, las barrancas, Belgrano R, Florencia Varela- y esa explicitud no va más lejos; no hay diarios, gobierno, funcionarios, no hay política, no hay nombres propios reconocibles pero sí adquiere valor indicial lo no dicho, que se enlaza con el valor simbólico del relato. La novela se vale de un lenguaje pulcro, apenas descriptivo, de frases cortas y diálogos realistas que acude al punto de vista de una tercera persona limitada que acompaña la visión del protagonista; Mendizábal no tiene un móvil, formaliza un oficio; no asesina, cumple una tarea ajena a la piedad; su jactancia profesional consiste en arrogarse, distante a los hechos, la ejecución material de la muerte. -¡Yo soy un arma, Peña! (Enrique Liporace)- garantiza en un pasaje de la novela. Pero las armas son indiferentes, no preguntan y Mendizabal quiere averiguar más sobre su víctima; ya no le alcanza con destruir su privacidad como una forma de posesión, no basta con fotografiarlo como si lo embalsamara. Pretende saber quién es, por qué hay que matarlo y qué personas y qué ambientes frecuenta, preguntas que se entretejen con sus obsesiones, el tema del Otro, el cuerpo, la sexualidad; una red de pesadillas que lo derrumbaría.
Feinmann y Aristarain se conocieron en el estreno de Tiempo de Revancha (1981). En 25 días armaron un guión que fijará, como en el libro, aquello que Mendizábal ve, a la manera de la cámara; aparece Buenos Aires y la época (en la moda, en los colectivos, en los carteles, etc.); cobran realce dos personajes que desahogan, con humor, el opresivo clima del libro: la dueña del hospedaje (China Zorrilla) una mujer circunspecta de apellido británico que da paso a la verborragia de una chismosa de barrio y el gato Funes, (Ulises Dumont), tan criminal como Mendizabal, convertido en un interlocutor casi entrañable. Está asimismo Morelli, (Julio de Gracia) que ocupaba menos de dos páginas y es eyectado a la escena inicial de la película para resaltar el oficio de Mendizabal, a la par que permite desenmascarar turbios negocios financieros. La viuda de Morelli, Cecilia, (Soledad Silveira) será aquí amante de Külpe y el mayor interrogante de Mendizabal: por qué la mujer de una víctima anterior, es la querida de su próxima víctima. En el libro Mendizabal la muele a trompadas, mientras que, en la mejor escena de la película, la mata excitado con una repulsión que se parece al deseo.
Se hizo, en fin, aquello que un buen libro cinematográfico exige: ser un producto nuevo donde sobreviva intacta (entre los muertos) la esencia de la novela.

El exceso del modelo. Asesinato en el Orient Express. Dirección: Sidney Lumet. Basada en la novela homónima de Agatha Christie. Gran Bretaña, 1974. Guión: Paul Dehn. Elenco: Albert Finney, Lauren Bacall, Martin Balsam, Ingrid Bergman (Oscar mejor actriz de reparto), Jacqueline Bisset, Jean-Pierre Cassel, Sean Connery, Anthony Perkins, Vanessa Redgrave, Richard Widmark, Michael York. Por Marcelo De la Plaza: Arquitecto, Director de arte.




Una película "excesiva" basada en una novela "excesiva" con un reparto "excesivo". Lujo y glamour en uno de los trenes más famosos que hará, probablemente, su último viaje en el mundo real hacia fin de 2009.
Inmersa en un modelo britano-centrista donde todo lo que no sea inglés o norteamericano resulta exótico, la señora Christie presenta diecisiete personajes principales en una historia de intriga en su muchas veces utilizado formato de "cuarto cerrado" con una cantidad máxima de sospechosos de trece, doce pasajeros y un guarda. Los otros cuatro personajes son, además de la víctima, Hércules Poirot, el famoso detective; un directivo de la compañía del tren, amigo de Poirot y un médico, inimputable porque iba en otro vagón. Los personajes, muy bien desarrollados en la película, están bien diferenciados y resultan más exóticos sus comportamientos según aumenta la distancia a Londres de sus países de origen.
Menciona Rodolfo Walsh que "los textos no reproducen el modelo [del policial de enigma], sino que elaboran, en cada caso, desviaciones de él", que "[l]a producción concreta e individual de los autores genera siempre singularidades, diferencias, irregularidades […]" y que "[l]a mirada sobre el género implicará una actitud dirigida a la diferencia, a la irregularidad, al exceso del modelo".
Se propone un crimen de "cuarto cerrado". Si bien el lugar del crimen es un tren, la autora se las ingenia para "cerrar" la escena del crimen con una tormenta de nieve. La aparición de un nada verosímil asesino misterioso contribuye a que el lector, por contraste, "cierre" la escena en los viajeros: los doce pasajeros y el guarda.
La novela plantea el "exceso del modelo", un exceso a otras escrituras de la autora que la convierte en una obra polémica y no es, precisamente, su obra mejor apreciada. Hay un exceso de pistas reales y plantadas, un exceso de asesinos, un exceso en la maldad de la víctima y un exceso de labilidad moral a que esta escritora no nos tiene acostumbrados.
La película es muy "fiel" a la novela (aun cuando el concepto de "fidelidad" sea cuestionado). Las diferencias son menores: la peli empieza con varios flashbacks del asesinato prehistórico con un narrador omnisciente y en la novela se informa a través de diálogos de Hércules Poirot (con sus dos "ayudantes", el directivo del ferrocarril y el médico, y los sospechosos) después del crimen y apelando a su buena memoria. Se modifican un par de nombres y se italianiza el, en la novela francés, director de la compañía.
Las versiones fílmicas de textos literarios presentan extensiones muy diferentes, en más o en menos, en algunos párrafos, palabras, adjetivos. Un texto simple como el tren más famoso y lujoso de Europa se tiene que convertir en una cosa muy diferente en el lenguaje audiovisual: se tiene que ver el lujo y el glamour. La película se detiene en la salida de la estación para presentar el lujo, la fama y el glamour del tren y de los pasajeros. La salida de la estación es una escena extremadamente bella, nocturna y acompañada de música heroica, se muestra el cuidado del personal, el lujo de la comida y bebida que se carga en el restaurant, los colores y el brillo, cosas que no se encuentran en la literariedad del texto. En intervalos más o menos regulares se muestra el tren en encuadres, con iluminación y música, muy cuidados. Además, se presenta la cuestión de la época: cuando se escribió el texto el glamoroso tren era muy conocido y se destacaba entre los ferrocarriles del mundo (tal vez junto con el Tren Azul y el Transiberiano). La película, realizada cuarenta años después, tiene que hacerse cargo de ese tiempo y explicar algunas acciones y comportamientos so pena de hermetismo e incomprensión de los espectadores. El Director opta por la actualización y así explica cuestiones que no están en el texto por resultar obvias.
El resto de los elementos del enigma, de las relaciones cuidadosamente enredadas de los sospechosos, de su resolución y del típico acto final donde el detective confronta con todos los involucrados se presentan con "fidelidad" al texto con algunas necesarias simplificaciones (entre ellas una asesina en la película que no lo es en la novela).
La película sigue la controvertida norma de los tres actos (1:2:1) con una exactitud de manual. Mantiene la tradición británica de excelentes reconstrucciones de época tanto en decorados, vestuario maquillaje y peinados. Muy buenos son la iluminación y el encuadre y, en cuanto a los actores, impresiona sólo leer el reparto.

Un policial culturalista. Los mares del sur. Dirección: Manuel Esteban Marquilles. Basada en la novela homónima de Manuel Vázquez Montalbán. España, 1990. Guión: Manuel Esteban Marquilles y Gustavo Hernández. Elenco: Juan Luis Galiardo, Jean-Pierre Aumont, Silvia Tortosa, Alejandra Grepi, Albert Vidal, Eulalia Ramón, Carlos Lucena), Mónica Duart. Por Marta B. Ferrari: Dra. en Letras por la UNLP; docente de la UNMdP.




Premio Planeta y Premio Internacional de Literatura policial en París, la novela Los mares del sur (1979) del catalán Manuel Vázquez Montalbán fue llevada al cine en 1990 con la dirección del también guionista, camarógrafo y montador Manuel Esteban Marquilles. El texto nos ofrece una auténtica galería de arquetipos sociales, muchos de ellos pertenecientes a la saga Carvalho como Charo, la prostituta romántica, el idealizado asistente Biscuter en quien se transparenta una fe inquebrantable en la capacidad de recuperación moral del reo, la informante del detective, Teresa Marsé, Fuster, el gestor amigo de PC o el lustrabotas defensor de la causa ecológica, Bromuro. A estos personajes del elenco estable de la serie que revelan el afán totalizador -tan propio de la modernidad- de ofrecer una visión completa de la realidad, se suman aquí un representante de la nobleza española -el aristócrata snob y sibarita-, un artista de izquierdas emblemático de cierta bohemia catalana, un empresario liberal, una militante por los derechos de las minorías marginadas y una galería de personajes del bajo mundo.
Novela y film tratan, como el título y el epígrafe indican -“piu nessuno mi portera nel sud” dice el verso de Quasimodo- del viaje y de la imposibilidad del viaje, de lo utópico de la aspiración al desclasamiento, pero al mismo tiempo se trata de un viaje por la estructura misma de la sociedad. El motivo del viaje es una constante en la obra poética y narrativa del autor: es el viaje de una clase social a otra, de una cara visible de la ciudad progresista a otra paradójicamente degradada y miserable que se construye a expensas de aquella, es el viaje hacia otra vida posible. Toda esta trama simbólica se asienta sobre una metáfora o un mito, el de Paul Gauguin, quien abandona trabajo, mujer e hijos para consagrarse a la pintura en un mundo otro: los mares del sur. Como en toda auténtica metáfora aquí también se desplaza el significado de un significante a otro: Gauguin será Stuart Pedrell; los Mares del Sur, la barriada obrera de San Magin; los obreros, los indígenas polinesios; el mapa de Oceanía, el plano de Barcelona y el crucero de lujo se reducirá a un viaje en metro. Todo esto, vivido por un industrial y empresario catalán del siglo XX que abandona su vida de lujo y confort para irse a vivir a un barrio marginal en las antípodas de la ciudad, supone un juego de desclasamiento. Movido por la conciencia culposa de la explotación del pueblo raso su viaje es un intento de recuperación moral a través de la identificación con los oprimidos, como leemos en la novela: “Interpretaba el papel de un Gauguin manipulado por un autor del realismo socialista, un autor cabrón dispuesto a castigarlo por todos los pecados de clase dominante que había cometido. Y ese autor era él mismo. Vivía la novela que no podía escribir o la película que no podía dirigir”. Juego que resulta imposible porque un día el empresario aparece asesinado. La posibilidad de cambio se clausura y Carvalho reconoce que existe una cierta fatalidad en el caso: “Hay cosas que son contranatura. Tratar de huir de la propia edad, de la propia condición social lleva a la tragedia”.
Los mares del sur es una novela policial pero es a la vez un texto extremadamente culturalista ya que serán otros textos literarios los que aporten la clave para descifrar el enigma del asesinato: unos versos de Eliot, de Pavese y de Salvatore Quasimodo. Sin embargo, es el propio discurso narrativo el que propone una exégesis de los versos dados, diciéndonos que la lectura de la novela no está destinada a críticos literarios o lectores competentes -además del ritual de la quema de libros, en la escena metaficcional sobre el policial negro queda muy clara la visión crítica sobre los intelectuales- sino a una mayoría sin competencias específicas más allá del placer de leer. La novela, por lo demás, abunda en citas de Gramsci, Goytisolo, Trías, Cernuda, Alberti, Melville, Lorca, Baudelaire, Hemingway, Henry James, Poe, Dostoievski, Chandler, Hammett, Mc Donald, Chester Himes...
La versión de Marquilles intenta rescatar algo de todo esto y lo hace, por ejemplo, con la musicalización del poema en italiano de Quasimodo acompañando los títulos de crédito del film. A ello se suma alguna alusión a Jorge Guillén así como variadas referencias pictóricas y musicales. Sin embargo, los textos literarios se vuelven aquí decorativos y pierden su funcionalidad en el esquema del policial al dejar de ser la clave descifradora del enigma. Por otra parte, (y éste es un recurso muy visto en el cine americano) el rescate de la cinta de video de la papelera transforma la clave literaria en clave mediática: ya no el desciframiento de unos versos sino de unas imágenes. Por lo demás, la película respeta la linealidad discursiva, según una lógica de causa‑efecto que engendra una temporalidad objetiva adaptada a un enfoque realista; conserva la clásica historia paralela de investigación con efectos humorísticos retardatarios y el registro irónico que desplaza lo patético y apaga la emoción filtrando la ideología autoral se mantiene como clave en el discurso cinematográfico.
Pero mientras en la novela la descripción de las escenas eróticas entre el detective y la joven hija de la víctima parecen estar recortadas de un film de los años ´50 (figura masculina dominante, dueña absoluta de la situación, sobre un escenario donde no falta el vino, los cigarrillos Condal, la música de Mahler, el fuego en la chimenea enfrentada a una figura femenina entregada sin resistencia al poder irresistible del hombre) la película resulta paradójicamente menos “cinematográfica” al apelar a técnicas tradicionales como los fundidos en negro para el corte de escenas, a las panorámicas o al plano y contraplano.
Novela y film de clara intención crítica -recordemos que su director también lo fue del documental Para no olvidar. La censura del franquismo, de 1971- en la que el desorden inicial propio de la trama policial lo encarna la misma sociedad definida por su cinismo e hipocresía, y en la que el crimen no aparece como un atentado individual sino como un hecho con profundas imbricaciones sociales. Textos en los que la investigación consiste en unas pocas pistas que Carvalho sigue a través de secretas asociaciones etílicas (clave muy alejada del racionalismo científico‑deductivo del relato enigma). Novela que no concluye con el hallazgo del victimario porque éste es visto, a su vez, como una víctima más del sistema y el detective prosigue en su busca del verdadero culpable. Vázquez Montalbán y Marquilles hacen, en definitiva, una novela política utilizando la base formularia del policial; en palabras de su autor: “una obra dedicada a la revelación de la doble verdad que guía la conducta social contemporánea: poder y para poder, orden y desorden, política y delito”.

Los asesinos de Burt Lancaster, Cassavetes y Tarkovsky. Tres versiones fílmicas del cuento “Los asesinos” de Ernest Hemingway. Por Andrés Fevrier: Periodista. Webmaster de http://cinematofilos.com.ar/ , donde fue publicado por primera vez este artículo.

1- Director: Robert Siodmak. EEUU, 1946. Guión: Anthony Veiller. Elenco: Burt Lancaster, Ava Gardner, Edmond O'Brien, Albert Dekker, Sam Levene, Vince Barnett, John Miljan.
2- Director: Don Siegel. EEUU, 1964. Guión: Gene L. Coon. Elenco: Lee Marvin, Angie Dickinson, John Cassavetes, Ronald Reagan, Clu Gulager, Claude Akins, Norman Fell, Don Haggerty, Robert Phillips.
3- Director: Andrei Tarkovsky, Marika Beiku y Aleksandr Gordon. URSS, 1958. Guión: Alexandr Gordon y Andrei Tarkovsky. Elenco: Andrei Tarkovsky, Yuri Dubrovin, Vasili Shukshin, Yuli Fait, Aleksandr Gordon, Valentin Vinogradov, Vadim Novikov. Para ver este film se puede ingresar a:
http://www.youtube.com/watch?v=RiW636Yw6o0 (parte 1)
http://www.youtube.com/watch?v=OQRkbAQbEOk (parte 2)

Dos matones de sobretodo y sombrero entran al restaurante de un pueblo. Maniatan al cocinero y a un cliente y amenazan al dueño. Les dicen que están esperando a una persona que todas las noches cena allí, un boxeador sueco de apellido Anderson. No lo conocen, pero vienen a matarlo. La víctima no llega, y después de unas horas de esperar los matones deciden irse. Entonces el cliente del restaurante va a buscar a Anderson y le dice que quieren matarlo. El sueco, lejos de sorprenderse, se lo toma con calma. Se queda tirado en la cama, sin intensión de huir ni buscar ayuda. Está resignado, cansado de escapar de un final que parece inexorable.
"Los asesinos" ("The Killers") es un cuento corto de Ernest Hemingway, publicado originalmente en 1927 en la revista Scribner's Magazine. Se lo puede leer completo en el sitio Ciudad Selva. Aunque la historia parece una trivialidad, insinúa una tragedia. No se sabe por qué los matones quieren asesinar al sueco. Tampoco si logran su cometido, aunque se da a entender que sí. Pero, sobre todo, no ofrece pistas sobre los motivos de la resignación de Anderson.

Una adaptación inventada.


Hollywood adaptó dos veces esta breve historia. La primera se estrenó en 1946 y la dirigió Robert Siodmak, un alemán que, como muchos otros, llegó a Estados Unidos al escapar del nazismo. En Argentina se la conoció con el literal Los asesinos, pero en España el título fue Forajidos. En su primer trabajo fuera de los grandes estudios, el productor Mark Hellinger pagó 36.750 dólares por los derechos del relato. Según cuenta Homero Alsina Thevenet en uno de los artículos de Historias de películas, el guión estuvo a cargo de Anthony Veiller y John Huston, aunque este último no apareció en los créditos porque tenía contrato con la Warner. La historia toma el cuento de Hemingway como punto de partida, lo narra en los primeros quince minutos y luego inventa toda una trama que explica por qué quieren matar a Anderson y por qué él está dispuesto a dejarse morir.
La película marcó el debut de Burt Lancaster, que venía de una carrera como acróbata y luego se convertiría en una estrella, Oscar incluido. Y fue, luego de un par de docenas de apariciones menores en la pantalla grande, el primer papel importante de la bellísima Ava Gardner, que unos años más tarde se casaría con Frank Sinatra.
El sueco Anderson (Lancaster), boxeador sin futuro, se involucra con una mujer fatal, Kitty Collins (Gardner), y se une a una banda encabezada por Jim Colfax (Albert Dekker) para robar una fábrica. En medio de traiciones y juegos a dos puntas, Anderson se queda con los más de 250 mil dólares del botín en complicidad con Kitty. Pero la mujer lo traiciona y el sueco, desilusionado, se retira y comienza una nueva vida en un pueblito a la espera del inexorable final.
Se trata de un film-noir clásico aunque complejo, lleno de flashbacks, en el que la narración sigue la investigación de un inspector de una compañía de seguros (Edmond O'Brien). Recibió cuatro nominaciones a los premios Oscar, una de ellas por guión adaptado. Pero con sólo verlo queda claro que aunque nace del cuento de Hemingway la mayor parte de la historia fue inventada para el film.

De la televisión al cine.


La segunda película es de 1964. También titulada The Killers, en Argentina se la conoció como Amor de víbora y en España como Código del hampa. Planeada originalmente por la NBC como un telefilm, por su violencia finalmente fue estrenada por la Universal en cines. La dirigió ese gran artesano que fue Don Siegel y, más allá del cuento de Hemingway, tiene varios puntos en común con la versión anterior, una clara influencia.
El sueco Anderson se llama aquí Johnny North, y no es boxeador sino piloto de carreras. Lo interpreta John Cassavetes, un auténtico outsider que supo como pocos combinar una carrera sumamente personal dentro y fuera del mainstream. Con algunas variantes, la respuesta a por qué se queda esperando que lo maten sin intención de defenderse es la misma que en el film de Siodmak: la desilusión ante la traición femenina.
La investigación la llevan adelante los propios asesinos (Lee Marvin y Clu Gulager) luego de matar a North en una escuela para ciegos. Los impulsan dos cuestiones: saber qué lo motivó a no oponer resistencia y obtener el botín del robo, que en este caso es de un millón de dólares.
Como en la primera versión, North se relaciona con una mujer fatal, Sheila Farr (Angie Dickinson), que por sus habilidades al volante logra involucrarlo en el asalto a un camión del correo. Al jefe de la banda, que además es el amante de Sheila, lo interpreta Ronald Reagan, unos cuantos años antes de que alguien (ni siquiera el doctor Brown de Volver al Futuro) pudiera imaginar que llegaría a ser presidente de Estados Unidos. De hecho, este fue su último papel en el cine antes de ingresar a la política, y el único villano de su carrera.
Con varios fashbacks y muertes por doquier, la historia, aunque con una estética demasiado televisiva, va ganando intensidad a medida que avanza. El cierre es más trágico que el de la versión de 1946, y combina elementos de los finales de tres grandes policiales de los cincuenta: Mientras la ciudad duerme (The Asphalt Jungle, John Huston, 1950), Rififi (Du rififi chez les hommes, Jules Dassin, 1955) y Casta de malditos (The Killing, Stanley Kubrick, 1956).
Curiosidad: la actriz Virginia Christine trabajó en ambos films. En el primero interpreta a Lilly, una novia del sueco Anderson que al final se casa con el teniente Sam Lubinsky. En la segunda, 18 años después, tiene una breve aparición al comienzo como la señorita Watson, recepcionista ciega que atiende a los asesinos cuando van a matar a North.

Un estudiante con futuro.


Entre las dos mencionadas hubo una tercera versión, la más curiosa de todas y también la menos conocida. La realizó el ruso Andrei Tarkovsky en 1958, mientras era estudiante del Instituto Estatal de Cinematografía (VGIK), en Moscú, como un ejercicio para la clase que dictaba Mikhail Romm.
Tarkovsky dirigió el cortometraje con dos compañeros de estudio, Marika Beiku y Aleksandr Gordon. El film está claramente dividido en tres partes: el comienzo y el final, que transcurren en el restaurante al que llegan los asesinos, y la escena en la que le avisan a Anderson, en la habitación de un hotel, que dos hombres quieren matarlo. Gordon cuenta en un artículo publicado en el excelente sitio Nostalghia (que recopila información sobre vida y obra del realizador de Solaris) que Tarkovsky se encargó de la primera y la última junto a Beiku, aunque él tomó la mayoría de las decisiones.
Si bien se trata de su primer trabajo, Ubiitsy (título en ruso) ya deja ver algunas de las características que luego integrarían el repertorio del genial director ruso. Diálogos breves, un buen manejo de las pausas y los silencios, algunos interesantes movimientos de cámara, el clima de tensión. El propio Tarkovsky, aún sin su clásico bigote, interpreta a uno de los clientes que entran al restaurante donde los asesinos esperan al sueco. Mientras aguarda que le preparen un sándwich para llevar silva la popular canción Lullaby of Birdland, de George Shearing y George David Weiss.
La cinta está disponible en una edición en VHS de Yesterday Video Home junto a otro de sus primeros trabajos, La aplanadora y el violín (Katok i skripka, 1961). O, más cómodo, pueden hacer click en el video de más arriba para ver el corto, completo y con subtítulos. Se trata de la transcripción cinematográfica más fiel del cuento, y para eso alcanzan sus 19 minutos. Como bien señala Alsina Thevenet, podría haber sido aprobada por Hemingway. Aunque lo más probable es que en el momento del suicidio el autor de El viejo y el mar ignorara su existencia.

Deduciendo con Holmes y Moriarty. Las aventuras de Sherlock Holmes. Dirección: Alfred Werker. Basada en la obra de teatro homónima de William Gillette sobre los personajes de Arthur Conan Doyle. EEUU, 1939. Guión: William A. Drake, Edwin Blum. Elenco: Basil Rathbone, Nigel Bruce, Ida Lupino, George Zucco, Alan Marshal, Terry Kilburn, Henry Stephenson, E.E. Clive, Arthur Hohl, May Beatty. Por Darío Lavia: Webmaster de
http://www.cinefania.com. Lic. en comercio internacional).


El iniciático detective Sherlock Holmes (Basil Rathbone) encara su mayor desafío cuando el genio del mal, profesor Moriarty (George Zucco), planea robar las joyas de la Corona... Luego de un inicio de década con furor por el personaje, con adaptaciones sherlockianas en EEUU, Inglaterra, Alemania e incluso Checoslovaquia, para mediados de los años '30 el interés había mermado y, tras una peliculita inglesa protagonizada por Arthur Wontner, no hubo más Sherlocks hasta que en 1939 la Fox lanzó con todo lujo al hoy reconocido como "Holmes clásico" en el rostro narigón y bien inglés del sudafricano Basil Rathbone. Tras el éxito El Mastín de los Baskerville (1939), que adaptaba la obra de Arthur Conan Doyle, se decidió continuar la saga con estas Aventuras de Sherlock Holmes inspiradas en la obra teatral de William Gillette (el Sherlock teatral, habiéndolo interpretado en 1.300 funciones entre 1897 hasta su despedida del personaje en 1932). De ahí provienen todas las características del Holmes cinematográfico no presentes en el original de Conan Doyle, desde el "Elemental, mi querido Watson", hasta la utilización de la lupa, el atuendo y la pipa curvada (que permitía al actor pronunciar mejor sus diálogos y no le tapaba tanto la cara). Y este caso puntual nos sirve para establecer que por lo general, los mitos cinematográficos de la cultura popular han estado, en la primera mitad del siglo pasado, casi siempre apoyados en precedentes teatrales. Habiendo realizado la primera deducción de la noche, continuamos con la película que nos ocupa, de la que nos es imposible soslayar la figura de Moriarty, un frío y cínico George Zucco que representa la mente humana permanentemente concentrada en llevar a cabo el Mal, en todos los frentes posibles. Su inquietante diálogo con el mayordomo Dawes (Frank Dawson) mientras este lo afeita es psicológicamente desestabilizador y, a la vez, cínico y humorístico:Moriarty: ¿No desearía deslizar esa navaja?
Dawes: No, Sr.
Moriarty: Por supuesto... Si ud. es un cobarde. Si no lo fuera, ya me habría cortado el cuello hace mucho.
Dawes: Le doy mi palabra, Sr. Esa idea nunca estuvo en mi mente.
Moriarty: Ud. Es más que un cobarde. Es un tonto.
Este diálogo, por supuesto, nos lleva a la segunda deducción de este intrincado caso y consiste en un auténtico paradigma, creemos, nunca explicitado en ningún estudio del género pero presente como norma en la mayoría de los filmes de misterio. Nos referimos al hecho que los crímenes son siempre llevados a cabo por personas pertenecientes a la aristocracia, a la clase alta o bien, a la burguesía acomodada. Pero claro, en un género cuyos autores y lectores son siempre plebeyos, las clases altas no podían estar de otra manera representadas. De hecho, Moriarty fabrica todo un misterio en torno a una joven heredera amenazada (la adorable Ida Lupino) con su prometido como principal sospechoso (el galán Alan Marshal) como distracción para que Holmes desatienda su tarea de custodiar cierta joya de Nepal que será guardada en la Torre de Londres, junto a... las joyas de la Corona que, si bien son el McGuffin perfecto, también son el símbolo máximo de esa clase de sangre azul, odiada y adorada a la vez por sus descastados súbditos, que sirve como confirmación de nuestra holmesiana deducción. La película nos ofrece diálogos atractivos, magníficas escenografías victorianas, investigación e intriga así como sugestivas secuencias envueltas en la bruma londinense fabricada en estudio. Como perla, destacamos la aparición de un grupo folklórico argentino (presentado como "proveniente de América del Sur") con un amenazador gaucho (interpretado por el griego George Regas) que podría ser, ni más ni menos, un sicario de Moriarty al mejor estilo del exótico pigmeíto indio de "El Signo de los Cuatro"... pero ya estamos dando demasiadas pistas de la película.

Cadáveres y conjeturas en las calles de París. Los asesinatos de la calle Morgue. Director: Robert Florey. Basada en el cuento homónimo de Edgar Allan Poe. EE UU, 1932. Guión: John Huston, Tom Reed, Dale Van Every, Robert Florey. Elenco: Bela Lugosi, Sidney Fox, Leon Ames, Bert Roach, Arlene Francis, Noble Johnson, Brandon Hurst, Herman Bing. Por Rodrigo Montenegro: Estudiante de Letras (Universidad Nacional de Mar del Plata).


"Tell me, for Heaven's sake," I exclaimed, "the method--if method there is--by which you have been enabled to fathom my soul in this matter".
E. A. Poe. "Murders in the Rue Morgue".

París, 1845: el escenario ideal. Durante el día la ciudad irradia luz. Se mueve incesantemente con los de transeúntes; se tiñe de cosmopolitismo albergando a viajeros de distintas partes del globo. Recibe exóticas ferias que deleitan al gran público francés. Es el mundo que Robert Florey (director del film) construye para Dupin y su idilio con Mademoiselle Camille. Sin embargo, cuando cae la noche las calles se convierten en un territorio salvaje. La niebla se alza desde el Sena cubriéndolo todo. Los mendigos se refugian del frío debajo de los puentes y observan impávidos la labor policial extrayendo cadáveres del río. Los asesinos salen al encuentro de sus víctimas para sellar con el delito la oscuridad parisina.
Sin dudas, estos contrastes no son meros detalles en la apuesta de Florey. Entre las luces y sombras se cifra la clave de una historia ya conocida. Un crimen, una habitación cerrada, y la inteligencia analítica de un investigador amateur como única herramienta para dilucidar el enigma. El cuento de Edgar Allan Poe se formula como el centro estructural de la película, y es llevado al lenguaje de la imagen con gran fidelidad por Florey. Sin embargo, alrededor de este episodio se articula el resto de este mundo que condice con otra faceta del escritor de Boston: el terror.
Aquí aparece la enigmática presencia de Dr. Mirakle, interpretado por el mítico Bela Lugosi; quien un año antes del estreno de Murders in the Rue Morgue, había protagonizado en 1931 un film que permanece aún en la memoria de los amantes del género, Drácula. Sin dudas, el personaje de Lugosi se inserta (o crea, mejor dicho) el arquetipo del villano. En este caso, un científico obsesionado por sus teorías, arrojado al crimen por el afán de conseguir su comprobación. El giro argumental que elabora Florey para incrustar la historia del científico con el investigador Dupin resulta curioso; ya que coloca a los experimentos de Mirakle dentro de la línea evolucionista darwiniana. Como es de esperar, esta “herética” teoría y la amenazadora presencia de Erik, el simio que representa la clave de los experimentos del científico, construyen el núcleo macabro del film.
La presencia de Lugosi se convierte en una imagen icónica del mal en la pantalla. La oscuridad, las sombras, la niebla, son los atributos que enmarcan las escenas donde el personaje se desarrolla, en clara oposición a la prístina luz de Mademoiselle Camille. La inocente víctima, interpretada por Sidney Fox, configura el plano de significaciones depositadas en la ejemplaridad moral. Los crucifijos (en su cuello y en la oscuridad de su habitación) son sutiles referencias a un orden moral quebrantado en las maquinaciones del científico – criminal.
Resulta evidente, que el rol de Dupin se transforma en la operación de transposición. Si el personaje concebido por Poe es la encarnación del intelecto analítico, despojado de pasiones y arrebatos sentimentales, aún ante las atrocidades del asesinato más cruento; en la versión de Florey se ha convertido en una suerte de paladín que lucha contra las fuerzas del mal. En definitiva, la narración cinematográfica elabora la clásica triada villano – doncella – caballero para efectivizar el relato y tejer un argumento que enfrenta al bien y al mal claramente identificados (no olvidemos que Florey fue nombrado Caballero de la Légion d'honneur).
Edgar Allan Poe publica "Murders in the Rue Morgue" en 1841 dando inicio a un género que será ampliamente difundido, leído, transformado, parodiado. Noventa años después, Florey lleva al cine este relato apropiándose de esa historia, donde el enigma del crimen es esclarecido a partir de la inteligencia de un personaje que se transforma en arquetipo: el detective. Incorpora nombres y escenarios comunes, e inclusive representa como centro de la tensión argumental el dilema del cuarto cerrado propuesto por Poe. Pero también, se apropia de una atmósfera que nada tiene que ver con la narrativa policial; un color particular que también fue cultivado por el escritor norteamericano. Esta estética perfectamente estudiada es la que origina una narrativa de terror sin precedentes; abriendo las puertas a la subjetivación del terror.
Sin dudas, el ”Capitulo Poe” articula una nueva fase dentro de la historia de la literatura, y arroja dos discursos que corren con éxito paralelo tanto en la tinta, como en la imagen.
En la trasposición de Florey, el villano adquiere el rol más cautivante; tiñendo la pantalla con las sombras de una voz profunda. Dupin gana la batalla; Bela Lugosi la guerra.


Cuando Alex de la Iglesia y Enrique Iglesias son la misma persona. Los crímenes de Oxford. Dirección: Alex de la Iglesia. Basada en la novela Crímenes imperceptibles de Guillermo Martínez. España-Gran Bretaña-Francia, 2007. Guión: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría. Elenco: Elijah Wood, John Hurt, Leonor Watling, Julie Cox, Burn Gorman, Anna Massey, Jim Carter. Por Matías Moscardi: Estudiante de Letras (Universidad Nacional de Mar del Plata).


Los crímenes de Oxford (2007), dirigida por Alex de la Iglesia, es el ejemplo cabal de lo que ocurre cuando un director abandona su estética personal para alinearse en la lógica de la demanda del mercado. Alex de la Iglesia, conocido por películas mega-bizarras que cruzan el terror, la ciencia ficción y el hip-hop español más rabioso (un buen ejemplo de este combo letal es el clásico de culto de comienzos de los noventa, Acción mutante, su primer largometraje), reincide, de esta manera, en el gesto consumado ya por otros directores del palo como Peter Jackson, que pasó de dirigir Braindead o Tu madre se comió a mi perro (1992), a dirigir la saga millonaria de El señor de los anillos (2000-2003); o Sam Raimi, que pasó de la trilogía Evil Dead (1981-1992) a la trilogía de Spiderman (2002-2007).
Casualmente todos ellos tienen en común un pasado oscuro enraizado en el cine bizarro de terror. Casualmente, todos ellos comparten los resultados que alcanzan cuando acceden a las grandes producciones del mainstream: se trata de películas con cierta agilidad técnica, agilidad que denota experiencia y oficio detrás de la cámara, narraciones cerradas, más o menos seguras, sin apuestas ni riesgos, que esencialmente parecen ejercicios de estilo, como cuando Borges, en vez de escribir sus ficciones geniales, se dedica a escribir milongas.
En el caso puntual de Alex de la Iglesia, la transición es demoledora: los seguidores de Acción mutante (1993), El día de la bestia (1995), Perdita Durango (1997), La habitación del niño (2006) e incluso los que pasaron un buen rato con la comedia Crimen Ferpecto (2004), van a pensar que Los crímenes de Oxford fue dirigida por Enrique Iglesias.
Con respecto a la novela de Guillermo Martínez en la que está basado el guión, me pareció, igual que la película, un producto. Mi prejuicio se acentuó cuando me enteré que la novela había ganado el premio Planeta. Y se terminó de transformar en cierto rechazo cuando, años después, finalmente vi en las librerías una reedición que había cambiado el título de Crímenes imperceptibles a Los crímenes de Oxford, en una clara estrategia de marketing para hacer coincidir el nombre de la novela con el nombre de la película.
Sin embargo, hay algo de la novela que me llamó la atención: el narrador protagonista es un argentino que está terminando un doctorado en Inglaterra. El argumento de la novela, que casi calcadamente retoma la película de Alex de la Iglesia (de hecho, fue candidata al mejor guión adaptado), tiene que ver con la relación entre los hechos y su interpretación: asistimos a una serie de crímenes cuyas únicas pistas son unas extrañas figuras relacionadas con la lógica matemática. Finalmente, nos enteramos que el único crimen real es el primero, es decir, el que abre la serie, y que el resto de los “crímenes” fueron en verdad meras puestas en escena (muertes naturales que se hacían pasar por crímenes o directamente muertes accidentales) tramadas por el mismo detective (Shelton, un viejo profesor de lógica, interpretado por John Hurt) para desviar y encubrir el primer crimen, cuya autora es su propia sobrina.
Hasta acá, un relato policial con una vuelta de tuerca sobre el final. Pero insisto, ahora que ya conté el argumento, en el hecho de que el protagonista es argentino, porque precisamente no puede atar nada con nada por una cuestión lingüística; es la contrafigura del detective porque ha perdido el instrumento cardíaco del pensamiento: su lengua. En una entrevista, Guillermo Martínez me contó eso: que cuando realizó unos cursos de posdoctorado en Oxford, en el transcurso de dos años, empezó a sentir, por momentos, que su lengua materna le resultaba extraña. Y es notable que este factor tenga como correlato el hecho de que el narrador no pueda acceder a lo Real del crimen, como si los hechos y el lenguaje fueran un mismo objeto perdido o suplantado por otro, extranjero.
Todo lo anterior apunta al último golpe: en la película de Alex de la Iglesia el personaje interpretado por Elijah Wood no es argentino sino norteamericano. Y así, la película, en términos narrativos, pierde espesor: se transforma en un policial mezclado gratuitamente con filosofía del lenguaje y escenarios medianamente pintorescos.
Una última cosa: hay una escena de la novela que es genial. En un momento, promediando el texto, se cuenta la historia de René Lavand, legendario mago argentino cuyo atributo esencial era hacer magia con una sola mano, porque era manco. En la novela, se describe un truco que solía efectuar Lavand: ponía una pecera con agua pero sin peces y chasqueaba los dedos con la única mano que le quedaba; después de cada chasquido aparecía un pez. Entonces decía: “No se puede hacer más lento”. Y volvía a repetir el chasquido, pero cada vez con mayor parsimonia. Y los peces seguían apareciendo. En la novela de Martínez, el tema del ilusionismo y la magia funcionan como metáfora de la literatura policial y, por qué no, del tipo de manipulación discursiva que ciertas religiones llevaron a cabo para hacer creer que tenían el ticket ganador. En la película, en cambio, la única ilusión a la que asistimos es la esperanza de que Alex de la Iglesia vuelva a hacer esas bizarreadas geniales, con mutantes revolucionarios discapacitados que hacen un piquete en uno de esos programas berreta de gimnasia.

Un juego amable e intrascendente de movimiento continuo. El misterio del cuarto amarillo. Director: Bruno Podalydès. Basada en la novela homónima de Gaston Leroux. Francia, 2003. Guión: Bruno Podalydès. Intérpretes: Denis Podalydès, Jean-Noël Brouté, Claude Rich, Sabine Azéma, Michael Lonsdale, Julos Beaucarne, Olivier Gourmet, Pierre Arditi. Por Julio Neveleff: Bibliotecario. Escritor. Gestor cultural. Actualmente asesor cultural de OSDE Filial Mar del Plata.




Gastón Leroux fue un popular autor de folletines de fines del siglo XIX y principios del XX, siendo sus novelas más conocidas El misterio del cuarto amarillo y la muy adaptada El fantasma de la ópera. Hoy por hoy, resulta imposible negarle a Leroux su buen ojo para elegir argumentos y personajes paradigmáticos. El misterio... fue publicada en forma completa en 1908, y la originalidad de su argumento y el atractivo de sus personajes pronto la convirtieron en un éxito, siendo tempranamente adaptada al cine en 1912. Esa primera versión, francesa y obviamente muda, fue seguida por otras, entre las que podemos destacar la argentina de 1947, dirigida por Julio Saraceni, con Santiago Gómez Cou en el papel de Rouletabille. Era la época de esplendor de nuestro cine, en la que, siguiendo los modelos norteamericano y europeo, se abrevaba en los clásicos de la literatura universal.
La historia comienza con el intento de asesinato de Mathilde Stangerson, quien vive con su padre, un importante científico a quien ayuda en sus investigaciones, y sus sirvientes en el castillo de Glandier. El cuarto que usa como dormitorio la joven, pintado de amarillo, da origen al título del libro. Una noche, Mathilde se va a dormir y cierra la puerta por dentro. Al rato se oyen gritos y disparos en su cuarto, y cuando su padre y el mayordomo tratan de abrir la puerta no lo logran. Alcanzan a escuchar a Mathilde pidiendo auxilio, pero cuando por fin consiguen entrar, la encuentran herida y desvanecida en el piso, sin otro ocupante en el cuarto. Al igual que la única puerta, las ventanas están cerradas por dentro, sin ningún lugar por el cual el atacante pudiera haber escapado. La pistola con la que se efectuaron los disparos pertenece al mayordomo y está abandonada allí dentro. Para aclarar lo sucedido, el joven periodista Joseph Rouletabille deberá enfrentar su ingenio con el del inspector Frédéric Larsan.
Novela fundacional del subgénero de “crimen en cuarto cerrado”, El misterio del cuarto amarillo forma parte de esos libros perdurables que no pierden vigencia con el transcurso del tiempo, clásicos amables para lectores con espíritu juguetón. El texto rebosa de un delicado sentido del humor, con un ritmo que avanza raudamente. Mezclando realidad con ficción, Leroux se permite, inclusive, algunas ironías sobre Edgar Allan Poe y "Los crímenes de la calle Morgue" y Arthur Conan Doyle y Las aventuras de Sherlock Holmes, en un juego, muy propio de su época, que se adelanta en varias décadas a las referencias cruzadas habituales de la Posmodernidad. Se podría trazar una línea conductora entre el investigador parisino Eugène-François Vidocq y los detectives de ficción Auguste Dupin, Sherlock Holmes y Joseph Rouletabille, herederos de su habilidad deductiva, como diferentes caras de un mismo personaje. Producto típico de finales del siglo XIX, El misterio... refiere algunos simpáticos apuntes costumbristas y desarrolla descripciones geográficas e históricas necesarias para una mejor comprensión de la trama, pero no abrumadoras.
En la que sería hasta hoy la última adaptación cinematográfica del libro, el director y guionista Bruno Podalydès optó por acentuar el aspecto humorístico del texto, sin traicionar el desarrollo argumental. La adaptación fluctúa entre la fidelidad absoluta a algunos diálogos y el cambio de nacionalidad o profesión o la desaparición de ciertos personajes. Sin embargo, en ningún momento traiciona el espíritu del original. Muy por el contrario, al adoptar un espíritu farsesco potencia las virtudes del argumento, el cual, a cien años de su aparición, podría resultar ingenuo. De esta manera, con exactos actores que responden a una marcación casi teatral y un ritmo que no decae en ningún momento, el film logra la adhesión inmediata del espectador, provocando siempre una sonrisa cómplice y más de una vez alguna carcajada. El gran mérito para este resultado hay que atribuírselo, también, al elenco, en el que destacan la química humorística de Denis Podalydès (Rouletabille), hermano del director, y Jean-Noël Brouté (Sainclair).
En el libro original, las investigaciones del profesor Stangerson y su hija Mathilde están relacionadas con la “disociación de la materia”. Podalydès transforma esa referencia en una investigación con esferas que recorren complejos planos inclinados, en maquinarias de movimiento permanente semejantes a esos juegos de mesa que se solían ver hace algunos años. De hecho, el film comienza con una de estas esferas cayendo sobre el vagón de un trencito de juguete que atraviesa un jardín y, acto seguido, los diálogos que nos introducen en el argumento se desarrollan entre un juez y su secretario dentro de un vagón de pasajeros, en viaje al castillo de Glandier. Homenaje magnífico, hipótesis y exposición de propósitos del director: nos invita a un juego amable e intrascendente de movimiento continuo. Tal como el espíritu de las novelas de este subgénero: tranquilizadoras exposiciones de juegos lógicos destinadas a entretener. Habrá que esperar unos cuantos años para que la sangre se convierta en un elemento siniestro y el detective deba apelar a la fuerza y la violencia, y no a la inteligencia, para resolver sus casos. Entre Rouletabille y Sam Spade median la Gran Guerra y la Depresión, el fin de los sueños de progreso incesante propios del Positivismo.

La tensión llevada al límite. Extraños en un tren. Director: Alfred Hitchcock. Basada en la novela homónima de Patricia Highsmith. EEUU, 1951. Guión: Raymond Chandler y Czenzi Ormonde. Elenco: Farley Granger, Ruth Roman, Robert Walker, Leo G. Carroll, Patricia Hitchcock, Howard St. John, Laura Elliott, Marion Lorne. Por Daniel Nimes: Becario en Investigación por la Universidad Nacional de Mar del Plata. Ayudante alumno del Taller de Oralidad y Escritura I.



Extraños en un tren reúne tres grandes nombres del suspense y el policial: Hitchcock, Highsmith y Chandler. Si quisiéramos ser “cronológicos” deberíamos decir: Highsmith (que escribió la novela en la que se basa la película), Chandler (que co-escribió el guión) y el propio Hitchcock, el encargado de la “puesta en escena”. Recordemos brevemente el argumento del film: Un famoso tenista, Guy (Farley Granger), y un hombre rico, Bruno (Robert Walker), se encuentran por casualidad en un tren. Bruno conoce, gracias a las revistas, la vida íntima de Guy, sabe que desea divorciarse de su mujer infiel para casarse con la hija de un senador, y le propone una solución: intercambiar un asesinato. Bruno matará a la mujer de Guy (Ruth Roman) y a cambio éste hará lo mismo con su padre, para poder obtener la herencia, y así no habrá sospechosos a la vista. Guy no hace mucho caso del supuesto pacto y se baja del tren. Sin embargo, su vida se complicará hasta límites insospechados cuando su mujer sea asesinada, él no tenga ninguna coartada y Bruno comience a presionarlo y presentarse en su casa una y otra vez, reclamando el cumplimiento del supuesto pacto.¿Por qué Hitchcock elegió la novela de Highsmith para llevarla al cine? Podemos hipotetizar que la elección tiene su origen en que la novela responde a algunas de las obsesiones del director, como por ejemplo el asunto del personaje inocente, un hombre común, que termina implicado en algo extraordinario (un asesinato); o también la presencia del azar como origen del drama fatal: es memorable la primera escena de la película, en la que Hitchcock simplemente filma los pies de los dos personajes principales, hasta que tropiezan entre sí, y sus historias se mezclan de una forma absurda, criminal y fatídica (en Psicosis teníamos, por ejemplo, la llegada por azar del personaje femenino al hotel de Norman Bates, o en La ventana indiscreta una lesión que lleva al protagonista a quedar parcialmente inmovilizado y contemplar por la ventana lo que podría ser un crimen -una película que, sin dudas, le hubiera gustado al Arlt de la aguafuerte “Ventanas iluminadas”).
La “poética” de Hitchcock se encuentra presente también en este film: la presentación diferida o refractaria del crimen (en Psicosis, las sombras y la sangre yéndose por el desagüe de la ducha; aquí el asesinato visto a través del reflejo en los lentes caídos de la víctima), la dudosa moralidad de los personajes (en Psycho la secretaria que huye con el dinero, en Extraños en un tren el tenista en conflicto que se ve impulsado al crimen -“el mal está adentro”, propondrá años más tarde Cronenberg), la tensión llevada al límite, sin certezas para el espectador respecto de cómo terminará la historia, hasta el mismo minuto final; y la persistente e implícita pregunta al espectador: ¿no puede quedar usted, en cualquier momento, inmerso en una trama de intrigas, crímenes y muerte? O, mejor, asumámonos como espectadores y planteémonos la pregunta en primera persona: si uno o dos detalles azarosos me jugaran en contra, ¿no seré yo, también, un criminal?
Para finalizar, un pequeño dato anecdótico: la película Tira a mamá del tren (1987), con Danny Devito y Billy Crystal también está basada (mucho más libremente que la de Hitchcock) en la novela de Patricia Highsmith.

Una joya imperecedera. El halcón maltés. Dirección: John Huston. Basada en la novela homónima de Dashiell Hammett. EEUU, 1941. Guión: John Huston. Elenco: Humphrey Bogart, Mary Astor, Gladys George, Peter Lorre, Barton MacLane, Lee Patrick, Sydney Greenstreet, Elisha Cook Jr., Ward Bond, Walter Huston. Por Jesús Peña: Licenciado en historia del arte por la Universidad de Murcia.



El halcón maltés fue la novela más famosa (aunque no siempre considerada la mejor) del escritor estadounidense Dashiell Hammett; un autor desconocido que colaboraba con la revista Black Mask (fundada en 1920 por Henry Louis Mencken, era una publicación pulp -de edición barata e impresa en un papel pobre- que se encargaba de acoger el nuevo relato policiaco. La primera publicación de Hammett en la revista fue en 1923: El agente de la Continental.) donde el texto apareció por primera vez por entregas en 1929.
Dashiell Hammett, no era más que un seguidor de la corriente establecida a principios de los años veinte en Estados Unidos en la que se comenzó a fraguar la revolución de las llamadas "novela de detectives". Hasta ese momento, se habían seguido los cánones trazados por Edgar Allan Poe, al publicar en 1841 "Los asesinatos de la rue Morgue", el primer cuento del género policial; al que le siguieron "El misterio de Marie Rôget" y "La carta robada"; cuentos en los que se sentarían las bases de este peculiar relato y definiría al personaje Dupin, detective que resuelve los casos mediante la lógica deductiva y que será modelo para el Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, o el Hércules Poirot de Agatha Christie.
La primera edición del libro es de 1930 y cuenta la leyenda que el manuscrito se salvó de milagro de ir al cubo de la basura de su primer editor y la mano salvadora fue la de su esposa, que reconoció en la obra las bases de lo que para muchos es ahora la novela negra, rechazando el modelo del crimen intelectual que debía resolverse de manera impecable; Hammett creó el prototipo de un sabueso de la calle cínico y violento, de escasos recursos económicos, desencantado de las relaciones sentimentales y al que no le gustaba hablar, y cuando lo hacía era para lanzar frases lacónicas; nacía Sam Spade (Hammett nació en St. Mary, Maryland, y conoció el mundo de la investigación policial en 1915, cuando fue contratado por la agencia de detectives Pinkerton.)
En 1941 un jovencísimo John Huston dirige su primera película y lo hace con una fiel adaptación de El halcón maltés, a la que frecuentemente incorpora diálogos completos, palabra por palabra, para desarrollar una complicada trama criminal que se rodó cronológicamente según se contemplaba en el guión. Era la tercera versión de la misma, ya que se había llevado al cine anteriormente en 1931 (Roy del Ruth) y en 1936 (William Dieterle). El consagrado cine de policías y detectives daba así un giro de 180 grados para convertirse en lo para muchos se ha convertido en un film de culto.
Protagonizada por el mítico Humphrey Bogart (la productora quiso ofrecer el papel protagonista a George Raft), Mary Astor (para el papel de Brigid se hicieron pruebas Olivia de Havilland, Loretta Young, Rita Hayworth, Geraldine Fitzgerald, Mary Astor y Paulette Goddard, entre otras. Geraldine Fitzgerald parecía ser la candidata ideal pero el papel fue asignado finalmente a Mary Astor, que lograría una de sus mejores interpretaciones en la pantalla), Peter Lorre y Gladys George en los papeles principales, la historia gira en torno a una valiosa talla negra en forma de halcón, que Carlos I de España obsequió a los Caballeros de Malta, en 1530. Robada o perdida en muchas ocasiones, la pieza llega a San Francisco en la segunda década del siglo XX y muchos criminales siguen su pista. En un rincón de la ciudad, un detective privado de poca monta, Sam Spade (Humphrey Bogart) está en su oficina, contemplando la ciudad de San Francisco a través de la ventana, cuando irrumpe una misteriosa y elegante clienta, la señorita Ruth Wonderly (Mary Astor), que quiere investigar el paradero de su hermana, quién supuestamente ha huido con un playboy inglés. Al ser un caso rutinario, su socio (Jerome Cowan) se ofrece para buscarlo y seguir discretamente a la mujer, pero es asesinado. Ante los hechos Sam interroga de nuevo a la señorita Ruth Wonderly, quien confiesa que realmente es Brigid O’Shaugnessy y que el caso de su hermana es mentira. En realidad la persona a la que busca parece tener la preciada estatuilla del halcón con piedras preciosas incrustadas. Un hombre llamado Fat Man (Sydney Greenstreet), otro llamado Joel Cairo (Peter Lorre), Wilmur (Elisha Cook Jr.) y la propia O’Shaughnessy querrán aprovecharse del genial detective, que solo se preocupa en sacar el mayor provecho de la situación sin poner su vida en peligro.
La fotografía de Arthur Edeson, la música de Adoplh Deutsch, y el ritmo y la planificada elaboración de las escenas creadas por el joven John Huston que dibujó de antemano todos los encuadres del rodaje, son los puntos fuertes de este film cuyos diálogos fluyen acompasadamente al ritmo que necesita la acción.
El buen hacer del director hizo que el rodaje se adelantase, por lo que el estudio ahorró cerca de cincuenta y cuatro mil dólares. Meses después, en algún cine de Pasadena, brillaron por primera vez en la historia los nombres de Humphrey Bogart y de Mary Astor en el acostumbrado pase previo para observar la opinión de la gente; precisamente al mismo, acudieron unos inusitados Jack Warner y Hal B. Wallis que observaron atónitos como la película era ovacionada unánimemente por el público asistente.
La película que tras la gran crítica no necesitó ningún cambio, fue nominada a los Oscars en 1942 al Mejor Actor de Reparto (Sydney Greenstreet); a la Mejor Película y al Mejor guión adaptado para John Huston que se decantó por una obra de un autor de su gusto y al que consideraba injustamente tratado por el cine.

Adiós, muñeca (o un hombre que se anima). Dirección:Dick Richards. Basada en la novela homónima de Raymond Chandler. EEUU, 1975. Guión: David Zelag Goodman. Elenco: Robert Mitchum, Charlotte Rampling, John Ireland, Sylvia Miles, Anthony Zerbe, Harry Dean Stanton, Jack O'Halloran, Sylvester Stallone. Por Martín I. Pérez Calarco: Prof. en Letras. Becario de la UNMdP.



Un sistema legal que no pueda condenar a Al Capone por otra cosa que por evadir el pago de impuestos tiende a volver cínica a la policía.
Raymond Chandler

En un ensayo de 1969 sobre la “nueva novela hispanoamericana”, Carlos Fuentes atribuyó a Raymond Chandler y Dashiell Hammett la fundación de un tipo de novela signada por la mitificación. Fuentes lo decía al pasar, entre paréntesis; lo que le preocupaba era el retorno de los narradores latinoamericanos a un sustrato cultural precolombino atravesado por una experiencia histórica contemporánea. A diferencia del caso del autor mexicano, acá, lo que nos importa es Raymond Chandler.
Chandler nació en 1888, en Chicago. Pasaron cincuenta y un años antes de que publicara su primera novela, El sueño eterno. En 1940, aparece la segunda, Adiós, muñeca. Treinta y cinco años más tarde, se estrena su versión cinematográfica definitiva, una película homónima dirigida por Dick Richards, con Robert Mitchum en el papel de Philip Marlowe. Hoy, tres décadas y media después, en pleno siglo XXI, intentamos una nueva reseña. La pregunta se nos presenta ineludible: ¿Qué es lo que hace que este escritor nacido a fines del siglo XIX siga siendo contemporáneo? De algún modo, la respuesta está implicada en lo que decía el autor mexicano. Si hubiera que desarrollar la hipótesis de Fuentes, diría que el punto de partida inevitable es Philip Marlowe, el héroe cínico y romántico que sostiene sus novelas a fuerza de lenguaje, ética y cierto desdén por la propia vida.
Las novelas de Chandler pueden tomarse como un bloque cuya continuidad se cifra en la autobiografía fragmentaria de Marlowe (en El juego de los cautos, Daniel Link se tomó el trabajo de reconstruir linealmente esa autobiografía). ¿Por qué destacar Adiós, muñeca del conjunto de la obra? La elección tiene más que ver con su versión cinematográfica que con la obra literaria.
Con la excepción de “Murder My Sweet” (1944) -de Edward Dimytryk, con Dick Powell en el papel de Marlowe-, también basada en la novela que nos ocupa y probablemente el ancestro más próximo al film al que nos abocamos, quien haya visto otras películas basadas en novelas de Chandler (El sueño eterno (1946), de Howard Hawks,
con Humprey Bogart; La dama del lago (1946), de Robert Montgomery -director y protagonista-, por ejemplo) sabrá que la distancia que existe entre los films y las obras literarias que las motivan no ha sido franqueada. Distinto es el caso de Adiós, muñeca (1975) de Dick Richards, con Robert Mitchum; y lo es por dos motivos centrales. En primer lugar, porque, si bien El sueño eterno instaló para siempre la imagen del detective encarnada por Humprey Bogart que hoy sigue siendo el ícono que nos lleva directo a la idea cinematográfica de policial negro, a diferencia del monolítico e impecable detective de Bogart, Mitchum hace del Philip Marlowe de la pantalla el más próximo que he visto hasta hoy al de la página escrita. El Marlowe de Mitchum es un poco desalineado, deja vislumbrar la ambigüedad del tipo duro pero sentimental de la que habla Frederic Jameson (“On Raymond Chandler”, 1983) y tiene la particularidad de dejarnos acceder al matiz introspectivo que en las novelas se resuelve con una especie de desdoblamiento que hace del monólogo interior una auto-reprimenda oralizada. Luego, porque, si bien La dama del lago intenta reproducir el efecto de la narración en primera persona, con que Chandler da curso a sus novelas, a partir de una cámara instalada en los ojos de Marlowe (el propio Montgomery), éste se pierde de vista en tanto la acción no parece tenerlo como protagonista (vale aclarar que el artificio de la cámara como primera persona, en este caso, resulta, además, forzado en tanto el detective se hace visible fundamentalmente en dos imágenes que enmarcan la historia: en la primera cuenta cómo se convirtió en escritor de su propio caso, en la segunda, el cierre de la película, se va con la chica).
En Adiós, muñeca, ocurre por fin la síntesis. La narración en off en primera persona alterna con la presentación en directo de la acción. Marlowe es Marlowe y se ve forzado a contar la historia porque está en medio de ella, encerrado en un hotel, ante un policía con el que debe negociar. Demás está decir que la reconstrucción de la atmósfera de la novela es exacta (quizá en los otros casos también lo fuera).
Adiós, muñeca es una policial negro atravesado por una historia de amor y una traición. El resto no hace más que ratificar los hábitos de Chandler: un detective en “el combate de todos los hombres fundamentalmente honestos por ganarse la vida con decencia en una sociedad corrupta” (Chandler, El simple arte de escribir), un caso, una resolución. Pero estaríamos equivocados si creyéramos que ese esquema básico alcanza. A contrapelo del lugar común de la crítica sobre la estética del policial norteamericano, Chandler sabía de eso que algunos llaman realismo pero que no es realismo y le fue entretejiendo a la serie inverosímil de sucesos y peripecias de la trama su mitología personal; la ironía como modus vivendi, la apología del café y su dosis impostergable para el funcionamiento de los órganos vitales, el whisky como atenuante de la violencia exterior, el humo del tabaco como único aire respirable en un mundo que no lo es y la íntima certeza, pase lo que pase, de estar enterrado hasta el cuello.
Si alguien me preguntara por la vigencia de los textos de Chandler, yo diría que está intacta, que, por mucho que haya cambiado el mundo desde su muerte hasta hoy, es difícil que envejezca un mito que dio testimonio del futuro y que fue creado en rechazo del sistema político-económico-social que lo engendró con materiales de su propia entraña. Tengo para mí que a Raymond Chandler le hubiera gustado ser Philip Marlowe; una serie de puntos en común entre el personaje y su creador -dos hombres lúcidos, solitarios y nocturnos preocupados por el estilo de sus enunciados e incapaces de callarse nada- avala mi intuición. Como Chandler, Marlowe quedó en una encrucijada entre la conciencia de no poder apostar por el mundo que lo rodea y la imposibilidad de evadirse de él. Lo que Chandler vino a mitificar es un modo de estar en el mundo, el de Marlowe, un hombre regido por su ética personal en una sociedad con demasiadas reglas y demasiada gente dispuesta a romperlas.
En una nota reciente de la revista ADN sobre cierta serie televisiva contemporánea, Daniel Guebel dice que los personajes de la misma “no hablan como personas, sino como las personas lo harían si pudieran”, sería injusto no señalar que Raymond Chandler es el precursor irrecusable de dicho artificio. La serie en cuestión es Dr. House y no es gratuito traerla a discusión. A pesar de los guiños explícitos, Gregory House, su héroe, se nos presenta menos como el hipercitado Sherlock Holmes que como una nueva encarnación, cierto que un poco más escéptica y acorde a los tiempos que corren, del viejo Marlowe, un hombre dañado que sabe que sus clientes mienten, cuya única ley es su propia conciencia. Raymond Chandler nació en 1888; murió en 1959. Medio siglo después de su última aparición (Playback, 1958), su romántico y cínico Marlowe sigue respondiendo nuestras preguntas.


Las pesadillas de un asesinato a distancia. Asesinato a distancia. Dirección: Santiago Carlos Oves. Basada en el cuento homónimo de Rodolfo Walsh. Argentina, 1997. Guión: Santiago Carlos Oves con la colaboración de: Daniel Resnich. Elenco: Hector Alterio, Patricio Contreras, Laura Novoa, Martin Adjemian, Elvia Andreoli, Miguel Dedovich, Fabian Vena. Por Esteban Prado: Prof. en Letras. Becario de la UNMdP.




Asesinato a distancia, como el marco en que escribo lo indica, tiene por lo menos una versión escrita – Rodolfo Walsh, 1953- y otra cinematográfica – Santiago Carlos Oves, 1997-. Ambos tienen por protagonista a Daniel Hernández, el detective amateur estrella de Walsh. El caso es el suicidio de Ricardo Funes, un crimen imperceptible. Según parece ser, el investigador estrella llega a casa de Silverio Funes, padre de Ricardo, donde viven él y Lázaro, su primer hijo. Tenemos más personajes: Herminia, prometida de Ricardo en el pasado y, en el presente, de Osvaldo, el secretario de Silverio; el Dr. Larrimbe, tío de Herminia también es otro de los permanentes visitantes de la casa. Por último, quedan dos cabos: Braulio, el casero, y “el hombre de gris que vendía lotes con sol y luz eléctrica” que en realidad es el Inspector Jiménez. Este último engaño en relación a los personajes no se da en el film.
Sin saber muy bien por qué, Daniel, que estaba allí para pasar su tiempo libre en compañía de viejos amigos, se encuentra enredado en una serie de relatos y llega a la certeza de que el suicidio no ha sido tal, que Ricardo ha sido asesinado. Esta certeza, como a todo detective estrella de todo policial, lo lleva a la necesidad de desentrañar el crimen: descubrir un culpable, entender sus motivos y demostrarlo de forma tal que cualquiera llegue a la misma conclusión. El asesino se descubrirá y no será el mayordomo ni el casero.
La película está pegada al relato de Walsh. La narración, cronológicamente hablando, es idéntica. Los parlamentos de los personajes coinciden en la mayor parte de los casos. El crimen y la demostración de que el suicidio fue un crimen se dan de la misma manera. El desfasaje, en las adaptaciones de la literatura al cine, suele tener que ver con lo que en la literatura es general y vago y en el cine es, necesariamente, determinado. Podría decirse que no hay grado cero de pasaje desde la literatura al cine, y si lo hay, tiene que ver con esto, con las cristalizaciones que se realizan en el pasaje.
Más allá de las diferencias que presenta la película en cuanto a la narración -la aparición de una voz en off perteneciente a Daniel Hernández, por ejemplo- lo que me interesa del traslado al es la representación de las pesadillas.
En el texto, la pesadilla en Walsh muestra el estado de alienación al que lo lleva su obsesión como detective a Hernández y para el lector no generaría ningún tipo de confusión dados los cambios estéticos y temáticos de la misma. En el film sucede otra cosa: si bien señala el estado de Hernández, antes se lleva a la confusión del espectador porque no hay nada, excepto al final, que indique que lo que se está viendo está por fuera de las cosas que ocurren en la narración de lo que, empíricamente, sucede.
Mientras la pesadilla Walsh la narra así:
Rato después de acostarse, cuando el sueño le ponía en los párpados cerrados bruscas imágenes de dragones, de flores y de estatuas, Daniel imaginó ser un gigantesco oído abierto a todas voces de un drama indescifrable y turbio. Con este desagrado se quedó dormido.
Oves no produce ningún cambio en cuanto a la estética y sólo se advierte que es una pesadilla cuando Hernández descubre su propio cadáver. Sorpresa.
Entendiendo que el guión de la película está pegado al relato, sucede que Oves ya no pudo sostener esa posición sin salirse de su propuesta estética. Podría decirse que en literatura, la forma subyuga a la oreja de un relato inabarcable y es posible el flashfoward, como sucede en otras de las pesadillas, sin necesidad de un cambio de estética. El relato sigue siendo un policial clásico.
En este sentido, Oves tuvo que tomar una decisión y eligió preservar la propuesta estética, es decir, no incluyo oídos gigantescos, a mantener el riguroso respeto por el relato de Walsh, que sostenía. El escritor no debió tomar tal decisión, la literatura le daba lugar para trabajar una pesadilla sin salirse del policial, podía incluir el oído gigantesco que escucha todos los relatos y no llega a la verdad.
Otra de las “traiciones” al relato de Walsh es el inicio del film, donde se introduce una visita de Ricardo a su madre, que está internada en un hospicio psiquiátrico. La perturbación que esto produce en Ricardo pega la interpretación de la trama a la clave del suicidio, induciendo al espectador a alejarse de los razonamientos del detective y a que su demostración se acerque a la revelación.
No profundizo porque no me interesa la historia de las traiciones, de estas traiciones, ni el recuento de los engaños al espectador.

Un misterio sin resolver. El nombre de la rosa. Dirección: Jean-Jacques Annaud. Basada en la novela homónima de Umberto Eco. Alemania-Francia-Italia, 1986. Guión: Andrew Birkin, Gérard Brach, Howard Franklin, Alain Godard. Elenco: Sean Connery, Christian Slater, F. Murray Abraham, Michael Lonslade, Valentina Vargas, Ron Perlman, Helmut Qualtinger, Elya Baskin, Michael Habeck, Urs Althaus. Por Laura Lorena Utrera, Magíster en Literatura Argentina, docente en la Universidad Nacional de Rosario, miembro activo del Centro de estudios de la Maestría en Literatura Argentina (FHUMYAR – UNR) y, actualmente, becaria de CONICET.

Es casto. Nada sabe de amor. No ha querido. Ese hombre tan viril ha renunciado al arte de amar. En Baker Street vive solo y aparte. Le es ajeno también ese otro arte, el olvido.
Jorge Luis Borges, “Sherlock Holmes” Los conjurados, 1985.


El nombre de la Rosa es la versión cinematográfica de la novela homónima publicada por Umberto Eco en 1980. En la versión dirigida por el francés Jean-Jacques Annaud, Sean Connery interpreta al franciscano Guillermo de Baskerville –sagaz investigador- y Christian Slater encarna al benedictino Adso -adolescente que está en pleno despertar sexual y filosófico-.
La película narra la investigación que realizan el franciscano y su pupilo alrededor de una serie de crímenes misteriosos que suceden dentro de una abadía italiana. El misterio no sólo gira en torno a los asesinatos en sí mismos sino a los rastros que quedan en las víctimas: todas tienen la lengua y los dedos manchados de tinta. Tras este rastro entonces, Guillermo y su pupilo se inmiscuyen en la vida interior de la abadía: que juega en los límites del éxtasis religioso y del frenesí pecador.
Guillermo es agudo para deducir, prudente y necesario para descubrir y se encuentra acosado no sólo por la sucesión de crímenes que se continúan en su presencia sino también, por un pasado no tan lejano que lo muestra un tanto indefenso y que en algún momento intenta librar el lado vulnerable del sabio franciscano: Guillermo perteneció a la inquisición. Tras las huellas y pistas casi conseguidas por azar llega a la verdad: una verdad que incrimina a casi todos los miembros de la abadía pero sobre todo que recae sobre las autoridades pues el síntoma lábil será el ocultamiento del saber. A su vez y antes de la investigación de Guillermo, los monjes creían que el diablo vivía entre ellos y que cada uno de estos crímenes eran por influjo diabólico. Una mujer irrumpe en la tranquilidad viril de estos hombres inmersos la lascivia absoluta. Valentina Vargas interpreta a una joven pobre, sucia, casi animalizada, tan bestial cuan hermosa que cambia comida por favores y seduce al joven Adso en una escena memorable, una de las mejores imágenes de la película sucede en la cocina, entre caldos, grasas, animales muertos, vapores y olores, cuando los jóvenes se descubren sexualmente.
Tras haber llegado la verdad –casi como un Sherlock Holmes- Guillermo es destituido por un miembro de la inquisición que es llamado por las autoridades de la abadía pues en las víctimas muchos monjes alegaban que había algo de femenino, algo diabólico en los jóvenes que morían; pues tenían los ojos de una mujer ansiosa por copular con el diablo.
Al mejor estilo de un policial de enigma que avanza hacia una composición puesto que deducir será componer el itinerario del asesino y cuya función del investigador será la de elegir actos humanos como objeto de estudio (en los cuales frente al temor que delatan los acontecimientos la investigación hace las veces de nodriza haciéndolo desaparecer); al mejor estilo del policial porque, si de género se trata la historia no escapa a ninguna de sus categorías constitutivas, El nombre de la rosa es un relato consagrado al descubrimiento metódico y gradual de acontecimientos misteriosos que se encuentran acosados por el miedo extremo: los monjes de la abadía le temen a lo que no conocen. La película teje y desteje marañas, miradas, roces, luces y sombras. Inventa, lanza hipótesis, algunas caen otras resurgen como el ave fénix y muestran el triunfo de la sagacidad de Guillermo sobre los presupuestos inquisidores que avala la iglesia. La película además, levanta la bandera de la orden franciscana sobre todo en la defensa que estos monjes realizan de la “pobreza” de Jesús.
Adso cuenta la historia, observa y aprende de su maestro; se enamora de la campesina y sueña todas las noches con su mirada. Y si bien junto a Guillermo llegan a la verdad, hubo un misterio que nunca puedo resolver: el nombre de la joven-rosa -tan fresca, tan bella, tan pura- entre los espinos oscuros de la abadía. Dos historias entonces, la de la investigación que será inquietante y la del misterio asombroso que reside tanto en los asesinatos como la joven mujer. Dos descubrimientos: el nombre del asesino y el cuerpo de una mujer. Dos posturas políticas: la del papado y la de la orden franciscana. Dos verdades: el ocultamiento de libros prohibimos y la fascinación por el saber. Dos hombres: uno que no conoce al amor carnal otro que lo descubre. Dos ámbitos: la razón y el sueño.

viernes 31 de julio de 2009

Publicación bimestral. ISSN Nº 1851-4855. Año 3 Número 11. Julio de 2009.

La miseria acosadora de todos los días. El juguete rabioso. Director: José María Paolantonio. Basada en la novela homónima de Roberto Arlt. Argentina, 1984. Guión: José María Paolantonio y Mirta Arlt. Elenco: Pablo Cedrón, Julio De Grazia, Cipe Lincovsky, Osvaldo Terranova. Por Milena Bracciale Escalada. Profesora en Letras, UNMDP.



El 11 de Octubre de 1984, José María Paolantonio estrena la cuarta versión cinematográfica realizada a partir de algún texto de Roberto Arlt. Le antecedieron Noche terrible de Rodolfo Khun (1967), Los siete locos de Torre Nilsson (1973) y Saverio el cruel de Ricardo Wulicher (1977). Como se observa, unos cuantos años debieron pasar hasta que Roberto Arlt pudo entrar en el apasionante mundo de la gran pantalla. Existe también otra versión posterior de El juguete rabioso, dirigida por Javier Torre en 1998.
En cuanto a la de Paolantonio se refiere, el espectador se enfrenta a un Pablo Cedrón jovencísimo interpretando el papel protagónico de Silvio Astier, desde cuyo punto de vista se percibe, en la mayoría de los casos, el mundo representado. Es decir, que una de las estrategias cinematográficas que se utilizan con frecuencia en esta película son las llamadas tomas subjetivas, puesto que nosotros, espectadores, vemos desde la mirada de ese personaje. Y, por supuesto, esta técnica responde claramente a las particularidades del texto escrito por Roberto Arlt. Asimismo, la voz en off de Silvio Astier manifestando sus pensamientos, sus deseos ocultos, sus odios, sus sueños o frustraciones, es otro recurso emblemático del filme que le funciona a Paolantonio para acercar el incesante mundo del devenir de las ideas de los personajes arltianos a la pantalla.
Siguiendo con las estrategias cinematográficas, es importante señalar el uso deliberado de los silencios. Pocas veces las imágenes en la que los personajes no hablan van acompañadas de música, y cuando sí las acompaña (a cargo de Luis María Serra), ésta se repite como un leitmotiv que intensifica la idea de un estado de cosas que no varía, la monotonía de la vida, la desolación que, en términos de Astier, cavila hedionda, taciturna. Los otros sonidos que aparecen en la película resultan sustanciales para poder adentrarnos en el mundo arltiano, y son los sonidos de la ciudad o, en términos de Beatriz Sarlo (Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920-1930. Buenos Aires, Nueva Visión: 2007 (1988). PP. 50-62.), los de “…un espacio urbano modelado por la pobreza inmigratoria, el bajo fondo y la tecnología…”
La primera escena es en el interior de la habitación de Silvio Astier, en la que se manifiesta con justeza la contraposición entre el mundo exterior (una madre que reclama tras la puerta que se levante el hijo), y un Astier soñando, delirando con un arma, imaginándose a sí mismo como un criminal, un ladrón. Un sujeto enajenado, indiferente al mundo exterior, especialmente a los reclamos familiares: no oye, no responde. La segunda escena transcurre ya en la feria, con sus ruidos, sus personajes marginales cuyos cuerpos representan la desdicha (el ciego, la renga), sus dialectos entremezclados y confusos, el griterío, el regateo, los “rateros”, y los primeros planos de la carne ensangrentada, del mondongo que se corta y se reparte miserable y desagradablemente. Y así, a lo largo de todo el filme, Cedrón recorrerá, y nuevamente citamos a Sarlo, “el itinerario del flaneur desesperado”. La habitación con humedad de la miserable casa que habita, los hoteles porteños de “mala muerte”, donde tocará los fondos de la marginalidad en su encuentro con el travesti, la cama de archipobre, dice Astier, en la que Don Gaetano (el dueño de la librería) lo hace dormir junto al anciano famélico Dío Fetente.



Con respecto al argumento, debemos decir que las escenas claves de la novela fueron incorporadas a la película en su orden cronológico, así como también ciertas frases centrales que evidencian con claridad el mundo de “la vida puerca” (título original de la novela). El período de la niñez, que abarca el primer capítulo del texto arltiano, con la conformación del “Club de los caballeros de la media noche”, aparece en la película a través del recurso del flashback. Astier se recuerda niño, y se recuerda también, en una escena de gran crudeza, castigado por su ya difunto padre frente a las miradas femeninas que nada pueden hacer ante el autoritarismo paterno. Esa imagen marcará todo el futuro de Astier, pues él siempre será el que hace las cosas mal, el inútil, el que “no encaja”.



Para concluir, vale destacar el estatismo de algunos planos que contribuyen desde el lenguaje cinematográfico a representar el agobio, el tedio y el fracaso constante propios de la novela de Arlt. En cuanto a las actuaciones, por momentos resultan un tanto “acartonadas”, sin demasiada variedad de matices en las interpretaciones. Pese a ello, es una película que nos permite acercarnos fielmente a la escritura de Arlt a través de la imagen fílmica. Una película preocupada por representar ese mundo y que, además, cuenta con el mérito de ser la primera en hacerlo sobre la primera novela de Roberto Arlt.

Sometimiento al deseo. El amante. Dirección: Jean-Jacques Annaud. Basada en la novela homónima de Marguerite Duras. Francia, 1992. Guión: Gérard Brach, Jean-Jacques Annaud Elenco: Jane March, Tony Leung Ka Fai, Frédérique Meininger, Arnaud Giovaninetti, Melvil Poupaud, Lisa Faulkner. Por Luciana Camaño. Estudiante de Letras, UNMdP. Escritora: publicó Cocorita (2006),Tilinga on the rocks I (2006),Tilinga on the rocks II (2007) y Retro por poems (2007).




un sombrero de hombre en una niña. toda una declaración de principios. la niña se apropia de un objeto que le es ajeno, que le es impropio en ese lugar, en ese momento.






la niña está condenada a un perpetuo y constante atravesamiento. en la habitación de su amante, en la fusión, en la ruptura, en los ruidos y las luces de la cuidad, en el discurso de la madre. la niña se traslada de adentro hacia afuera, siempre acompañada del miedo que todo lo penetra. el sometimiento que se desarrolla a manera de cadena inquebrantable. la niña se somete al deseo de la madre. en pos de ese deseo, de su propio deseo, la madre se somete a la hija, al deseo de la hija que se traduce en la vestimenta. el amante se somete a su padre, al dinero de su padre. el amante se somete a la familia de la niña. la familia de la niña se somete al amante. el hermano mayor se somete al amante, al dinero del amante, pues ésta es la única forma de comer en un restaurante chino caro. los personajes coexisten en un ir por debajo. mientras la ilusión se sostiene, el placer parece colmarlo todo;





mientras la ilusión se sostiene, niña y amante se mueven al unísono. pero la ilusión se rompe y el miedo impone un adiós tan repentino como exacto.

Un aroma que nos devolverá al principio. El perfume. Director: Tom Tykwer. Basada en la novela homónima de Patrick Süskind. Alemania, Francia, España, 2006. Guión: Andrew Birkin, Bernd Eichinger, Tom Tykwer. Elenco: Dustin Hoffman, Ben Whishaw, Alan Rickman, Rachel Hurd-Wood, Sara Forestier. Por Martín Cid: Novelista, autor de Ariza (2007 editorial Alcalá) y Un Siglo de Cenizas (2008 editorial Akrón), ha publicado en numerosos medios electrónicos y en papel. Este artículo fue publicado por primera vez en
http://www.martincid.com/.




Resulta, cuanto menos, complicado hablar de una obra tan extraña como complicada a la vez que sencilla. El Perfume se publica en 1985 y Süskind se convierte en un (irrefutable) clásico moderno. El autor de La Paloma entra en el terreno de lo intangible y convierte en palabras el mundo de los aromas. Recuerdo el leve perfume con el que estaba bañado el libro, la sensación de abatimiento y pesar que envolvía el alemán cada párrafo, teñido de pesar.
Nos llega ahora la adaptación cinematográfica del libro (cuanto menos, una empresa atrevida), la obra que ya Scorsese o Kubrick quisieron llevar al cine. Convencer a Süskind de la adaptación cinematográfica no fue sencillo (diez millones de euros, nada menos). Quizá hubiese sido mejor mantener en el terreno de lo estrictamente literario el mito que sin duda es esta novela.
La obra original se basa en la importancia de lo intangible. Los olores son la clara metáfora de aquello etéreo e inmanente, lo que configura el carácter humano. El olor de la persona es aquello que la distingue de las demás, es el halo con el cual el individuo se presenta, inmaterial, humano. Jean Baptiste Grenouille no tiene olor, se dará cuenta más tarde. Dotado de un olfato excepcional, el protagonista agotará su talento y su locura, sus pretenciosas maneras, su fuerza y su creatividad. El Perfume es la historia del arte por el arte, es literatura y es, claramente, un homenaje velado a la palabra. Las frases de la novela se deslizan por como una salsa sobre un trozo de carne pútrido, fluctúan y se pierden en sensaciones, en humores y lamentos. La obra de Süskind tiene los elementos de fascinación de un Kafka humorístico, de un Sartre refinado y grosero. El libro fluctúa entre los polos opuestos de la moral (quizá el tema principal de la obra): e hombre amoral que, dotado de un talento excepcional, quiere crear arte, nuevo arte en un nuevo terreno. No importan los medios empleados, la consecución del objetivo requerirá de los más ímprobos esfuerzos y, finalmente, el objetivo está por encima de toda ley humana.
Partiendo de estas premisas, Tom Tykwer se propone contar la historia de lo inmanente, plasmar en imágenes un imposible. El filme trata de recoger la esencia de rosas destilada en la novela, la suave fragancia de aquello que nunca debió ser narrado. Con suerte o sin ella (desigual, a mi parecer), el director logra combinar la nada sutil mezcla de vulgaridad y sibaritismo presente en la novela. Los elementos del cine se distancias de los lingüísticos: la cámara gira y se torna efectista (ya lo era la obra de Süskind), el lenguaje se perfila en la imagen de la carroña, elevada. Los recuerdos de Grenouille se expresan en un cabello pelirrojo, nos gustaría volver a las palabras, eternas, etéreas.





Sí, la adaptación es correcta, todo lo relatado en el libro está ahí, es el amor y el odio. Al fin, Grenouille logrará amar, de una manera extraña, es “el arte por el arte”, logramos, al final de la obra, admirar el perfume y nuestros sentidos han sido afectados por una sustancia nueva, una belleza horrible y arrebatadora, un mundo que se escapa de nuestra verdad moral para, en un momento de lucidez quebrada, devolvernos al inicio.

Los hombres, estúpidos, no pueden con el poder del arte, es la historia del arte contra el hombre, siempre triunfará el arte, por un momento, fugaz, liviano y poderoso.
Ben Whishaw recoge la herencia de unas palabras volubles, de un físico poco locuaz, espigado, vulgar, un clown ante una plaza enloquecida buscando la cabeza del asesino, incapaz de comprender.
Rachel Hurd-Wood representa, de nuevo (y me repito) el espejo. Nos miramos en Grenouille, nos miramos y nos mira, directamente a cámara, ¿serás capaz de condenarle?
Las palabras se escapan... Hay un aroma que nos devolverá al principio, hay un punto muerto, la grandeza de lo pequeño, especial y mundana. Sí, intentaremos ahogar al pequeño bebé, cubierto en llanto, frágil, tan poderoso como el perfume de la humanidad, mediocre.

Aterrados y confundidos. Babel. Dirección: Alejandro González Iñárritu. EEUU, 2006. Guión: Guillermo Arriaga. Elenco: Brad Pitt, Cate Blanchett, Gael Garcia Bernal, Koji Yakusho, Elle Fanning, Rinko Kikuchi, Adriana Barraza, Said Tarchani, Boubker Ait El Caid, Clifton Collins Jr., Elle Fanning. Por Víctor Conenna: Profesor en Letras, Becario de la UNMdP.



El episodio de Babel es referido en el libro del Génesis por un escritor anónimo que luego será llamado yahvista (porque es el primero que llama a Dios Yahvé) y se supone que data de la época del rey Salomón, aproximadamente el año 950 antes de Cristo. Según este relato, la famosa torre era un colosal edificio que habían empezado a construir los primeros pobladores de la humanidad y a la que proyectaban elevar hasta el cielo. Tal acto de soberbia despertó la ira de Dios, quien, ofendido, se les apareció en medio de la construcción de la obra y les aplicó un inexorable y modélico castigo: hizo que aquellos hombres comenzaran a hablar en idiomas distintos, de tal manera que no pudieran entenderse entre sí. Aterrados y confundidos, los malogrados edificadores de la monumental realización se dispersaron cada uno con su propia lengua. Así nacieron los diversos idiomas que existen en el mundo. De esta manera, el relato de la torre de Babel intenta explicar el problema de la ruptura de la unidad humana: la dispersión de los hombres en distintos pueblos, naciones, lenguajes y culturas.
Aferrada a esta idea de ruptura e incomprensión entre los seres humanos, Babel, la película, cierra la trilogía iniciada por Amores perros y 21 gramos y, como en sus antecesoras, el extraordinario binomio formado por el director Alejandro González Iñárritu y el guionista Guillermo Arriaga (ahora, lamentablemente, disuelto) apuesta a una estructura narrativa compleja, fragmentaria, donde varias diacronías convergen en una sincronía dolorosa y trágica.
En su libro Migración, cultura, identidad (Bs As: Amorrortu editores, 1995), Iain Chambers analiza una señal vial que suele aparecer en las autopistas del sur de California, en las cercanías de Tijuana. En ella se ve el dibujo de una familia corriendo: En su desesperación por escapar de un destino de pobreza, la gente corta el alambrado de la frontera o pasa por debajo de él y, esquivando el veloz tránsito de los automóviles, huye precipitadamente por la calzada movida por el impulso de huir del pasado e imbuida por la promesa del Norte.



Esa señal vial aparece en una de las escenas de la película y es significativa no sólo porque una de las protagonistas (Amelia, personaje interpretado por Adriana Barraza) sufre las vicisitudes de todo inmigrante ilegal mexicano en Estados Unidos sino, también, porque para González Iñárritu de eso habla Babel, de las fronteras físicas y de las mentales, de la incomunicación en un mundo global donde, paradójicamente, los sistemas de comunicación son cada vez más sofisticados.
El filme combina varias historias paralelas: la de la esposa que es herida gravemente al ser alcanzada por una bala en una excursión por el norte de África y su marido que, para salvarle la vida, lucha contra la falta de recursos del medio marroquí y contra la desconsideración y falta de solidaridad de sus compañeros de viaje; la de la niñera que cruza la siempre candente frontera mexicano-estadounidense con los hijos de sus patrones para poder asistir al casamiento de su propio hijo; la de los niños pastores marroquíes que disparan desde la montaña y hieren a la turista yanqui y la de la sordomuda adolescente japonesa que busca infructuosamente relacionarse con los hombres.
A medida que el film avanza la narración va ganando ritmo y solidez argumental y descubre el nexo entre todas esas historias: un rifle Winchester. No es casual que un arma, símbolo de violencia e incomprensión, sea la encargada de dar unidad argumental a un complejo entramado donde se cruzan la muerte, la soledad, el miedo, los prejuicios, el dolor, la desesperación y el desasosiego, etc. Sentimientos, emociones y situaciones encarnados en un gran elenco, con figuras seleccionadas en todo el mundo, que, mediante una brillante labor actoral, le dan vida a los conflictuados personajes. En este contexto, la música, especialmente compuesta para la película por Gustavo Santaolalla, apuntala los devenires de la trama y, en ocasiones, remarca las transiciones entre una escena y otra.
Filmada en cuatro países y hablada en cuatro lenguas distintas, la película nos remite, temáticamente, al episodio bíblico. Es como si en la primera escena de la película, cuando el pastor abre su bolsa para sacar el rifle y venderlo, abriera también la puerta a la incomprensión humana, desatando la tragedia en tres continentes. Pero es también en estas situaciones límite cuando aparece la solidaridad, manifiesta en el hecho de no aceptar dinero por la asistencia prestada, o cuando detalles minúsculos, como ayudar a orinar al otro, se transforman en un acto de amor.

Evadiendo la censura. Rampo. Dirección: Kazuyoshi Okuyama, Rintaro Mayuzumi. Basada en la vida del escritor Edogawa Rampo, Japón, 1994. Guión: Yuhei Enoki, Kazuyoshi Okuyama. Elenco: Masahiro Motoki, Naoto Takenaka, Michiko Hada, Teruyuki Kagawa, Mikijiro Hira, Shirô Sano, Ittoku Kishibe, Nekohachi Edoya, Jyunichi Takagi, Charlie Yutani, Kirin Kiki, Julie Dreyfus. Por Darío Lavia: webmaster de
http://www.cinefania.com/, Lic. en comercio internacional).



Un escritor de novelas de misterio (Naoto Takenaka) oye hablar de un incidente que es demasiado parecido a una de las tramas de su última obra. Cuando conoce una mujer (Michiko Hada) cuyo marido falleció encerrado en un nagamochi (baúl de recuerdos), se da cuenta de que es exactamente igual a la heroína de su novela. Se trata de una especie de biopic de Edogawa Rampo, seudónimo literario de Hirai Tarô (1894-1965), en la que se manifiestan cuestiones interesantes pero desarrolladas solo superficialmente. Un ejemplo es la censura que tuvo que afrontar en la publicación de sus novelas, que pareció ser más permisiva en las adaptaciones fílmicas que de sus obras se hicieron: basta recordar sobre este apartado filmes como Môjuu (The Blind Beast-1969) o Kyofu Kikei Ningen (Horror of Malformed Men-1969). En el filme se ven fragmentos de una película rarísima, Kaijin Nijumenso (The Fiend with Twenty Faces-1954), pero también pasan desapercibidos. Tampoco se profundiza demasiado en las equivalencias entre Edogawa Rampo y el genio de Maine, Edgar Allan Poe (salvo por ese paneo por la biblioteca de Rampo, en que vemos volúmenes no solo de Poe, sino también de Chesterton y otros). En vez de esto, la película se concentra en la febril tarea de Rampo por reescribir esa novela que fue rechazada por la censura (pero que paradójicamente se iba a producir para la pantalla).





Es cuando hace su aparición el detective Akashi (Masahiro Motoki), una especie de alter ego de Rampo, que salta en paracaídas sobre los bosques pertenecientes a un marqués pervertido (Mikijiro Hira) que mantiene en su hogar a una viuda (Michiko Hada) que vive perseguida por la culpa de haber permitido que su marido falleciera encerrado en el mentado baúl. En torno a estos elementos es que la película pivotea una y otra vez, hasta la obsesión, generando la impresión de que Rampo (y también su ficción literaria) se mantiene en un eterno caminar en círculos (tal como advierte un texto a modo de prólogo en el filme). Se destaca una secuencia animada de varios minutos en que se expone la historia del esposo muerto por asfixia y su sospechosa esposa.

Short Cuts: de violencia y soledad. Ciudad de ángeles. Dirección: Robert Altman. Basada en cuentos de Raymond Carver compilados en Vidas cruzadas. EEUU, 2003. Guión: Robert Altman y Frank Barhydt. Elenco: Jack Lemmon, Frances McDormand, Tim Robbins, Julianne Moore, Robert Downey Jr., Lily Tomlin, Fred Ward, Andie MacDowell, Bruce Davison, Matthew Modine, Anne Archer, Jennifer Jason Leigh, Christopher Penn, Lili Taylor, Madeleine Stowe, Tom Waits, Peter Gallagher, Jarrett Lennon, Annie Ross, Lori Singer, Lyle Lovett, Buck Henry, Huey Lewis, Dirk Blocker. Por Paula Verónica Morguen. Licenciada y Profesora de Artes Combinadas, UBA.





Robert Altman estrenó en 1993 el film conocido en Argentina como Ciudad de ángeles. La obra está basada en una serie de cuentos de Raymond Carver, compilados luego de la realización de la película en el libro Vidas cruzadas (ambas obras se titulan Short Cuts en inglés original).
Los autores son contemporáneos entre sí y su período de producción artística coincide, incluso en el prólogo del libro editado por Anagrama se menciona que Carver era admirador de una película de Altman. Lo interesante es que este comentario repercute en la indeterminación de los conceptos “texto fuente” y “correlato”: si bien Altman realiza el film teniendo a la obra de Carver como referencia, es muy posible que los trabajos de ambos hayan establecido un diálogo anterior, dentro del horizonte de experiencia previa del autor. Con Short Cuts nos encontramos ante dos producciones de sentido diferentes, sin duda unidas por la relación de transposición.
Trabajaremos entonces sobre algunos aspectos que conciernen a la configuración de los personajes en ambas obras.
En lo que refiere a Carver, el principio constructivo de los personajes es el aislamiento, donde la presencia de diálogos no hace más que confirmar la imposibilidad de la comunicación. Los personajes son creados desde su opacidad, lo que los impulsa a accionar habita en una región imprecisa, no sólo para el lector sino también para ellos mismos. No obstante, desde su carácter hermético se puede inferir en ellos multiplicidad de lecturas que los abren a una valiosa productividad de sentidos.
Ante esto y de una forma que podría parecer contradictoria, el film se empeña en cruzar y vincular a los personajes dentro de un mismo espacio geográfico –California-, durante el mismo período de tiempo –tres días-. Sin embargo el acercamiento lejos está de connotaciones de calidez y compañía, sólo logra reforzar la soledad presente en Carver. Ciudad de ángeles reúne a los personajes en un microcosmos habitado por “otros” constituidos como amenaza tanto en el ámbito social como privado. Los cruces fugaces sólo producen distanciamiento, sitúan a unos y otros como diferentes, alejados. Los personajes más próximos terminan desconociéndose; son extraños que ocultan, mienten y reaccionan de manera inesperada e inexplicable.
Los espacios interiores y exteriores son igualmente hostiles, no existe la contención en ningún ámbito de la vida cotidiana. De todas formas resulta interesante cómo se configuran en cada una de las obras.
En los cuentos los interiores se describen como lugares de opresión, de encierro. La película traslada esta sensación con el uso de espacios amplios donde interviene el exterior a través de los grandes ventanales, la amplitud de los planos y la pronunciada profundidad de campo. Se trata de recursos que operan para instalar la opresión ayudándose con la iluminación a veces sobreexpuesta que transmite el agobio y el calor que pesa sobre los personajes. Además, la hostilidad del mundo se hace presente en forma directa durante la apertura y hacia la clausura del relato, con la fumigación por la invasión de moscas y con el terremoto que instala el malestar en el ambiente.
El discurso literario describe las acciones de los personajes sin involucrarse ni juzgar, se limita a mostrarlos sin indagar en las causas, escondiéndose en una objetivación que revela la enunciación. Presentando toda clase de situaciones con el mismo tono y estilo, sin ninguna marcación evidente, es que aparece su cosmovisión: se trata de un juego de tensión entre la naturalización y el extrañamiento. Las historias se sitúan en un mundo donde se ha instalado el desencanto, la resignación se asume como forma de vida. Sin embargo el deseo persiste, los personajes buscan algo más en otra pareja, en otro empleo... pero el deseo es inalcanzable y en su frustración aflora la violencia, el bordear el límite en el que todo está a punto de estallar. En este sentido, hallamos grados de violencia “sublimados” e “irracionales”, a los que alude Slavoj Zizek para dar cuenta de los estallidos excesivos e inútiles que surgen como contracara de la reflexividad universalizada. La barbarie como producto directo de la civilización: estos personajes viven en los márgenes del centro de poder donde se concentra tanto el desarrollo tecnológico apabullante como la excesiva riqueza de ideas. Allí justamente es donde aflora la violencia irracional que una sociedad no puede explicarse a sí misma.
En los cuentos la agresividad se manifiesta en los personajes desde la acción de probarse ropa que no les pertenece, obligar a hacer dieta a la propia esposa, la realización de llamadas telefónicas amenazantes, infidelidades, hasta llegar al acto extremo del asesinato. Se trata de muestras de crueldad excesiva característica de la vida contemporánea.




Es posible pensar que Ciudad de ángeles deja de lado la tensión latente. La película manifiesta la violencia en forma menos sutil. Se esfuerza por explicarnos el accionar de los personajes atribuyéndolo a cuestiones concretas que permiten establecer fácilmente la relación causal, como la botella de vodka que vemos luego de las llamadas amenazantes del panadero.
La imagen cinematográfica explica lo que el texto literario narra con el mínimo de información posible. Es muy concreto en la descripción sin llegar a ser específico, puesto que la especificidad no existe: los personajes son lo mismo, podrían intercambiarse entre sí y esta es la tarea que asume el film. Altman logra una mirada crítica sobre los textos de Carver al apropiarse de ellos, posibilitando la apertura a nuevas significaciones.
Sin pretender enumerar minuciosamente todos los cambios, omisiones y contribuciones que hay de un discurso a otro, realizamos un recorrido en este caso de transposición que no se ha agotado en absoluto, sino que queda abierto a diferentes lecturas que confirmen, una vez más, el carácter infinito de la interpretación.


Poeversión y acrobacias de la mente alienada en pantalla. El gato negro. Director: Stuart Gordon. Basada en el cuento homónimo de Edgar Allan Poe. EEUU, 2007. Guión: Dennis Paoli, Stuart Gordon. Elenco: Jeffrey Combs, Patrick Gallagher, Eric Keenleyside, Christopher Heyerdahl. Por Julio Ángel Olivares Merino, profesor titular del Departamento de Filología Inglesa de la Universidad de Jaén (España).



“This spirit of perverseness, I say, came to my final overthrow. It was this unfathomable longing of the soul to vex itself -to offer violence to its own nature- to do wrong for the wrong's sake only”. (“The Black Cat”)


La inscripción de la voz anónima testimonial que abre umbrales a la hipodiégesis narrativa a modo de relato completivo y de exquisitez mórbida dentro de un nivel primario abocado a su consunción, juntamente con la especulación obsesivamente metódica y alienada del agente enunciador, su falaz omnisciencia –tratándose de una primera persona narrativa, involucrada, por ende, en el desarrollo de los acontecimientos, y narrador de cuyo recuento hemos de dudar debido a su insania y el efecto alucinógeno del alcohol-, además de la poética del delirio que deviene en la tematización de una atmósfera rayana en la espectralidad o fundadamente fantasmática - propia del horror cósmico que revisitaría Lovecraft- son algunas de las principales señas de identidad y garantes efectivos que fluyen a la página desde la pluma del ínclito Edgar Allan Poe. “El gato negro” (“The Black Cat”, 1843) es, indudablemente, relato seminal y vertebral en la producción de este maestro de la introspección vesánica, invocador de las desposadas revinientes, soñador de farsas en cubiles de enterramiento prematuro y prestidigitador de la atmósfera malsana en tiempos de la muerte roja. Las innúmeras aproximaciones críticas a dicha narración han subrayado la presencia de los citados estilemas que, epitomizando, junto con otros resortes, las declinaciones de su gramática del espanto, le han valido al autor bostoniano el reconocimiento vitalicio dentro del género de terror literario.
Vestir a Poe con las galas del proscenio fílmico ha conllevado siempre dificultades expresas. Así, trasladar a pantalla ilaciones narrativas basadas –a pesar de su progresión matizada en pos del efecto único y climático- en la saturación de abstracciones e imaginería íntimamente vinculadas al nivel de lo primordial, lo atávico o desbrozadamente metafórico, ha resultado todo un reto para los cineastas que han pretendido conjurar en fotogramas los manifiestos de la sombra y el espejismo propios del autor norteamericano, cayendo, en la mayoría de los casos, en irradiaciones deficitarias o simplificaciones vanas de sus argumentos, versados en universales, si bien de idiosincrasia casi intransferible. Refiriéndonos, en particular, a las adaptaciones cinematográficas de “El gato negro”, con su singular y más que reseñable propuesta, Stuart Gordon ha dignificado el séptimo arte como medio en el que, más allá de la trasposición fidedigna del contenido del texto literario, el director halla campo para multiplicar su capacidad creativa y tomarse licencias narrativas plausibles al erigir la esencia intertextual de su hipertexto, sin que ello suponga desvirtuar el hipotexto. De este modo, Gordon se desvincula de propuestas fallidas anteriores que desmerecen por completo el monumental escrito de Poe, entre ellas, el segmento fílmico incluido en Tales of Terror, de Roger Corman, la prescindible versión de Fulci –Gatto Nero, 1981- o Two Evil Eyes (1990), de Argento, despropósitos referenciales, que incurren en desviaciones censurables del tono, propósito y los contenidos del literato de Boston, traslaciones a pantalla que legan una dispersión sobreinterpretativa, además de una desconstrucción torpe y profana del original.
Sólidamente complementada con detalles autobiográficos del escritor –una de las elecciones más subrayables es, de hecho, que los guionistas, Gordon y Dennis Paoli decidiesen anular el anonimato genérico del narrador en primera persona para instaurar en pantalla al propio Poe como actante protagónico-, la adaptación de Gordon para la segunda temporada de la serie “Masters of Horror” glosa las evoluciones de la mente trastornada por medio del protagonismo categórico de la cámara, el pulso firme de la filmación y las expresas modulaciones del punto de vista distorsionado del escritor, quien, por medio de un desdoblamiento autodiégetico, cuenta su propia vida y, en tal acto narrativo, ejemplifica performativamente, también ante el espectador, el proceso de creación de “El gato negro”.



Ecos de Berni Wrightson: sepultando los horrores tras la pared de lo reprimido

El medio metraje de Gordon supone un paso más allá del confín abisal en el que Poe incubó su pesadilla. De hecho, el realizador tematiza porfiada y sagazmente la perversidad –lo que hemos venido a llamar “poeversión”-, desplazando el motivo del gato a un segundo término, como pretexto narrativo, y delegando la función de catalizador en esa proclividad instintiva y atávica por parte del ser humano a hacer el mal, el impulso de lo perverso, según lo nominó el autor norteamericano.
Son varias las estrategias fílmicas que conjuga el director para mimetizar de forma concreta e impostar visualmente el concepto de la perversidad innata en el filme, convocando en pantalla el itinerario de némesis y degradación a diferentes niveles. Entre los estilemas recurrentes de los que se vale Gordon para hacer visible la locura y la monstruosidad, destacamos el cromatismo virado al blanco y negro –tenebrismo de lo exangüe y realidad descamada-, con el contrapunto enfático y espasmódico del rojo-sangre –sobre superficies albas como las sábanas de la doliente postrada o, sobre todo, sus atavíos angelicales, además de las partituras de piano que ensalzan sus virtudes y su estampa divina, moteadas trágicamente por la muerte-, la factura visual opiácea de un marco escénico en el que los personajes se debaten entre la vida y la muerte -una basculación entre la realidad y la dimensión espectral-, la visión túnel en varias de sus tomas –incidiendo en sensaciones como la claustrofobia o los espacios de tránsito a otra dimensión-, además de los ámbitos laberínticos –metáfora visual de la mente enajenada-. Son puntales también la profusión de estructuras o arquitecturas de la ruina –tanto en la anatomía de callejones lúgubres y antros del vicio dentro del submundo urbano como en el trazado del hogar distópico-, así como la concreción gráfica de las alegorías sobre lo reprimido –los espacios de la ocultación y el emparedamiento, constante en Poe-, sin obviar el eco visual de la grieta, como representación de la personalidad escindida, abismada a la fractura última. Antológica resulta, en este sentido, la estampa del cadáver violentado de Virginia en el agujero cavernario del sótano, viñeta deudora de la que, para el mismo impasse de horror límite en la historia, concibió Berni Wrightson en su adaptación del relato de Poe al cómic, incluida en el número 103 de la mítica publicación de terror Creepy. No sería baladí, en consonancia, reseñar que los grabados sobre los que se proyectan los créditos iniciales del filme ya marcan una estética muy en la onda del dibujante de Baltimore, con incidencia en una caligrafía esencialmente lineal de figuras espectralmente delgadas y afiladas, de trazo seco y suspendidas a modo de retales existenciales de la histeria en fondos oscuros, con subrayado contraste entre el blanco y el negro.


Postración y fantasmagorías al contraluz: Poe vela el cuerpo de su amada Virginia

Asimismo, la plasmación de ángulos de visión imposibles –manierismo sádico en la filmación como correlato del punto de vista que filtra visualmente los acontecimientos-, los primeros planos de dramatismo grotesco, la cadencia irreal de las secuencias a cámara lenta, el desenfoque de elementos en la composición –“delirium tremens” y otros azogues causados por el epicéntrico mal del alcohol-, el desequilibrio o la diagonalización del plano, la evanescencia de los límites del espacio escénico o los constituyentes y la saturación del claroscuro –como textura del tormento-, junto con los planos detalle de puntales escénicos -el vaso quebradizo, por ejemplo, representa la delicada salud de Virginia, mientras que la mirada del felino ilustra la actitud impotente del victimizado- o la incidencia contundente del contraluz connotan, entre otros, la desarticulación y el descentramiento de la mente enunciadora. Es evidente, de igual modo, que parte del rendimiento efectivo de la expresividad delirante en pantalla corresponde a la fantasmagoría de sonidos acusmáticos, inflexiones y timbres de voz esquizoides –aspectos complementarios en la caracterización indirecta, no sólo del narrador principal, sino de la galería de personajes en la historia-, además de una nómina de efectos figurativos que contemplan la animalización de actantes humanos y la personificación animista de objetos.

Víctimas del hogar patológico: el gato y la doliente. Puntuaciones de lo rojizo en el discurso

Manifiestamente, la profusión de muecas, sombras, sonidos distorsionados y puntuales escenas de “gore” explícito –truculencia marcada en un estilo que redunda intencionadamente en una elegancia macabra- conforman, por otra parte, la sólida mascarada granguiñolesca que imposta, convulsamente, la esencia de la perversión y la fragmentación inescapables en el discurso. Con todo, a pesar de la dominante atmósfera ominosa y de fatal presagio, el metraje acusa cambios de tono drásticos y una basculación entre sensaciones encontradas, ambivalencias significativas como la dualidad monstruosidad vs. belleza, desesperación vs. esperanza o amor vs. odio de tal modo que, impostado sobre el lienzo de tinieblas y horror, Gordon logra un perfecto equilibrio entre el horror que emana de los planos de agresión o plasmación incómoda y la historia de amor –una efectiva revisitación de la Bella (vestida de blanco inmaculado) y la Bestia (enlutada), con dos actantes dolientes, Virginia afectada por tuberculosis; Poe, por su locura y alcoholismo-, haciendo converger las lanzaderas narrativas en un final feliz, absolutamente impensable para Poe.
Así, más allá de la consunción y la oscuridad como fines en el texto original, el relato fílmico de Gordon se erige en algo más que una inmersión terminal en el “maelstrom” de la depravación y el horror doméstico, pues reza como cuento o rito de iniciación con enseñanza moral perlocucionaria en el que el protagonista exorciza finalmente sus miedos, purga sus pecados, supera la locura –representada mediante el bloqueo creativo, un modo de alienación, y la pérdida de la identidad, tal como se ilustra en el pliego en blanco- y evade el colapso final o caída al abismo, a través de la escritura, esforzándose en tal vía crucis, proyectando los males en un doble –como Dorian Gray en su representación pictórica-, sufriendo vicariamente las consecuencias de su adicción al alcohol y recuperando, a la postre, su asertividad, a su amada, su propio nombre y, más significativo aún, dando título a su obra.
En el centro de este tratado sobre la perversión, el odio a sí mismo, el fracaso y la capacidad de superación, el intachable Jeffrey Combs, cuya interpretación de altura y registro harto verosímil, cuyo lirismo turbador, patetismo interpelador –que facilita la identificación espectatorial- y dramatismo a medio camino entre lo histriónico del cine silente y la contención contemplativa del modo autoral sirven con creces a la calidad de una producción de obligado visionado, sea en ésta o en cualquiera de las siete vidas que se le atribuyen al gato.

Acceso al mundo vedado. El lector. Dirección: Stephen Daldry. Basada en la novela homónima de Bernhard Schlink. EEUU-Alemania, 2008. Guión: David Hare. Elenco: Kate Winslet, David Kross, Ralph Fiennes, Bruno Ganz, Lena Olin, Alexandra Maria Lara, Linda Bassett, Susanne Lothar, Matthias Habich, Ludwig Blochberger, Volker Bruch, Hannah Herzsprung. Por Elisa Pastoriza: Historiadora, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Mar del Plata.






Berlín occidental, 1995. El primer flashback con un atormentado Michael (Ralph Fiennes) mirando por la ventana un tren que pasa, imagen que le transporta a 1958. Una destruida ciudad de posguerra es el escenario sobre los que se posan los recuerdos que inician la trama. Al sentirse enfermo en el camino a su casa desde el colegio, el adolescente de 15 años Michael Berg (David Cross), es ayudado por Hanna Schmitz (Kate Winslet), una mujer veinte años mayor empleada como boletera en la empresa de tranvías. Ambos comienzan un apasionado y secreto idilio, transcurrido en un sombrío cuarto, entre lecturas de Michael eróticamente compensadas y obsesivos y purificadores baños con una rígida y tensa Hanna.




La corta relación queda de pronto interrumpida con la desaparición de ella, luego de una propuesta de ascenso laboral en las oficinas administrativas. Ocho años después, ya un prometedor estudiante de derecho vuelve a encontrar a su antigua amante mientras asiste junto a otros estudiantes guiados por un Profesor (Gunter Ganz) a un tribunal que juzga a un grupo de mujeres guardianas del campo de concentración Auschwitz. Colaboradora de la Schutzstaffel (SS), el brazo armado del poder hitlerista, Hanna está acusada de participar en el asesinato de 300 mujeres judías. Durante el proceso, ella rechaza defenderse y Michael, gradualmente, se va dando cuenta de que guarda un secreto que considera aún más vergonzoso que el asesinato. Y esa omisión marca un comportamiento que es un hilo conductor en su vida. Una analfabeta que requiere de lectores que le permitan acceder a un universo vedado. Lo exigía a las presas-protegidas en el campo –revelado por una joven sobreviviente-, y concedido por Michael (siempre lee en voz alta) no solamente en su fugaz relación, sino también en la cárcel, con el envío de grabaciones, mediante las cuales finalmente, aprende a leer.
Basada en la interesante novela homónima publicada en 1995 por Bernhard Schlink, El lector aborda en el contexto de la problemática del Holocausto, el conflictivo tema del colaboracionismo alemán con los crímenes nazis y en especial, la actitud de las primeras generaciones de posguerra y la cuestión de la memoria y el olvido. Las tremendas circunstancias que llevaron a esa sociedad a convivir con situaciones traumáticas y en extremo difíciles generaron en su seno relaciones contradictorias y complejas.
El escritor, también jurista, nacido en 1944, fue nombrado juez en la corte constitucional del estado federal y profesor universitario de historia del Derecho en Berlín. Su carrera como escritor comenzó con el género policial y su novela parcialmente autobiográfica, lo consagró en el mercado internacional.
La textura fílmica transita una historia que va y viene en el tiempo –diferente en la novela que secunda al narrador- durante casi cuatro décadas, dividida centralmente en tres partes. En su primera mitad describe el encuentro y el tenso romance. El descubrimiento del muchacho convertido en estudiante de abogacía, en uno de los tantos juicios sobre la era nazi, de su ex amante como guardiacárcel, será la segunda. Y por último, el peculiar vínculo de ambos en el final de la reclusión y de la vida de Hanna. Su director, el británico Stephen Daldry -nominado al Oscar por sus tres películas, Billy Elliot, Las Horas y la que comentamos-, y el guionista David Hare acompañan las cuestiones centrales del libro aunque no en forma literal. Una temática no tan anclada en el Holocausto, sino en la generación que creció a su sombra y en cómo los alemanes internalizaron dicho legado. Una catástrofe histórica vista a través de los sujetos.
En una de las últimas escenas que cierra la historia, Michael cumple el póstumo deseo de Hanna, entregar sus ahorros a la sobreviviente que la había acusado en el juicio, una impecable Lena Olin, y la visita en su apartamento en Nueva York. Ese encuentro, sorpresivamente, los conmueve a ambos. Él cuenta por primera vez su historia. Ella, remarca que no acepta ninguna absolución para Hanna; sin embargo, un objeto, una antigua cajita (parecida a las usadas para guardar el té), donde la presa guardaba el dinero, la retrotrae a su infancia, rememorando una similar que había llevado y perdido en el campo. Ella no concede pero guarda para sí la cajita y la coloca al lado de una foto de su familia desaparecida.
Y llegado a este punto no puedo dejar de evocar otro film con un argumento semejante: La pasajera, uno de los grandes clásicos del cine y una de las primeras y mejores películas sobre el tema del Holocausto. Dirigida por Andrzej Munk (integrante de la generación de cineastas de los cincuenta junto a Wojciech J. Has, Jerzy Kawalerowicz, y Andrzej Wajda) y para muchos el mejor director de esa generación que muere prematuramente en 1961, durante el rodaje, de ésta, su obra póstuma. También en este film la centralidad es la memoria selectiva del pasado, y un presente ocasional que desencadena al recuerdo. Auschwitz, el campo de exterminio es revivido en un crucero cuando Lisa –ex guardiana de las SS-, cree reconocer a una prisionera polaca que había protegido. Un film sin concesiones y magníficamente realizado.



domingo 31 de mayo de 2009

Publicación bimestral. ISSN Nº 1851-4855. Año 3 Número 10. Mayo de 2009.

El vampiro domesticado. Crepúsculo. Dirección: Catherine Hardwicke. Basada en la novela homónima de Stephenie Meyer. EEUU, 2008. Guión: Melissa Rosenberg. Elenco: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Billy Burke, Peter Facinelli, Elizabeth Reaser. Por Betulio Bravo: Profesor de Escuela de Letras. Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela.


A juzgar por informaciones de prensa la versión fílmica de Crepúsculo, novela de la escritora norteamericana Stephenie Meyer, logra el mismo éxito de taquilla que las ventas del libro en sus diferentes traducciones. Pareciera que literatura y cine han encontrado brechas en la psicología humana desde las cuales establecer nuevas relaciones entre temor y deseo. Ya en el siglo XVIII la literatura denominada “gótica” abrió senderos inéditos en las rutas del miedo, provocando en sus lectores efectos emocionales y estremecimientos de la conciencia, a la par de su fascinación ante las aterradoras tramas, lúgubres ambientes y misteriosos personajes. Horacio Walpole, iniciador de este género, jamás imaginó la crispación que provocarían tales historias de ficción y mucho menos su afinidad con antiguos mitos colectivos. Y es que la imaginación de los pueblos debe mucho a la mirada, facultad humana tan preciada por los narradores góticos. Los hombres de todos las épocas proyectan su mirada sobre el tiempo e intentan abarcar todos los espacios: auscultan el pasado, anticipan formas del porvenir, observan con asombro el infinito cielo, quisieran atravesar espesos bosques, tupidas selvas y agitadas urbes; se detienen acaso frente a sus propias sombras, hacen inmersión bajo las superficies y exploran las honduras que su mirada ha dibujado. La visión es el sentido que se mantiene despierto hasta en los sueños, en ella se origina el temor a la soledad y al vacío y también las utopías. A veces se deja acompañar de sonidos familiares y en ciertas ocasiones también de olores o sabores; pero casi nunca la mirada acepta el roce de los cuerpos: toda proximidad le es ajena. He allí su debilidad y su misterio. No es casual entonces el estrecho vínculo del mirar con la ensoñación erótica, puesto que el erotismo prefiere los cuerpos idealizados antes que su materialidad, las presencias fantasmales antes que los cuerpos exhaustos de la sexualidad.
La novela de Stephanie Meyer se inscribe en la tradición literaria de la literatura gótica. Como lo hizo antes esa otra ingeniosa escritora Anne Rice, Meyer reescribe la vieja leyenda eslovaca del vampiro, que a su vez había sido convertida en mito literario por el escritor irlandés Bram Stoker con su célebre novela Drácula. Quizá para su desmérito estas escritoras han escogido una de las figuras más aterradoras del imaginario occidental, heredera con todo derecho de los antiguos íncubos que acechaban el sueño de las piadosas mujeres con el fin de hacerles víctimas de sus juegos eróticos y de sus pérfidos deseos. El vampiro es criatura medio humana y medio divina, que vive más allá del alcance de la razón humana y que se ha levantado de su sepultura para acortar las distancias entre la vida y la muerte. Ningún otro ser creado por la imaginación conjuga con tal perfección lo terrible y lo sublime en un solo gesto de profanación. Stephanie Meyer le acomoda a su vampiro Edward Cullen un alma cuya impostura puede dar lugar a muchos relatos pero jamás le permitirá vivir en paz con su propia naturaleza. Puede convertirlo en superhéroe pero eso no impedirá que se revelen sus instintos demoníacos. Más aún, la osadía de la novelista llega tan lejos que no conforme con atender el complejo mito del vampiro, aspira desentrañar la ambigua relación de vampiros y hombres lobos; y lo hace con cierta genialidad, derivando los licántropos de mitos indígenas norteamericanos.
La escritora se vale de artificios e intenta llevar el erotismo a su estado de pureza, es decir, lo asume como sexualidad que disuelve los cuerpos, apagando su roce físico al mismo tiempo que exacerba la pasión del deseo: El vampiro Edward Cullen ensaya una relación con la joven Bella Swan; prescindiendo -hasta donde su vibración humana se lo permite- del contacto de los cuerpos. Edward sabe que la realización del deseo sería catastrófica, de suceder la fusión sexual se despertaría una vorágine de fuerzas que haría imposible la vida a su alrededor. Bella no sabe lo que se esconde detrás de la patética escena de Edward diamantino ante los rayos de sol, así como tampoco podrá imaginar que un típico juego de béisbol significa sólo un gesto folclórico destinado a pacificar el monstruo escondido entre los árboles. No obstante, el erotismo de las escenas es más deslumbrante que los mismos artificios interpuestos por la escritora, la imagen se mueve y la mirada sigue al objeto del deseo, lo sueña. Éste a su vez custodia a su presa y no confía en que podrá protegerla de su furia; la observa desde su púlpito fantasmal, preguntándose cada noche si será capaz de reducirse a la materialidad de un cuerpo empujado por la humana pasión.
La novela, como gran parte de los relatos góticos, es narrada en primera persona. La acción dibuja un recorrido circular siempre en disposición de revelar un misterio que nunca termina de responder todas las interrogantes. Su principal efecto es visual, desde la bruma del ambiente hasta los rostros y gestos de los personajes. Por ello se podría afirmar que este género de literatura congenia muy bien con el cine, como en efecto ha sucedido con los relatos de terror que fueron llevados a la pantalla. Debemos suponer que el guión de la película Crepúsculo no habría requerido notables adaptaciones respecto del texto literario que le dio origen; pues, la industria cinematográfica es formidable en el oficio de fabricar o apropiarse de imágenes que le pertenecen. La mirada de Bella ejerce la función de una cámara que ubica los seres y objetos, subordinándolos a su desplazamiento, ella suspende las imágenes para que se dejen iluminar por la subjetividad del lector o espectador. El cuerpo erótico de la protagonista, aunque resbala o desfallece en ocasiones, adquiere la habilidad de un maestro de escena y la cámara es su instrumento. Stephenie Meyer cree haber despojado al vampiro de sus principales atributos y el cine ha vampirizado el erotismo de su novela.

La nostalgia encendida por la palabra. Ojos negros. Director: Nikita Mikhalkov. Basada en el cuento "La Dama del Perrito" de Antón Chéjov. Italia-URSS, 1987. Guión: Alexander Adabachian, Suso Cecchi d'Amico, Nikita Mikhalkov. Elenco: Marcello Mastroianni, Silvana Mangano, Marthe Keller, Elena Sofonova, Pina Cei, Vsevolod Larionov. Por Berta del Valle Castro, Profesora en Letras, Universidad Nacional de La Plata y Gerardo N. Delvitto Brovedanni, médico psiquiatra.



“Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas”. Jorge Luis Borges.

Hacer una reseña sobre la película Ojos negros de Nikita Michalkov, implica un singular esfuerzo a la hora de parangonar el cuento inspirador, “La dama del perrito” de Antón Chéjov, con el film ítalo-ruso del reconocido guionista y director citado.
El hipotexto literario es la esencia de la historia narrada, transformada en imágenes por una sutil lente que recorre un amplio espacio temporal donde la memoria y su consecuencia -el recuerdo- funden pasado y presente. En la lacónica ficción de Antón Chéjov los hechos transcurren en tiempo real, mientras que en el film lo pretérito cabalga sobre el ahora. Esta oscilación evocativa permite al primer actor –Marcelo Mastroianni- desplegar su talento en forma de gestos, posturas, diálogos y de manera singular, su voz como narrador que cautiva y sumerge al espectador en el mundo "mágico" de un pasado inasible.
Analizar diferencias y similitudes, sea respecto de los protagonistas o de las complejas situaciones que estos representan, excede el propósito de este humilde trabajo. Sin embargo, es interesante detener nuestra atención sobre la forma en que un amor ingobernable condiciona la conducta de los personajes creando un manantial de cavilaciones, desafíos, promesas incumplidas e incluso renuncias.
Posiblemente, el espectador sensible, experimente cierto pesar al vislumbrar un “segundo par protagónico” (si cabe la expresión) constituido por una vigorosa moral en las costumbres de época- principios del siglo XX- y los corrientes matrimonios por conveniencia que, en complicidad, desvían la flecha de Eros del noble objetivo.
Detenerse en los diálogos- tan precisos como preciosos- equivale a ingresar a un salón de fiestas donde nuestro espíritu es tratado como un huésped de honor. Cada personaje es magistralmente modelado por los guionistas respondiendo a un tipo social propuesto por el texto del celebérrimo escritor ruso, según lo descripto "ut supra". Definir las imágenes como simplemente “hermosas” es casi un eufemismo. Hasta la más íntima fibra, la expresión de los actores movilizan sabiamente los sentimientos más puros sin tiranizar el afecto, vil herramienta del cine plañidero.
Rendidos ante el juicio "ético" imperante, Anna y Dmitriv, serán por siempre símbolos de la resignación, de las uniones oportunistas, de la inercia mental que trunca los sentimientos amorosos, y del ensueño de oropel con ilusiones momentáneas embebidas de culpas.
Finalmente, consideramos que los guionistas tomaron prestada la pluma de Chéjov y el director la convirtió en pincel, mediante el cual plasmó un cuadro de imperecedera belleza. El sello esgrimido en Ojos Negros es la nostalgia, encendida por la palabra “sabastka” emblema de todas las ilusiones y desilusiones de Dmitriv y Anna.

Episodios que viven en la memoria. El tiempo recobrado. Director: Raúl Ruiz. Adaptación de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Francia, 1999. Guión: Raúl Ruiz, Gilles Taurand. Elenco: Catherine Deneuve, Emmanuelle Béart, Vincent Perez, John Malkovich, Pascal Greggory, Marcello Mazzarella, Marie-France Pisier, Chiara Mastroianni. Por Darío Lavia (webmaster de
http://www.cinefania.com, Lic. en comercio internacional).



La lente de la cámara nos muestra una habitación en la que el anciano Marcel Proust (André Engel), en su lecho de muerte, dicta frases de su novela a una secretaria. Como el dictado se hace tan monótono y cansador para el enfermo, debido a su fatiga crónica, solicita el manuscrito para ponerse a escribir él mismo. Luego, en vez de escribir, se dedica a ver con una lupa las fotografías de los personajes que transitó durante su vida, sus padres, sus amores, los barones, duques y demás integrantes de la clase parasitaria y, por fin, el propio Proust, de niño. A medida que esta secuencia se desarrolla (estamos contando los primeros 5 minutos de película nomás), la cámara comienza a realizar un movimiento horizontal de ida y vuelta en que percibimos cómo algunas estructuras de muebles se mueven a distinta velocidad dependiendo de nuestro ángulo de visión y distancia. Al igual que en las grandes obras maestras del arte (usualmente en música o cine), el director chileno Raúl Ruiz nos ofrece en sus primeros compases de celuloide la tónica de los recursos que utilizará durante toda la película. El resto del metraje consiste en una larga sucesión de secuencias con diálogos entre personajes de una nobleza decadente y un recorrido por la vida de Proust, con episodios de su niñez y de su vida adulta, ya como autor medianamente reconocido. De esta manera, en la adaptación al cine del último libro de la extensa À la récherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido, 1913 a 1927), Ruiz opta por promover al propio Proust (Marcello Mazzarella) como protagonista, en vez de Charles Swann (protagonista de la novela original), ofreciendo similar sumatoria de conceptos que la novela: homosexualidad (masculina o femenina), arte y snobismo, la música culta y el carácter artístico, la superposición de rostros (ancianos y jóvenes)... Pero por sobre todo está el tema de la memoria en sí, que la película trata de plasmar como una aleatoria divagación en que una percepción (imagen, sonido, sensación) retrotrae al protagonista a otra época. La vida y la muerte, la bondad o la malevolencia, la niñez y la madurez, todos son episodios que viven en la memoria. Viviendo un presente continuo, el ser afronta la realidad en tiempo real y los recuerdos en un tiempo paralelo. De ahí que un episodio que tardó horas en desarrollarse puede ser evocado en un tris. La película opta por la tesis de extenderse el tiempo que sea necesario "en busca de ese tiempo perdido" y Proust se codea con el abiertamente homosexual barón Charlus (John Malkovich, brillante), la eternamente joven Odette (Catherine Deneuve, magnética como siempre), el rebelde Morel (Vincent Perez) o el militarista gay St.-Loup (Pascal Greggory). Entre round y round, hay diálogos sutiles que, en una trama donde virtualmente no ocurre mucho, cobran relevante trascendencia. La película es un magistral acierto en cuanto a ambientación e imaginería visual (mérito del director de fotografía Ricardo Aronovich), sin embargo, plantea un esfuerzo padre para cualquier espectador no familiarizado con la figura de Marcel Proust que se enfrenta a un filme sin una estructura narrativa tradicional y que debe armar un rompecabezas de piezas que no solo no encajan entre sí sino que tampoco son para armar.


El hombre que mira o a
pología de un saber. El Voyeur. Dirección: Tinto Brass. Basada en la novela homónima de Alberto Moravia. Italia, 1994. Guión: Tinto Brass. Elenco: Katarina Vasilissa, Francesco Casale, Franco Branciaroli, Cristina Garavaglia, Raffaella Offidani, Martine Brochard, Antonio Salines. Por Martín Pérez Calarco: Prof. en Letras, becario de la U.N.M.D.P.



“En el erotismo el significante es el significado”. Tinto Brass.

Salvo Calígula, proyecto megalómano que plasma la orgía de excesos del imperio romano de modo descarnado y definitivo, las películas de Tinto Brass (quien dirige Calígula pero abandona la edición) son historias sobre la intimidad y la perversión individuales. Quiero decir, la cinematografía de Tinto Brass hace foco en lo íntimo contrastándolo con lo público y aún con lo histórico (la recurrente obsesión por el mundo prostibulario del nazismo o la inserción de sus historias en contextos bélicos); ahí están Salon Kitty (1975), La llave (1983), Miranda (1985), Las perversiones de Livia (2002), entre otras. En el caso de El hombre que mira (1994), basada en la novela homónima de Alberto Moravia (1985), lo que emerge y se filtra por los intersticios de la intimidad de los personajes es una mirada crítica respecto de las estructuras sociales que rigen las relaciones humanas.
La película trabaja sobre los elementos de la novela. Un profesor universitario de literatura en debate entre el ideario vaciado del 68 y el derecho de propiedad, un padre (profesor universitario de las ciencias duras), la imagen del hongo de la bomba atómica, una cámara fotográfica, un poema de Mallarmé, una casa repleta de libros, una esposa santificada, el recuerdo de una madre, una enfermera, una perversión, son el material narrativo fundamental de Moravia. La novela es, entre otras cosas, la puesta en escena de un dilema psicoanalítico, un complejo de castración no resuelto. La imagen del hongo atómico es, para Dodo, narrador y protagonista, una metonimia del mundo del tamaño del pene de su padre. En la novela, hay una carga irónica que hace de la explicitud de los símbolos, de la duplicación inversa de los componentes del universo vital del padre y del hijo, menos un obstáculo para la lectura que una clave narrativa. Hay dos cosmovisiones en tensión que se intersectan o, mejor, colisionan al depositarse sobre los mismos objetos. Lejos de El voyeur, de Robbe Grillet (1955), El hombre que mira, de Moravia, implica pasar de la puesta en texto de la percepción objetivista, a la narración de esa percepción atravesada por la consciencia del narrador, lo que la convierte en experiencia. La apuesta de Tinto Brass es transferirnos esa experiencia instigándonos a mirar lo que él mira. Sobre esos objetos trabaja la película.
El director es el primer hombre que mira. El oficio voyeuritsta de Tinto Brass se complejiza en tanto el punto de vista modifica el objeto o, mejor aún, lo crea. El afiche promocional, primera imagen de toda película, en este caso, da una pauta. La sombra que se recorta es la del propio director emulando el logo del ciclo “Hitchcok presenta”, luego, veremos a Tinto Brass aparecer en sus propias películas; este hombre mira e interviene. Esa intervención implica un saber y ese saber es lo que hace que la traducción del texto escrito a la imagen en movimiento genere un efecto de suspense erótico en el otro hombre que mira, el espectador. Si “en el erotismo el significante es el significado”, es menos relevante qué se ve que cómo se muestra.
Según Roland Barthes (El placer del texto) “es la intermitencia, como bien lo ha dicho el psicoanálisis, la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición”. Como siguiendo esa premisa, Tinto Brass hace foco en el instante mismo de esa aparición-desaparición, no para eternizarlo sino promoviendo un deleite fugaz a través del cincelado de un vidrio, entre el vapor del agua, debajo de la mesa, mediante una ráfaga de viento, en el pasaje veloz de la cámara, entre las medias y la falda o en la interrupción inesperada, reafirmando el carácter inapresable de las emociones. La imagen se detiene en el borde de lo explícito, impide lo obsceno.
En El hombre que mira, padre e hijo son las dos prendas entre las que centellea el mundo y el centro del litigio lo ocupa el universo femenino. Lo que Dodo sacraliza, su padre lo vuelve carnal y demoníaco; no en vano, el poema de Mallarme que obsesiona a Dodo es “Una negra por el demonio poseída”. El conflicto de la novela se enriquece, en la película, a través de las rendijas por las que Tinto Brass filtra otro perfil de su poética. Escenas como la del fisioterapeuta mariposón fascinado por el padre de Dodo o la de Pascasie, la mujer negra que evoca a la del poema, cuando hace notar a Dodo que fue infibulada (ante la reacción de éste por la barbarie del hecho, ella responde que no es más cruel que otros inventos occidentales como la virginidad) son muestras de la irreverencia con que el director italiano pone en primer plano sus fetiches (el pelo en las axilas, mujeres orinando dentro y fuera del baño, escenas edénicas libres de prejuicios) pronunciándose contra el falso pudor y toda atadura impuesta.
Corriéndose del lugar común, Alberto Moravia y Tinto Brass abordan una serie de zonas oscuras más allá de la mera alusión, ambos asumen los riesgos de indagar el tabú. El mirón, el voyeur, el hombre que mira, son modos de nombrar un mismo referente; nombrarlo y salir ileso es, a mi entender, una cuestión de formas. Insisto, de formas.


Un cuentometraje de Raúl Cerezo. Escarnio. Dirección: Raúl Cerezo. Recreación del cuento “La gallina degollada” de Horacio Quiroga. España, 2004. Guión: Raúl Cerezo, Ángela G. Rivera. Elenco: Belén Ponce de León, Ignacio Gijón, Pilar Serrano, Sara Peña, Javier Páez. Por Laura Lorena Utrera, Magíster en Literatura Argentina, docente en la Universidad Nacional de Rosario, miembro activo del Centro de estudios de la Maestría en Literatura Argentina (FHUMYAR – UNR) y, actualmente, becaria de CONICET.






Escarnio recrea la historia del cuento “La gallina degollada” de Horacio Quiroga, y aunque no deja de resultar una propuesta original e interesante, prorrumpe de un modo más calculado y, si se quiere, más frío. Su director busca crear un clima Leonardino en cada cuadro, pues el corto nace “buscando un prisma Leonardino capaz de concentrar las artes que requería la narración de Quiroga” (Cerezo, 2004). Este poner algo en otro sitio, extirpando ciertos modelos y pensando en otro registro o sistema –que es el concepto mismo de transposición, según Sergio Wolf-, funciona de un modo sugestivo en la apuesta de Cerezo y nos prepara la mirada de un modo diferente, puesto que atenta a los 23 minutos de duración del cuentometraje, nos sumerge tanto en la belleza que alcanzan algunas imágenes –que escapan a la narración de Quiroga pero que no desafinan en la propuesta de Cerezo y tampoco en la de Quiroga- como también nos recuerda la fabulosa historieta de Alberto Breccia. Escarnio puede pensarse en aristas opuestas a la obra de Breccia pues en ella las imágenes se presentan en los valores del blanco y negro y la irrupción que incurre en la séptima viñeta de un rojo furioso –es decir, de un color y no de un valor- iluminan los momentos más inquietantes de la obra, muestran un violento extrañamiento del mundo de esos cuatro idiotas propuesto desde una sensibilidad exasperada: Breccia representa el mundo de los padres y de Bertita a través de trazos oblicuos en oposición a la horizontalidad estática del cuadro de los idiotas que, por cierto, será mimada-animada por el uso del rojo. Mientras que Cerezo propone una sensación cromática saturada, sobre todo, en el uso que hace de los colores primarios, persiguiendo la re-creación de un ambiente a la vez infantil y angustiante. No obstante, y ya en el terreno de las especulaciones, es preciso añadir que el rojo de Breccia tiene el mismo protagonismo salvaje que los colores primarios en el plan de Escarnio: pues ambos usos comparten primitivismo y violencia. Así, Escarnio se nos presenta como un modelo de la más pura fusión y afinidad por medio del cual se asiste tanto a una lectura posible del relato de Quiroga cuanto a una nueva obra de arte.
Algunas de las imágenes logradas son tan descarnadas como perfectas, pues Cerezo usa planos largos y cortos en los momentos indicados, vale decir, cuando el relato cinematográfico tiene más para contar utiliza planos cortos que dan cuenta de un ahorro del uso del metraje dentro del cual se completa el relato.
Dos son los motivos que nos llevan a valorar el trabajo de Cerezo y a los que, por cierto, podemos sumarle tantos otros. El primero es el espacio elegido –que entendemos tanto como locus o escenario en el cual se han de desarrollar las escenas como metraje de la cinta-, pues será determinante para el relato del corto. Su nominación impone una de las exigencias esenciales del cine: la economía al contar determinado relato, la descripción de las situaciones por medio del movimiento de la cámara, la muestra de determinado tipo de imagen y por otro y, a diferencia de lo que sucede en el cuento de Quiroga, su ligazón al concepto de tiempo de representación. Es decir, el relato se ajunta al espacio disponible.
El segundo: en el corto interviene “protagónicamente” la idea de don y de regalo. El personaje del médico no funciona del mismo modo que en la propuesta de Quiroga y esto es realmente interesante porque si, por un lado, será quien le ponga palabras, quien nombra lo que le pasa a los cuatro niños -como sucede en “La gallina…”-, por otro, es quien le regala a la niña el libro “Ricitos de Oro”, es decir, es quien le muestra a la niña que existe otro universo disponible (y posible) que es expuesto en la lectura de un cuento por medio del cual Ricitos ejerce la desobediencia: es posible escapar de los padres y hacer lo que ellos nos prohíben; es posible penetrar curiosamente en terrenos desconocidos y apropiarnos del espacio de otros. En Escarnio, el médico juega con ser una suerte de sombra, una voz que narra lo que sucede, por medio de acciones y no de palabras y, por qué no también, juega con ser el narrador omnisciente que acompaña a sus personajes iluminando el camino hacia el final de relato. Como la música, como las imágenes de un sol particular, como los colores, como los dibujos de “Ricitos de oro”, la imagen del médico también anticipa los acontecimientos del relato cinematográfico.
Si en el relato de Quiroga el infanticidio -la muerte de Bertita- es producto del olvido y del abandono de los padres porque, si lo recordamos, al nacer Bertita los padres dejan de amar a los niños anteriores, los olvidan y los abandonan y, a la vez, a Bertita la matan porque la niña llega antes que sus padres a su casa, es decir, porque sucede una suerte de segundo abandono u olvido -desde ya, con otras cargas conceptuales- en la narración de Cerezo la muerte es producto de la lectura: Bertita escucha la lectura del cuento que le hace su madre, del cuento que le regaló el médico y mira atentamente las ilustraciones que anticipan metonímica y metafóricamente las imágenes del corto. Bertita juega a ser ricitos de oro y encuentra la muerte.
Entonces, la historia de “Ricitos de oro” será muy significativa en el relato cinematográfico, tanto como la de “La gallina…”, pues Escarnio es el producto de estas polifonías: “Ricitos de oro” (que material y visualmente forma parte de las escenas) y “La gallina degollada” (relato en el cual está inspirada –y mucho- la transposición). Ambas lecturas serán integrales puesto que funcionan ficcional y discursivamente en el relato cinematográfico: el carácter fantástico del mundo de esta particular “Ricitos de Oro”, hizo que el abanico de irrealidad se extendiera, agrupando todas las imágenes que iban naciendo por el cambio de luces y de colores al que estamos inscriptos como espectadores a partir del momento en que el cuento-obsequio llega a manos de la niña; así como la parcialidad real que otorga un relato como “La gallina…” -que podemos leer como naturalista- propone un desvío de tal fantasía.
En la apuesta cinematográfica de Cerezo, asistimos a una lectura artística del cuento de Quiroga y del relato tradicional “Ricitos de oro”. Cerezo pone en consonancia a ambas obras colocándolas en el mismo ápice. El lenguaje visual desarrollado en Escarnio apuesta por un ámbito fantástico -con cierta pulsión realista- a través del uso de los mejores tintes tardorománticos, de la sistematización de una cámara móvil y del juego entre luces y contraluces, planos y contraplanos en la búsqueda y el encuentro de un tono notable.

Don Quijote y Sancho Panza hacen cine. Perdidos en La Mancha. Documental. Director: Keith Fulton, Louis Pepe. Reino Unido, 2002. Guión: Keith Fulton, Louis Pepe. Elenco: Terry Gilliam, Jean Rochefort, Johnny Depp, Vanessa Paradis. Por Diego Zavala: Doctor en Comunicación Social por la Universidad Pompeu Fabra. Docente del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). Este artículo fue publicado por primera vez en la revista Pliegosuelto (
www.pliegosuelto.es) de la Universidad de Barcelona.



Este documental, dirigido por Keith Fulton y Louis Pepe, nos brinda la rara oportunidad de transferir las personalidades de dos personajes monumentales de la literatura española y utilizarlos para cuestionar la forma de hacer cine. Lost in La Mancha es el detrás de cámaras de la filmación de una película que nunca se llegaría a terminar: Who killed don Quixote, del ex Monty Python, Terry Gilliam (Brazil, 12 monkeys).
El planteamiento del seguimiento del rodaje es simple: el director es visto por el resto del equipo de filmación, por los productores e inversores como un Don Quijote moderno que emprende la aventura de rodar una adaptación de la gran novela de Miguel de Cervantes. Es un genio, es un loco que ve el mundo como nadie más puede hacerlo. Diez años ha tardado en comenzar este proyecto que lo obsesionaba. La lucha por materializar esta obra literaria sobre el ingenioso hidalgo, en celuloide, se vuelve una batalla contra la complejidad de la filmación, contra las dificultades meteorológicas y la enfermedad de Jean Rochefort, actor que encarna al Quijote. “Los molinos de la realidad” rechazan el ataque del director que, aturdido y confuso por las calamidades que se suceden una tras otra durante el primer mes de trabajo, busca el consejo de Phil Patterson, su asistente de dirección – su Sancho Panza- . El fiel seguidor es, en esta película, quien finalmente determina que la filmación se debe suspender y toma el control de la situación. Rescata a Gilliam del desvarío y lo arranca del proceso creativo para devolverlo al mundo real. La genial locura llega a su fin, la sensatez de “Sancho”, libra a “Don Quijote” de una catástrofe mayor, previene la tragedia.
Éste no fue el mismo final de otro quijotesco director enamorado de la novela, y de la tierra de su creador; me refiero a Orson Welles, quien inició el rodaje de su versión del Quijote en 1957. El final de Welles sí sería trágico, moriría sin terminar su adaptación. Pero una vez más, “Sancho” saldría en defensa de su señor. En este caso me refiero a Jesús Franco, asistente de Welles, que en 1992 haría un montaje con el material que el director americano filmara. Algunos verían en este gesto una ofensa, un agravio a la memoria del genio creador del Ciudadano Kane; pero contemplado desde la importancia de continuar la obra de “Don Quijote”, me parece más que justificado el intento de dar vida a la historia inconclusa filmada por Welles.
Además, en términos del oficio del cineasta, esta recuperación del material cumple el deseo de todo director, que es que cada plano puesto en celuloide sea visto y criticado por un público. El montaje de Franco, intenta ser fiel a los bocetos e ideas que Welles dejó, pero su gran mérito es poner a nuestro alcance la visión, el mundo personal de un genio del cine vertido en la historia del Quijote.
La historia del cine, como dice Comolli, es “la historia de una batalla siempre abierta entre el campo del espectáculo y el de la escritura” (Jean-Louis Comolli (2002): Filmar para ver, Simurg, Buenos Aires, p. 272). En el caso de las adaptaciones fílmicas del Quijote, el espacio entre la escritura y su versión espectacular ha hecho sucumbir a más de un director. En un sentido, cualquier proyecto cinematográfico con tales ambiciones puede ser entendido como la lucha de un caballero contra los molinos-gigantes. Por encarnar el problema, una vez más en sus personajes, yo diría que la historia de una filmación, como Lost in La Mancha, es la batalla siempre abierta entre el genio creador del director y la sensatez de su ayudante. Don Quijote y Sancho Panza se necesitan mutuamente.

martes 31 de marzo de 2009

Publicación bimestral. ISSN Nº 1851-4855. Año 3 Número 9. Dedicado a versiones fílmicas de textos de William Shakespeare. Marzo de 2009.

Ojos que no ven, oídos que no escuchan. Otelo, el moro de Venecia. Dirección: Orson Welles. EEUU,1952. Guión: Orson Welles. Elenco: Orson Welles, Suzanne Cloutier, Micheál MacLiammóir, Robert Coote, Fay Compton, Hilton Edwards, Michael Laurence, Nicholas Bruce, Doris Dowling, Jean Davis. Por Ricardo L. Aiello: Guionista cinematográfico y televisivo. Docente especializado en Narrativa Audiovisual, Guión y Medios Audiovisuales. Director de TV, recibido en el ISER, Buenos Aires.


Sabido es que los celos son sentimientos tan antiguos como la humanidad misma. Dicen algunos que son una enfermedad, pero otros lo definen como algo necesario y hasta como un condimento para el amor (¿será acaso que todo amor es enfermizo?); creo que ambas posiciones pueden ser bien compatibles y, en consecuencia, no excluyentes.
Le cupo a Shakespeare plasmar en una de sus tragedias al personaje paradigmático cuando de celos se trata: Otelo. Recordemos que en una entrevista reciente, el crítico y ensayista norteamericano Harold Bloom dijo que Shakespeare inventó lo que entendemos por humano.
La tragedia Otelo, el moro de Venecia, se escribió a principios del siglo XVII y es otra de las obras de Shakespeare que indagan la siempre misteriosa condición humana, sus ambiciones –las más ruines y las más nobles-, las relaciones entre la codicia individual y el poder, etc.etc. En la obra citada, es Emilia –esposa de Yago- quien define (a la propia Desdémona –devota esposa de Otelo-): Los celos son un monstruo que se engendra y nace de sí mismo. Se trata, en definitiva, de otra de las (complejas) pasiones humanas y su análisis no merece ser reduccionista ni maniqueísta, por cierto.
Como toda la obra del máximo dramaturgo inglés, Otelo fue objeto de traslaciones a la pantalla grande. Podemos citar cinco versiones realizadas en el período del cine mudo, y una última dirigida por Oliver Parker en 1996. Pero nos referiremos a la versión que hizo el genial Orson Welles (actuando incluso en el papel del moro), en 1952.
Bastante fiel a la obra primera (e insisto una vez más que este término, fiel, merece un amplio análisis y re-definición en función de las características del relato que se pretende transponer y sus modos posibles de lectura), se conservan casi en su totalidad los diálogos y los monólogos. La primera secuencia de la película, no obstante, adelanta el final: primero se observa, en un plano casi cenital, el rostro sin vida de Otelo, vemos luego que su cuerpo es traslado expuesto; junto a él, un féretro, un cortejo que los traslada y Yago – su alférez- que observa encerrado en una jaula el final de sus correrías. El resto del relato cinematográfico, así, se constituye en un flashback que, circularmente, retorna al punto de partida mencionado.
Toda transposición al cine origina (o debiera hacerlo) una re-lectura del material original, de su esencia y espíritu. Así, podemos advertir nuevamente algunos rasgos interesantes en los retratos humanos de Shakespeare: en este caso, los celos vienen acompañados de ambiciones desmedidas (¿acaso no lo es toda ambición?). Otelo conquista a Desdémona a espaldas de su padre (el senador Brabancio) y a través del relato de sus grandes virtudes guerreras; es decir que es el propio discurso del moro –aunque algo torpe y limitado, según lo define él mismo, pero ensalzado con las peripecias de las que da cuenta- el que seduce a la mujer. Pero Desdémona, la bella Desdémona, es también objeto del deseo de Rodrigo –hidalgo veneciano-. Éste comienza a conspirar apoyado por Yago, que se muestra tan ruin como tenaz en sus planes. Porque el rumor de una relación –pasada- entre Emilia –esposa de Yago- y Otelo, también existe en la historia, y, por supuesto, los chismes son siempre buen pábulo para los celos. Yago parece aspirar al poder y se sucumbe en su propia miseria; entonces, observamos en esta tragedia que las ambiciones de poder muchas veces –en todo tiempo y lugar- se hermanan también a las pasiones de la cama. Pero el poder militar, la capacidad guerrera, se ve pronto eclipsada (apenas empezado el drama): una fuerte tormenta hace naufragar (literalmente) los planes de los turcos cuando viajaban a Chipre para atacar a las fuerzas que defiende Otelo. Y entonces, la fortaleza de combate del moro deviene en debilidad amatoria, ante la mentira de Yago -a quien cree fiel-. Así, nuestro protagonista se convierte en un gigante con pies de barro y trastabilla: no sólo pierde a su Desdémona, asesinada por sus propias manos, sino que también pierde a su teniente Cassio –al que cree amante de su esposa-. El adulterio de la esposa no merece menos que el castigo de la muerte, porque sólo el cornudo consciente sufre; el personaje de Otelo, en uno de sus parlamentos fundamentales, dice que es el conocimiento –el saberse cornudo- lo que verdaderamente lo destruye –y no la intensidad de la falta-.
Y Otelo vuelve al discurso en uno de los pasajes finales de la obra cuando implora: …Os lo suplico, cuando en vuestras cartas narréis estos desgraciados acontecimientos, hablad de mí tal como soy; no atenuéis nada, pero no añadáis nada por mi malicia. Si obráis así, trazaréis entonces el retrato de un hombre que no amó con cordura, sino demasiado bien; de un hombre que no fue fácilmente celoso; pero que una vez inquieto, se dejó llevar hasta las últimas extremidades.
Cuando ya la caída no podía remediarse, es el propio protagonista quien asume –y expone- su talón de Aquiles.
La versión fílmica –más allá de su citada fidelidad- enriquece la propuesta con bellos decorados palaciegos (fue filmada en Marruecos) y planos logrados con la maestría indiscutible de Orson Welles.
Pero algo más nos deja pensando: las pasiones humanas nunca envejecen y el alma sigue siendo un misterio, más allá de tiempos y progresos.

A pair of star-cross’d lovers take their life. Romeo y Julieta. Dirección: Baz Luhrmann. EEUU-Canadá, 1996. Guión: Baz Luhrmann y Craig Pearce. Elenco: Leonardo DiCaprio, Claire Danes, Pete Postlethwaite, Harold Perrineau, Brian Dennehy, John Leguizamo, Paul Sorvino, Diane Venora, Vondie Curtis-Hall, Paul Rudd. Por María Inés Arrizabalaga: Doctora en Estudios de Traducción, docente en la Universidad Nacional de Córdoba, miembro activo del Centro de Investigaciones en Traducción (CIT–UNC) y, actualmente, becaria del CONICET.


Where civil blood makes civil hands unclean, así comienza In Fair Verona de Baz Luhrmann. La película se desarrolla entre Verona y Mantua, pero nada veremos de los arcos en piedra de una ciudadela medieval, ni de los campos y sembrados de la campiña italiana. Luhrmann nos propone un lugar que relacionamos, rápida y cómodamente, con Los Ángeles, sus playas y el desierto aledaño. Con Luhrmann como director, guionista y productor, y acompañado por Craig Pearce como co-guionista y Gabriella Martinelli en co-producción, el ‘escenario original’ de la obra de William Shakespeare, Romeo y Julieta, es desplazado en tiempo y espacio. La Verona actual es una ciudad cosmopolita, un crisol de razas que alberga franjas de numerosa población hispana y afro-americana. Los rascacielos, imponentes estatuas y fuentes, los carteles publicitarios, luces de neón y el caos del tráfico están presentes en cada corte entre las partes que corresponden a las escenas de la obra de teatro. Y también las playas. La costa es el escenario donde se ha montado un teatro a cielo abierto, y ahora sus ruinas, las arcadas y unas cuantas sillas enmarcan el lugar de los más crudos episodios que determinan el fatal desenlace, como la muerte de Mercucio.
Los personajes de una y otra casa, los Montesco y los Capuleto, se nos presentan con interesantes variaciones. Los esposos de cada familia tienen el aspecto y los modales de un típico matrimonio de magnates; Tibaldo posee los rasgos de un latino; Mercucio es afro-americano; las pandillas de parientes y allegados a cada familia reúnen a jóvenes de look latino y anglosajón; Romeo y Julieta son ambos muy jóvenes, y la nana de Julieta es de origen latino. Es éste el crisol que esperamos ver en las calles de una ciudad que es foco de convergencia de las oleadas inmigratorias en los Estados Unidos, una pluralidad étnica que es también multiplicidad de estéticas fuertemente estereotipadas en la película.
En cuanto a las estéticas, éstas se entremezclan y, en el rejunte de piezas sacras y arte popular, podrían definirse como diferentes interpretaciones del concepto del kitsch. La fiesta que ofrece la familia de Julieta es un verdadero carnaval en que se subvierten los roles, los miembros más respetables de la familia bajan la guardia, se emborrachan y pierden su compostura en público. Los trajes son recargados, barrocos; se trata de un espectáculo circense, no es una fiesta de temática definida sino un espacio para mostrarse en el disfraz que a cada uno mejor represente. Y esa fiesta continúa en la playa, donde Mercucio monta la parodia de un travesti, que acaba en burlas ante el arribo de los Capuleto.
La casa de Julieta, único espacio familiar incluido en la película, reviste las características de un palacete urbano, con recargada mampostería y colores intensos. La habitación de la joven parece más un altar que el cuarto de una adolescente. Con una abundante cantidad de telas, estatuillas de santos escoltadas por velas, cruces y tubos fluorescentes, se asemeja más a un santuario para la adoración popular de una deidad mitad leyenda urbana, mitad dogma religioso. El altar en que los jóvenes yacen en una de las escenas finales de la película parece una extensión del cuarto de Julieta: un lecho rodeado de flores sobre una plataforma a la que se accede por un colchón de plantas y, a los lados, cruces encendidas. Además, el campamento en el camino a Mantua, en que Romeo se refugia esperando su planeada fuga con Julieta, es un lote en el desierto para el estacionamiento de casillas rodantes, como los predios de trailers tan comunes entre grupos marginales e itinerantes en los Estados Unidos.
Podemos pensar en In Fair Verona como una traducción en el sentido de traslación de un escenario, un tiempo y una estética renacentista al actual género cinematográfico del drama romántico. La obra de teatro ha sido tomada como guión para un éxito hollywoodense. Pero nos detenemos ante la cuestión de la verosimilitud: ¿cómo es que se intercambia dinero y se lo llama gold?, ¿cómo es que se habla de desenvainar swords y se combate con pistolas? Otro punto es la justicia palaciega, la toma arbitraria de decisiones acerca de la ejecución de los castigos en manos de un jefe de policía a quien todos se refieren como Príncipe.
Hay, en el concepto de ‘transferencia’ aplicado a esta obra, pautas claras para detectar la ‘obligatoriedad’ y ‘no obligatoriedad’ de los cambios. Si por obligatorios se entiende los cambios lingüísticos y por no obligatorios, todos aquellos dependientes del repertorio fílmico en el que esta traducción – o adaptación – está basada, podemos pensar que existe una marcada ruptura en las expectativas que el género cinematográfico provoca en la audiencia. Por un lado, los cambios obligatorios por restricciones lingüísticas no ocurren en el pasaje de la obra al guión fílmico; por otro, los cambios para adecuarse al repertorio permiten ese drástico corrimiento en el tiempo, el espacio y las estéticas que Luhrmann logra compactar cohesivamente. Por eso su obra nos sorprende, y hace que disfrutemos de In Fair Verona una y otra vez y, en cada una, descubramos la belleza de lo abigarrado, lo múltiple, lo distinto.

Figuras. Ran. Basada en el drama de William Shakespeare, El rey Lear. Dirección: Akira Kurosawa. Japón, 1985. Guión: Akira Kurosawa, Hideo Oguni, Masato Ide. Elenco: Tatsuya Nakadai, Akira Terau, Jinpachi Nezu, Mieko Harada, Yoshiko Miyazaki, Daisuke Ryu. Por Rosalía Baltar: Magister en Letras Hispánicas (UNMdP).



A Sergio, in memoriam
A mis hijos, que vieron
Ran conmigo…

El rey Lear ha sido llevado al cine en más de una ocasión. Una de las más interesantes adaptaciones –si le cabe, francamente, esta expresión- es la que en 1987 dirigió Jean –Luc Godard basándose en un guión de su autoría y de Norman Mailer. La actualidad será en ella el escenario, en el que Mr. Alien (Woody Allen) es el protagonista de un mundo irreverente y absurdo. En la versión del francés, me atrevería a sostener que uno verá a Godard en su salsa, siendo Godard. En cambio, en la que examinamos ahora, es Shakespeare por Shakespeare… Las relaciones entre la película de Kurosawa y el drama de Shakespeare son muchísimas pero quisiera rescatar la trasposición que se hace aquí porque sólo ella justifica la afirmación anacrónica de más arriba (Shakespeare por Shakespeare): no del teatro isabelino al cine de un japonés sino de la poesía occidental a la oriental. Por ello, porque veo en Ran un fruto poético, es que recreo dos figuras, incompletas, interrumpidas, que he disfrutado en esta revisión.
La simetría
Ran significa “caos”. Es un título que sintetiza el drama shakesperiano del cual parte esta historia. La falta de lealtad, la adulación, la vanidad son los peligros que conducen al quiebre de lo establecido, del orden imperante del mundo que pretende ser definitivo. Sin embargo, la película es todo lo contrario a ese caos. Cada imagen es una puesta en escena bañada por una luz irreal y sus personajes dispuestos en ajedrecísticos espacios, con movimientos de una geometría perfecta. Todo tan bien diagramado se vuelve carente de vida, una casa sin rumores ni palabras: ahí, el caos, es decir, la perfecta vida del hombre es la experiencia del caos. Incluso así puede sonarnos el japonés, la lengua de los personajes que evocan un feudo medieval, una lengua de acentos de duración, de temporalidad, no de intensidad, como la nuestra. El caos es, también, la armonía de una duración que no entendemos.
Las dos batallas
En Ran, dos son las escenas que representan un vasto campo cubierto de pasto y areniscas; ambas se integran a la simetría de todo el relato visual, aunque se amplifican con el movimiento y el sonido de una música marcial, elevada y que evoca el hueco misterioso de los dioses (cerca de Malher estuvo Takemitzu, según mi neófita percepción). La primera batalla, librada en el interior del asediado castillo de Saburo, maravilla por su penetración pictórica: cada fotograma es un cuadro, un Guernica de brazos, muslos, dedos rosados e inermes, apilados, mezclados, tocándose unos a otro en la perfecta calma del después de la batalla, pero que aquí se presenta en simultaneidad con el fragor del combate. El rojo va y viene destronando la vida en los cuerpos y las flechas describen líneas de susurros en el cielo para hacer de los hombres erizos similares a los fantasmas monocromos de Trono de sangre. En la segunda batalla, la final, el ojo de la cámara vuela hacia lo alto de las ondulaciones que rodean el campo; la lid pasó del testimonio de un hombre a la altura de un drama de hombres, corporal, íntimo y familiar a una contemplación más desapasionada, que juzga el suceso como político. De hecho, podemos comparar las dos muertes: el hermano mayor, Taro, morirá entre sus soldados, solo sobre su caballo, quieto como un perfecto blanco, con una flecha lejana que lo atraviesa; Saburo, en cambio, cabalga feliz y victorioso, llevando a su padre con él, y un tiro lo enmudece, limpio, lejano y certero.
En medio de la simetría y las batallas, el lenguaje lucha duramente con los silencios, el ruido del pasto, ya un poco crecido, al contacto con las sedas de los vestidos, los cascos de los caballos, con el viento, la música agrupada en algunos escenarios, agazapada tras un estandarte amarillo, rojo –los traidores-, azul –el héroe-, los enemigos que aprovechan de la ruptura interna. En esa batalla, el lenguaje cobra la más alta dimensión expresada en la película, porque humaniza los rostros, las máscaras y vuelve, como allí se dice, respetable aquella verdad que, al mismo tiempo, logra la belleza.

Shakespeare apisonado. Shakespeare apasionado. Dirección: John Madden. EEUU, 1998. Guión: Marc Norman y Tom Stoppard. Elenco: Gwyneth Paltrow, Joseph Fiennes, Judi Dench, Ben Affleck y Geoffrey Rush. Por Abelardo Castillo. Este artículo fue publicado en Marzo de 1998 en el suplemento Radar del diario Página 12. Se reproduce aquí con autorización del director y el autor.



Cuando me desperté, parece que la Peste de Londres había terminado sin dejar secuelas y que Geoffrey Rush había conseguido finalmente montar Romeo y Julieta, aunque en un teatro prestado. Esto me alegró, porque entendí que la película estaba llegando a su fin y podía abandonar el cine sin interrumpir la modorra de los otros catorce espectadores que aún permanecían en la sala. La película no es mala; tampoco es buena: es nada. La chica con bigotes ganadora del Oscar a la Mejor Actriz no es que esté mal, tampoco está bien: no está nada. El muchacho con arito disfrazado de Shakespeare no es que no se parezca a Shakespeare; tampoco da la impresión de parecérsele mucho: en realidad no me recordó a nadie. Mi idea de lo que vi es parcial, porque todo terminó para mí en el momento en que la reina Isabel (la extraordinaria Julie Dench) se da cuenta de que Gwyneth Paltrow, la chica con bigotes ganadora del Oscar a la Mejor Actriz, ha perdido la virginidad, cosa de la que yo ya me había dado cuenta cuando la vi junto a Michael Douglas en Un crimen perfecto. Shakespeare apasionado contiene diversos chistes, a saber:
William Shakespeare ha perdido la inspiración y consulta a un boticario astrólogo, quien lo hace recostar en un diván y termina diciéndole: “Su tiempo ha terminado”. William Shakespeare persigue en un bote, por el Támesis, a Viola de Lesseps, de bigotitos y mosca rubia en la pera, ganadora del Oscar a la Mejor Actriz, y le ordena al botero: “¡Siga a ese bote!”, a lo que el honrado hombre de trabajo londinense de 1593 responde: “Okey, jefe”. Naturalmente, este botero, o algún otro, da igual, es escritor en ciernes, reconoce al poeta y, según costumbre de la época, lleva (el botero) sus propias obras juveniles bajo el jubón de terciopelo, de modo que aprovecha la volada para que Will lo recomiende a un librero amigo, aunque el Cisne de Avón, obsesionado por perseguir a la ganadora del Oscar, ni siquiera se da cuenta.
Pero seamos positivos. Hay gags verdaderamente hilarantes. Por ejemplo, Viola de Lesseps, es decir Gwyneth Paltrow, Oscar a la Mejor Actriz, vestida de varón (porque está ensayando el papel de Romeo), ha llegado al teatro a todo gas y debe travestirse de apuro porque la espera su prometido legítimo. Lo hace todo bien pero olvida algo: se ha dejado el bigotito y la mosca rubia en su pera. Buen detalle, porque todo el mundo sabe que en 1593 las mujeres se vestían, se peinaban y otros afeites sin mirarse en el espejo. La época isabelina está muy bien reconstruida: todos corren, todos gritan. Los poetas, inspirados, descubren que no pueden continuar con su vida cotidiana porque acaba de ocurrírseles un soneto. Desde los balcones se arrojan sobre los viandantes las heces contenidas en bacinillas, sin pensar que en tiempos de Peste Negra esto puede resultar perjudicial para la salud de la población. La escena del balcón está muy bien: hay un balcón.
Incluso hay una enredadera para que Joseph Fiennes, o sea Shakespeare, con arito pero menos sufrido que su hermano de El paciente inglés, pueda trepar por las plantas e improvisar ante Viola los versos que luego redactará para Romeo. Me llamó un poco la atención, eso sí, el esfuerzo con que Will va construyendo su obra de Verona. Yo tenía entendido que Shakespeare ya conocía su argumento antes de escribirla porque la había tomado de un cuento italiano, pero da lo mismo.
En suma: un musical, pero sin canciones. Un hiperkinético Shakespeare basado quizás en el Amadeus de Milos Forman, pero sin Mozart y sobre todo sin el formidable Salieri. Y, sobre todo, sin el Réquiem y La flauta mágica, que aportaban lo suyo al necesario y presumible pathos de la vida de un genio. Lo mejor de la función fue un avance de una de Mel Gibson, donde lo matan, resucita y se venga asesinándolos a todos, incluidos John Madden, director de Shakespeare apasionado, Oscar a la Mejor Película, y de Gwyneth Paltrow, bigotito, mosca rubia, Oscar a la Mejor Actriz. Me han dicho que Joseph Fiennes colapsó sin necesidad de Gibson, después de no recibir ninguna de las trece nominaciones de Shakespeare apasionado, siete premios de la Academia.

Una furiosa tempestad. Enrique V. Dirección: Kenneth Branagh. Reino Unido, 1989. Guión: Kenneth Branagh. Elenco: Emma Thompson, Christian Bale, Paul Scofield, Derek Jacobi, Judi Dench, Ian Holm, Robbie Coltrane, Michael Maloney, Michael Williams. Por Gerardo N. Delvitto Brovedanni, médico psiquiatra, y Berta del Valle Castro, Profesora en Letras, Universidad Nacional de La Plata.

“…con el porte de Ares y una musa de fuego a sus pies: hambre, espada y fuego”


En el inicio del film de Kenneth Branagh, el rostro de un personaje, a manera del coro de las obras dramáticas, muestra al espectador – mientras es seguido por una cámara en movimiento- el gran escenario de la legendaria batalla de Agincourt, donde “dos poderosas monarquías, separadas por un peligroso y estrecho océano” dan fin al largo debate sobre los alcances de la ley impulsada por los Comunes respecto a ciertas tierras de la región francesa.
Imponente estudio cinematográfico transformado en escenario teatral, en el que este coro continúa motivando e informando al espectador sobre los sucesos próximos que “os pide escuchar y juzgar en este drama”.
El hecho teatral, el juego de la representación de los caracteres humanos por excelencia es mostrado una vez más a través de la pantalla grande, en esta película cuyo eje principal será reflejar la característica esencial de la personalidad de Enrique V “una furiosa tempestad, como Zeus seguido de truenos”, “moderado en la discusión pero terrible en la resolución”.
Un rey que porta los ideales de los caballeros medievales, su lucha es por él mismo como Rey, por su Patria, por su pueblo y por su dignidad menoscabada como persona de bien.
Cada acto del texto shakespereano es respetado en la filmación de esta historia y enmarcado por la presencia del coro que actualiza el sentido de “representación” mediante el comentario y resumen de lo apreciado en la pantalla, de lo que se está viendo como lo sucedido “antaño”.
Esta desrealización de la imaginación, lejos de actuar como vector para guiar hacia el presente al espectador, actúa como fijación de la particularidad fílmica de la historia, es decir, Branagh, como director de cine, propone que se visualice la historia en un gran escenario, donde las lentes se deslizan como la pluma del gran dramaturgo.
Para disecar minuciosamente la personalidad de Enrique V, enfoca y detiene en un primer plano su rostro “arengando” a un reducido ejército, mostrando al rey en funciones con un poderoso espíritu de persuasión bélica, obtenido por el cabal conocimiento de los sentimientos hacia él, de su pueblo, de sus soldados.
Como palimsestos descriptivos, la pantalla recorrerá el trayecto nocturno del rey, encubierto en una amplia capa que protege su identidad, mientras indaga el ánimo de sus soldados previo a la lid.
El peso de su responsabilidad, el dolor por la sangre vertida, el sentimiento de condolencia hacia el pueblo ajeno a esta lucha, surgen como examen de conciencia, rumiando un musitado monólogo que no logra redimirlo en la lúgubre noche previa a la última y victoriosa batalla.
El canto de victoria “non nobis” solicitado por el rey, presente en el texto del "Cisne de Avon", aparece en la pantalla y expresa el acmé del sentimiento trágico en esta obra, pues en adelante, la tensión del espectador se disuelve en este épico final llevando al goce de la “paz” lograda entre los reinos. Las siguientes escenas serán interiores, en el palacio del rey de Francia, donde se verá a un Henry enamorado, seduciendo a su amada Cristina para que lo bese, aún contra la norma francesa.
Culmina así, en forma cabal, la historia de este caballero que ha ganado un nuevo reino con la ayuda divina y de su espada, cuya victoria será dedicada a su prometida. Ante este cierre, el espectador logra un ánimo feliz. Pero no olvidemos que se trata de una tragedia, por lo que, nuevamente el coro es el encargado de marcar el verdadero desenlace de esta historia, relatando-mientras cierra las puertas palaciegas como un pesado telón en descenso- la triste historia que seguirá a este romántico final.Una vez más, Branagh, cuasi-hermeneuta del genio inglés, seduce al espectador, obsequiándole tesoros en imágenes y palabras, que dinamizan el espíritu por su armonía y belleza.


El maestro de Hannibal. Titus. Dirección: Julie Taymor. EEUU-Italia, 1999. Guión: Julie Taymor. Elenco: Anthony Hopkins, Jessica Lange, Alan Cumming, Colm Feore, James Frain, Laura Fraser, Jarry J. Lennix, Angus MacFadyen, Matthew Rhys, Jonathan Rhys-Meyer, Kenny Doughty. Por Marcelo De la Plaza: Arquitecto, Director de arte.



La forma de la tragedia griega presenta una sucesión de venganzas recíprocas que aparentemente no pueden tener final y en la cual cada una parece superar las anteriores. Esta persistencia en el odio termina con la muerte de los personajes o con el perdón de un dios. Algunas veces la historia está expuesta en más de una tragedia. Una historia arquetípica es la de Agamenón. Sacrifica a su hija para conseguir el viento necesario para llevar sus tropas a Troya; su mujer y madre de la sacrificada Ifigenia lo mata a su regreso de la guerra; Orestes mata a la madre para vengar el asesinato del padre; finalmente el dios Apolo lo perdona.
En Tito Andrónico, Shakespeare agrega a las venganzas una fuerte dosis de crueldad y maldad extremas y la película, interpretada por Anthony Hopkins, hace pensar en un Hannibal Lecter cariñoso si lo comparamos con Tito.
La película presenta sólo el texto original de la tragedia de Shakespeare, sin agregados. Una muy buena utilización del texto teatral para hacer una película que nos hace dudar de alguna teoría sobre la transposición de la obra literaria al cine; no se trata de un “texto ilustrado” donde se parte de un texto, dicho en off, al que se le agregan imágenes referenciales o alegóricas, como si fuera un audiovisual de powerpoint. El drama es visual y pasa un buen rato antes de que percibamos que los textos son los de la obra original.
Tito Andrónico, general romano, regresa a Roma victorioso con veinte de sus hijos muertos en la guerra (gran material para iniciar la venganza) y con la Reina de los Godos y sus tres hijos prisioneros (gran material para ser objetos de la venganza). Roma está inmersa en una lucha por la sucesión entre los dos hijos del emperador muerto, uno de ellos casado con la hija de Tito y el otro se casa con la Reina de los Godos, matriz suficiente para generar una trama de enredos que se desarrolla con muchísima crueldad y que sólo se puede solucionar con la muerte de casi todos.
Hubiera sido sencillo ambientar esta obra en su época histórica. El Director prefiere, sin embargo, realizar un mix entre la antigua Roma y el siglo XX, hecho que le otorga a la película una sinergia, una "modernidad" y una “actualidad” destacables. Parecería haber una corriente anglosajona de las últimas dos o tres décadas que se esmeran en producir películas de Shakespeare fuera de su contexto temporal original, con referencias de acciones o decorados, o directamente ambientados en épocas más recientes, entre otros: Romeo y Julieta (ambientado en una California más o menos actual), Shakespeare apasionado (aun en el pasado histórico se realizan acciones que corresponden a la actualidad), Macbeth (líder de una banda de narcotraficantes), Ricardo III (reinterpreta a Hitler), En busca de Ricardo III (se mezcla el pasado con el presente), Hamlet, todos con muy buenos resultados cinematográficos.
Titus plantea una convivencia permanente y una alternancia entre el pasado y la actualidad: conviven motos de la época de la segunda Guerra (y con esas alusiones guerreras), autos de los '50s o de los '60s, equipamiento doméstico de los '90s, etc. en edificios que recorren parte de la historia de Roma desde el emperador Julio hasta Mussolini (lo que se puede llamar una “arquitectura autoritaria” que muestra principalmente el “poder” que tenían los constructores, compatible totalmente con el momento político en que se desarrolla la tragedia). Los aspirantes al trono compiten en una campaña electoral con procedimientos actuales, anacrónicos e impropios para una elección de emperador sumado a los colores de sus estandartes que responden a los colores de dos clubs principales del fútbol italiano (el Lazio y la Roma) y dan una actualidad inesperada a la historia.
El relato cambia de espacio y de tiempo sin que se perciba ninguna discontinuidad. Un niño actual en la época actual juega con soldaditos de plástico en la cocina de su casa mientras mira un dibujo animado de Popeye y de pronto queda involucrado en las luchas que llevan adelante esos soldados de juguete; se transporta al pasado y entra en la historia como observador externo sin interferir con las acciones y de a poco se va involucrando con los personajes para lograr convertirse, así, en el eje estructurante de toda la película.
Toda esta "versión aggiornada" se sostiene con una excelente Dirección de Arte, maquillaje y vestuario sofisticado, iluminación cuidada, coreografía y puestas de cámara sorprendentes que logran belleza aun en las escenas más crueles y sangrientas (de las que hay muchas). Mención aparte merecen algunos elementos de los decorados, de una estética muy desarrollada, como por ejemplo el trono del emperador que por sus formas remite al famoso escultor norteamericano Henry Moore; la vajilla de aluminio que tiene Tito en su casa, de diseño muy moderno; los siniestros espolones con cabeza de lobo de las motos del ejército; la comicidad del micrófono del Senado que al modo de los micrófonos de radio indica la emisora SPQR ("Senatus Populusque Roma", Senado y Pueblo de Roma, lema del antiguo Senado romano) y el maquillaje "símil piedra" del ejército.
Se supone que debido a los horrores que mostraba la obra no encontró traductor al castellano hasta 1928. Luis Astrana Marín, su primer traductor dijo que "Shakespeare, insuperable siempre en hallar en el contraste la fuente eterna de la belleza, ha logrado sublimar, matizándolo de hermosos pensamientos, vigorosas expresiones y raras metáforas, un tema que para otros hubiera sido repulsivo". El Director de igual manera utiliza la Dirección de Arte, la coreografía y la Música para presentar esos contrastes y hacer bellas la maldad y la crueldad.

Queremos tanto a Will: dos versiones de Ricardo III. Ricardo III. Dirección: Richard Loncraine. Reino Unido, 1995. Guión: Richard Loncraine y Ian McKellen. Elenco: Ian McKellen, Annete Benning, Robert Downey, Jr., Kristin Scott Thomas y Maggie Smith. En busca de Ricardo III. Dirección: Al Pacino. EEUU, 1996. Guión: Al Pacino y Frederic Kimball. Elenco: Al Pacino, Winona Ryder, Kevin Spacey. Por Juan Ariel Gómez: Profesor de Inglés. Magíster en Literatura Comparada. Docente en el Departamento de Lenguas Modernas, UNMdP.


Algo más de cuatro siglos nos separan de William Shakespeare, si no es veraz esa hipótesis algo delirante que propone que en realidad es el nombre de fantasía para un grupo de dramaturgos que escribió las célebres piezas teatrales, y los sonetos, y el resto de su obra poética. Lo cierto es que llega a nuestros días ni más ni menos que la influencia perenne del poeta de impecables versos blancos y figuras retóricas que arman una representación que puede prescindir de las presumibles ataduras que tanto tiempo como espacio pudiesen condicionar al texto, volverlo lejano, inescrutable. Los textos de Shakespeare se vuelven absolutos en el sentido de poder generar tantas lecturas como lectores hayan podido no solamente leer todo esto, sino verlo en el mismo teatro, re-presentado. Hay una edición de Bantam Classics de las obras de Shakespeare que rigurosamente presenta cada obra con prólogos impresionantes a modo de pre-lecturas y también contextualiza cada texto al citar y reseñar brevemente, al final, distintos ensayos relativos a esa obra en particular. Claramente se pueden ver las distintas versiones del mismo texto a partir de la inflexión de distintos movimientos, estructuras de sentimiento, diría Raymond Williams, en fin, distintos momentos históricos y lectores. Hay un Shakespeare para cada tiempo y cada mirada crítica.
Esa persistencia única en el horizonte de lecturas pasadas y contemporáneas es la que lleva a la pregunta por eso que Harold Bloom llama, en su inmenso estudio Shakespeare: la invención de lo humano, “la eminencia de Shakespeare”. Porque una vez que se preguntó Bloom sobre el cánon occidental para poner a Shakespeare en el centro mismo de tamaño laberinto de nombres seminales en la literatura de nuestras civilizaciones, nos lleva a la pregunta acerca de lo que vuelve a Shakespeare tan vigente, tan resistente y tan central en la cultura humana desde que existió y dio a conocer sus obras. El cine, el medio ideal para retener el texto shakespeariano en la edición y montaje de los fotogramas, también lo revive, lo recrea y consigue incrementar la canonicidad del poeta inglés. De todos modos, lo que hace que de vez en cuando se retorne a estos textos para la pantalla grande es la genialidad de Shakespeare al re-presentar su nítido muestreo de las glorias y miserias humanas más allá de lo que de otro modo serían, como dije antes, limitaciones temporales y espaciales.
Ricardo III, una de las primeras tragedias de Shakespeare, encuentra en dos realizaciones fílmicas de hace ya más de una década, pero cercanas en año de realización una de otra, algunas claves para entender el modo en que el cine se encarga de probar también la vigencia de Shakespeare, manifestada en la extraordinaria maleabilidad o adaptabilidad con que sus textos se resignifican al volverse cine. Ricardo III de 1995, dirigida por Richard Loncraine, con actuaciones memorables de Ian McKellen, Annete Benning, Robert Downey, Jr., Kristin Scott Thomas y Maggie Smith, entre otros, y En busca de Ricardo, producción que un año después, en este caso con este docu-drama de Al Pacino, también recupera la figura del rey más controvertido que pudo haber tenido la corona inglesa, mucho antes de ese otro que reinó por menos de un año y abdicó por querer casarse con una divorciada norteamericana, el que veía con simpatía al canciller Hitler cruzando el charco, Eduardo VIII.
Precisamente ese es el cruce imaginario que sustenta la versión de Loncraine y McKellen. Ricardo III transcurre en una Inglaterra en la que él mismo se ha vuelto un tirano fascista, con estética, propaganda y lenguaje corporal que inevitablemente remiten al nacionalsocialismo alemán, sus líderes y acciones. Hannah Arendt pensaba en la banalidad del mal en los rostros y los cuerpos de esos señores que estaban siendo juzgados en Nurenberg y que parecían de lo más respetables y gentiles. La maldad y la ambición de Ricardo son de este Hitler inglés que grita que ofrece su reino por un caballo aunque está entre ametralladoras y jeeps: una vez más la historia se ha vuelto teatro, como dice Susan Sontag en su magnífico ensayo sobre el “fascinante fascismo” de Leni Riefenstahl.
Shakespeare permite que su texto se haga cine, que en su texto se filtre la historia de Ricardo, el último rey de la casa de York, y que en su texto vuelto cine aceche la atroz estela de Adolfo Hitler. También admite operaciones sobre el texto y el personaje de Ricardo, que en el caso del documental de Al Pacino se revela como su obsesión personal, aunque el procedimiento para echar luz sobre esto sea completamente metadramático, por así decirlo. Porque lo que parece desvivir a Pacino es la supervivencia de Shakespeare en las mismas calles de Estados Unidos. Entonces recurre a la disección de los mitos, los prejuicios e intuiciones de muchas voces en torno al autor, personaje y contexto. Con ese armado polifónico, En busca de Ricardo es entrar al texto y su contexto para dejarlos por un rato y permitirnos volver a nuestros presentes, que también son textos y contextos desde los que nuestras existencias retornan al pasado histórico y artístico para, simplemente, entender. Será por eso, como dice Harold Bloom, que volvemos a Shakespeare: “porque lo necesitamos; nadie más nos da tanto del mundo que la mayoría de nosotros consideramos real.”

Engaños de la imaginación. Sueño de una noche de verano. Dirección: Michael Hoffman. Reino Unido, 1999. Guión: Michael Hoffman. Elenco: Michelle Pfeiffer, Rupert Everett, Calista Flockhart, Kevin Kline, Stanley Tucci, Christian Bale, Sophie Marceau, David Strathairn. Por Fabián O. Iriarte: Enseña literatura inglesa y norteamericana y literatura comparada en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Ha publicado algunos libros y plaquetas de poesía: la intemperie sin fin (2001), con sutiles artimañas (2005), Re:signado (2008). También traduce poesía: Usos de la imaginación: poesía de los latinos de EEUU (en colaboración con Lisa Bradford; Mar del Plata: EUDEM, 2009).


¡Bicicletas y fonógrafos! ¿Calista Flockhart, en el papel de Helena, luchando por descender las escaleras cargando una bicicleta en sus flacos brazos? Al ver esta escena, pensé que la diferencia entre la comedia de Shakespeare como yo la conocía y la versión de Michael Hoffman (1999) sería demasiado grande. Sin embargo, a medida que se desarrollaba la acción, era cautivado cada vez más por la magia de esta ensoñación estival. El director ha sabido emplear los trucos tecnológicos del cine contemporáneo para recrear el ambiente sobrenatural del mundo feérico. Hoffman sigue los pasos anacrónicos del autor y nos traslada de la antigua y mítica Atenas (ya anacrónica en el texto original, como suele suceder con los lugares en Shakespeare) a la Italia de principios del siglo XX: el film fue rodado en Caprarola, Viterbo, el Lacio.
Hay críticos a quienes este film no les gustó nada. David Denby (en la revista New Yorker) acusó al director de carecer de ritmo y de ceder al mal gusto, especialmente en la escena del enfrentamiento entre Hermia (Anna Friel) y Helena, un guiño a los fanáticos de las peleas en barro entre mujeres en algunos bares. Mark Englehart afirmó que la obra de Shakespeare quedaba reducida a una bellísima fotografía, la selva mágica, los paisajes que dejan sin aliento, las mansiones imponentes, las aldeas pintorescas, el suntuoso vestuario de época, sin que la historia importara demasiado. Ninguna de estas cosas me molestó especialmente. Aun si se está de acuerdo con Denby y Englehart, queda en pie la vieja verdad de que hay obras que no pueden ser arruinadas por malas producciones o interpretaciones. La película respeta el texto original, sin efectuar demasiados cortes ni remiendos.
Se supone que la obra fue compuesta entre 1595 y 1596 (Shakespeare tenía entonces 31 años), acaso como parte de los espectáculos que acompañaron, como era costumbre, una boda aristocrática a la que la misma reina Isabel asistió. El dramaturgo añadió su propia travesura, al desviarse un poco de la regla que dictaba decorum, con su fábula de Píramo y Tisbe interpretada en clave humorística.
Como sucede con las diversas traducciones de una obra, cada adaptación de una pieza teatral de Shakespeare, sea para teatro o para cine, debe vérselas con las versiones previas. En el caso de Sueño de una noche de verano, tiene que vérselas con varias versiones fílmicas: las de Max Reinhardt y William Dieterle (1935), Peter Hall (1968), Peter Brook (1970) y, más recientemente, Adrian Noble (1996), sin contar la parodia de Woody Allen, Comedia sexual de una noche de verano. Cada una introdujo técnicas y variaciones que las hicieron únicas en su época: la puesta en escena al aire libre de Reinhardt de 1934 incluía una selva hecha con toneladas de tierra trasplantada al Hollywood Bowl; las hadas del film de Hall tenían todo el cuerpo pintado de verde; el escenario en la producción de Brook era una caja blanca y las hadas eran actores que hacían trucos de circo y acrobacias de trapecio; también introdujo la idea de que los roles de Oberón / Teseo y Titania / Hipólita fueran interpretados por los mismos actores, para sugerir que un mundo es el espejo del otro. De todos modos, son raros los espectadores argentinos que han podido ver todas estas versiones, y por lo tanto no hay lugar para desventajosas comparaciones. Sin embargo, creo que Hoffman tuvo en cuenta estos antecedentes—aunque más no fuera para descartar algunas posibilidades y jugar con otras.
La mítica producción de Brook pareció haber seguido los consejos implícitos en los controvertidos ensayos del crítico polaco Jan Kott, que veía en la obra animalismo y sensualidad cruda, afirmando en 1964 que ésta era “la más erótica de las obras de Shakespeare”. Desde entonces, los directores se han sentido libres para decidir qué significado le dan a la historia y para representarla visualmente sobre un escenario o en la pantalla. Se ha notado sobre todo un aumento en la carga de sexualidad, ya que muchos ven el palacio como el lugar de la represión y la ley mientras que la selva puede ser un símbolo de la sexualidad sin frenos, lo que resulta paradójicamente a la vez liberador y atemorizante. En otras épocas, cuando incluso las expresiones “deberes maritales” o “las labores del tálamo” eran eufemismos diseñados para mencionar el sexo (siempre dentro de la legalidad del matrimonio, obviamente), la idea de la desobediencia filial a la ley paterna resultaba inconcebible, o bien material apto para la tragedia. Quizás debido a que tales asuntos—incluidos el sexo extramarital y el sexo prematrimonial—ya no se consideran problemáticos, el director dejó un poco de lado la cuestión moral y se concentró en el lado mágico de la obra.
“Toda la acción de la noche se presenta como una liberación de la fantasía que deja a la luz los trucos y engaños de una imaginación demasiado poderosa”, comentó C. L. Barber en 1959. El interludio cómico de Píramo y Tisbe es una parodia de piezas populares y cortesanas que habían estado de moda entre 1560 y 1587. Los actores amateurs, ignorantes de las convenciones artísticas pero temerosos de las convenciones sociales, y confundidos sobre la naturaleza de la ilusión teatral, convierten el género de la tragedia en una farsa grotesca. El error “involuntario”, sin embargo, nos deja pensando: ¿quizás los otros argumentos de la obra también sean farsas? Así como el cisne de Avon se permitía, en un gesto avant-la-lettre, develar el otro lado de la ficción, Hoffman también hace guiños al poner a un grupo del equipo de actores liderado por Quince y Bottom a ensayar, mientras esperan a Teseo, la tragedia griega Edipo Rey, mientras otros ensayan Otelo… de Shakespeare.
El elenco está compuesto por los mejores (y los más hermosos) actores y actrices que un director pueda soñar en reunir. Básicamente, hay cuatro grupos de personajes que parecen pertenecer a ambientes diferentes: Teseo (David Strathairn) e Hipólita (Sophie Marceau) y el padre de Hermia; los cuatro amantes: Helena (Calista Flockhart), Hermia (Anna Fiel), Demetrio (Christian Bale) y Lisandro (Dominic West); Nick Bottom (Kevin Kline) y sus amigos, los actores amateurs: Peter Quince (Roger Rees), Flute (Sam Rockwell), Snug (Gregory Jbara), Snout (Hill Irwin) y Starveling (Max Wright); Titania (Michelle Pfeiffer) y Oberón (Rupert Everett), las hadas y Puck, también conocido como Robin Goodfellow, personaje folk de la superstición rural inglesa, intruso y chismoso, fuente de desorden, travesura y caos (interpretado por Stanley Tucci). Pfeiffer y Tucci sobresalen en sus interpretaciones, así como Kline como el tejedor “traducido” en asno por capricho de Puck y venganza del rey de las hadas. Al principio, me pareció que Everett quedaba fuera de lugar como Oberón, pero desempeña muy bien su papel. Después de todo, el problema del argumento secundario se origina en una disputa entre él y Titania por la posesión de un “changeling”, niños que las hadas solían robar de las cunas para adoptarlos como suyos.
Mediante el contacto y la fricción entre los cuatro mundos, Shakespeare revela las fallas aparentes en cada uno. Uno de los temas es el amor, o mejor dicho el enamoramiento, y sus peligrosos efectos metamórficos: “Things Base and Vile, holding no Quantity, / Love can transpose to Form and Dignity. / Love looks not with the Eyes, but with the Mind: / And therefore is wing’d Cupid painted Blind”, exclama Helena (Acto I, escena I). Pero otro tema es cómo una situación de locura temporaria y casi pesadillesca puede ser restaurada a una de “cordura” y “armonía”, simplemente con una poción mágica—o, diríamos en nuestra época más proclive al razonamiento y la desconfianza, por un cambio de perspectiva.
Por tradición y convención, el género de la comedia ha sido tratado principalmente como un espectáculo de entretenimiento; sólo en contadas ocasiones se admite que los reveses cómicos puedan tener una función de crítica social y de costumbres. Los críticos de cine y teatro están entre quienes exigen habitualmente que directores y actores tomen una posición crítica de las obras. ¿Hay otras lecturas posibles que están ausentes en la factura de esta película? La crítica literaria Linda Bamber pregunta: “¿Hacia dónde se dirigen nuestras simpatías? ¿Hacia las fuerzas que perturban el status quo y por lo tanto el argumento? ¿O hacia la fuerza que se planta firmemente contra los disturbios y reestablece un orden social aceptable?” y concluye que “La comedia de Shakespeare apoya ambos lados”. Por lo tanto, hay dos modos de ver esta obra: “La lectura optimista de la comedia dice que la vida cotidiana es clarificada y enriquecida por un interludio temporal de esa vida; según la lectura pesimista, la subversión temporaria del orden social ha revelado lo mucho que ese orden excluye, qué precio alto se paga por él”. Queda a juicio del espectador si va a ver esta película como puro entretenimiento o como un acontecimiento artístico que alienta el cuestionamiento de las ideas asentadas.


Travestización del príncipe. Hamlet. Dirección: Svend Gade y Heinz Schall. Alemania, 1920. Guión Erwin Gepard. Elenco: Asta Nielsen, Fritz Achterberg, Mathilde Brandt, Paul Conradi, Anton De Verdier, Lilly Jacobson, Hans Junkermann. Por Darío Lavia (webmaster de http://www.cinefania.com, Lic. en comercio internacional)



En general una constante histórica nos dice que las naciones tienden a disgustarse por las visiones foráneas sobre sus propios mitos y tradiciones históricas o ficticias. Esto explica el descontento argentino por las versiones americanas de Evita (1996), el chileno por House of the spirits (La Casa de los Espíritus, 1993), el mexicano por Apocalipto (2006), etc. En el caso de esta Hamlet alemana, puristas ingleses y amantes de Shakespeare habrán repudiado (o repudian) las extremadas libertades tomadas en la adaptación, inclusive el cambio de sexo del protagonista, pero, reconozcámoslo, en su momento el propio Shakespeare pudo haber generado tensiones en la vecina Dinamarca por su descripción descarnada de la impiadosa sed de poder de los personajes de la corte real así como también de su ambigüedad moral. Con el tiempo, la obra Hamlet se convirtió en un símbolo del genio literario de su autor y en una de las obras cumbres de las Letras anglosajonas, con lo cual esta versión fílmica alemana pudo haber sido tomada como una verdadera afrenta contra la nación británica. Lejos de prejuicios y con la idea que las visiones ajenas enriquecen el cuadro, la diva Asta Nielsen optó por llevar a cabo esta producción que la tuvo como estrella. Recogiendo precedentes como el de Madame Sarah Bernhardt - que había protagonizado Le duel d'Hamlet (1900)-, encaró la travestización del trágico personaje danés para una superproducción que contó con dos directores, fotogramas entintados y decorados y vestuarios grandilocuentes. La trama (en un prólogo y 6 actos) explica como la Reina (Mathilde Brandt) cree que su marido (Paul Conradi) ha muerto en batalla y finge que su hija recién nacida es un varón, de manera que la continuidad de la corona esté asegurada. Cuando el Rey Hamlet regresa sano y salvo, ambos deciden mantener tal falacia antes que desdecirse y dejar una impresión de debilidad. Con el tiempo, el "príncipe" crece convirtiéndose en una andrógina Asta Nielsen que es enviada a estudiar en Wittenberg, entrando en amistad con Horacio (Heinz Stieda). Aparece el tío Claudio (Eduard Von Winterstein) que conspira y asesina al Rey Hamlet, apoderándose del trono y del amor de la Reina. Hamlet, que regresa a Dinamarca, nota detalles extraños y decide realizar la famosa prueba teatral (ordena a un grupo de comediantes que monten una versión del asesinato del Rey Hamlet para observar la reacción de Claudio). Con la certeza de que Claudio y la Reina asesinaron a su padre, Hamlet se propone hacer justicia por propia mano y comienza una batalla de nervios con sus pérfidos enemigos. Peones de esa batalla son Ophelia (Lilly Jacobsson), su hermano Laertes (Anton De Verdier), el padre de ambos Polonio (Hans Junkermann) y, por supuesto, el mejor amigo de Hamlet, Horacio. En su afán de rehusar lugares comunes y referencias a la obra original, la trama no presenta ningún tipo de fantasma, ni diálogos entre Hamlet y la calaverita, así como tampoco frases que podrían haber sonado a facilismos. Así que en vez de invertir tiempo en "ser o no ser" o "algo huele mal en Dinamarca", la ingeniosa trama nos muestra los enredos entre un Hamlet que sabemos es una mujer y su amigo Horacio, por quien siente algo más que amistad y el coqueteo con la apasionada Ophelia. El viaje a Inglaterra de la obra original se convierte en una misión diplomática a Noruega donde, merced a un ardid, Hamlet logra disponer de sus enemigos. La resolución, debido a simplificaciones melodramáticas, resulta ñoña y hasta risible (especialmente la manera que Horacio descubre la auténtica sexualidad de su "amigo"). Sin embargo se rescata la originalidad de tomar como fuente una obra de estudio desactualizada como The Mystery of Hamlet (1881) de Edward Vining, teórico que postulaba que todas las particularidades en la conducta de Hamlet se podían explicar con el hecho de ser una mujer travestida como hombre. De ahí el acierto de la Nielsen, que lanza su película en una época que la República de Weimar estaba rebosante de temas como el cine higiénico sobre temas sensacionales (drogas, homosexualidad), la depresión anímica y espiritual de toda una nación luego del sangriento conflicto bélico, la caída definitiva de la aristocracia, etc. y aplica como medicina la catártica muerte violenta de casi todo el elenco.

Una comedia trágica. El mercader de Venecia. Dirección: Michael Radford. Reino Unido-Italia-Luxemburgo, 2004. Guión: Michael Radford. Elenco: Al Pacino, Jeremy Irons, Joseph Fiennes, Lynn Collins, Zuleikha Robinson, Kris Marshall, Charlie Cox, Mackenzie Crook, Ben Whishaw.
Por María Clara Lucifora, Graduada del Profesorado en Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata, integrante del grupo de investigación “Semiótica del discurso”.


Si consideramos las normas de la comedia, es lógico que, al leer la obra de Shakespeare, observemos que los múltiples juegos de palabras, las confusiones, los disfraces y las historias de amor de los jóvenes atenúen la enorme tragedia que se esconde en los personajes de Antonio y Shylock. Al ser una comedia, todo se presenta desordenado en escena. La única verdad es la del escenario y la de las palabras (de lo cual, sin duda, Portia es dueña absoluta); y finalmente, lo que debe triunfar es el amor de los jóvenes. Por eso, la crueldad, la traición y la melancolía, que en una tragedia tendrían su restitución en la muerte, no tienen lugar; y no sólo contrastan, en gran medida, con la felicidad de los jóvenes amantes, sino que, además, son expuestas brutalmente y abandonadas en escena, mientras el resto de los personajes corre a disfrutar de su felicidad.
La versión fílmica logra, con éxito, poner en escena esta doble condición del texto: la comedia y la tragedia. Podemos apreciar diversos momentos donde la risa se impone y durante los cuales, los ingeniosos parlamentos y la idea de un futuro dichoso invaden la escena y nos dan regocijo como espectadores (por ejemplo, la elección de los cofres por parte de los príncipes extranjeros o cuando Portia y Nerissa revelan a sus esposos que se disfrazaron para salvar a Antonio).
Sin embargo, la escena más perdurable de la película es la que resulta más trágica: el judío Shylock, en el piso, llorando por la sentencia que le impone la bella Portia, disfrazada de doctor en leyes. Hasta ese momento, varios momentos han sugerido que el judío es un personaje que está en escena para sufrir. Radford nos lo indica desde el inicio, cuando expone la dolorosa situación de excluidos de los judíos en esa época (con el texto inicial y las primeras escenas); y luego, cada escena donde Shylock se presenta resulta desgarradora. Incluso la primera parte del juicio donde reclama justicia al punto de exigir, sin piedad, la carne (y con ello la muerte) de Antonio resulta funesta, pues, intuimos que toda esa ansia de reparación y castigo implacable se volverá contra él, en cualquier momento. El film no permite que se nos escape ese aspecto de la obra, y aun lo graba a fuego en nuestras mentes, cuando la cámara se sitúa dentro del ghetto judío, y desde allí, vemos a Shylock, sin su kipá, parado en la parte de afuera del edificio, mientras un judío cierra las puertas; ésa es, entonces, la condición final del personaje: excluido para siempre de su propia vida, la pérdida de todo lo que lo constituye. La muerte hubiera sido un final más honroso, sin embargo, en las comedias, no hay muertes, sólo la exposición brutal de la realidad humana que, como en este caso, nos deja un resto de melancolía insatisfecha.

Innovadora en varios aspectos. El planeta prohibido. Dirección: Fred M. Wilcox. EEUU, 1956. Guión: Cyril Hume e Irving Block, sobre La tempestad de William Shakespeare. Elenco: Walter Pidgeon, Anne Francis, Leslie Nielsen, Warren Stevens, Richard Anderson, Earl Holliman. Por Julio Neveleff: Bibliotecario. Escritor. Gestor cultural. Actualmente asesor cultural de OSDE Filial Mar del Plata.



Los estudiosos del cine de ciencia ficción aceptan que este film está basado en la obra de Shakespeare, aunque apelando a la sutileza podríamos afirmar que está sólo inspirado en ella (así como la Troya de Wolfgang Petersen toma como inspiración a la Illíada de Homero). Su argumento describe la misión de una partida de rescate en el planeta Altair-4 para investigar qué sucedió con una expedición científica arribada allí veinte años atrás. Al llegar, descubren que los únicos sobrevivientes son el Dr. Edward Morbius y su hija Altaira y el planeta es asolado por un horrendo monstruo gigante. El Dr. Morbius conoce y oculta el secreto de una civilización, los krell, que había dominado el planeta en el pasado y que sería la clave para comprender el origen y la manera de derrotar al monstruo.
Aunque no parezca a simple vista, existen algunos paralelismos entre el argumento del film y la obra teatral: la isla es el planeta, Próspero es el Dr. Morbius, Miranda es Altaira, Calibán el monstruo y, en fin, las artes mágicas que cultiva el duque son en el film la ciencia de los krell. Sería un buen pasatiempo para una tarde de lluvia descubrir el resto de los paralelismos, menos evidentes, pero su detalle nos llevaría demasiado espacio. Quedémonos entonces frente a nuestra pantalla virtual y, si logramos que el cable lo proyecte nuevamente, disfrutemos de este clásico que maneja con solvencia los clichés del género en los '50: científicos enloquecidos por su sabiduría, astronautas apuestos, chicas bonitas en minifalda, robots y monstruos.
En la historia del cine hay películas que, gracias al trabajo de equipo, se imponen sobre la mediocridad de sus realizadores. El ignoto y apenas correcto director, Fred McLeod Wilcox, logró encabezar un equipo que ensambló un film visual y argumentalmente atractivo. El diseño de vestuario adelanta la moda que, años después, impondrá Viaje a las estrellas en televisión. Los efectos visuales son creativos, con un buen uso de los excesos del Technicolor, y una nave espacial inusual para ser tripulada por terrícolas, pues tiene forma de platillo volador. Innovadora en varios aspectos, la banda sonora de la película está compuesta con música electrónica, algo absolutamente inusual en la década del '50. Como curiosidades finales, El planeta prohibido nos permite encontrarnos, por una parte, con el primer protagónico del entonces joven y hoy canoso Leslie Nielsen, quien se haría famoso en su madurez como el inspector Frank Drebin de la serie de La pistola desnuda. Otro famoso debutante fue Robby, el robot, que iniciaría una fructífera carrera en cuatro films y alcanzaría la popularidad en la serie de televisión Perdidos en el espacio.
Pero más allá de su factura técnica, es en la lectura con una mirada psicológica cuando El planeta prohibido crece y se distingue de los adocenados productos de ciencia-ficción de aquella década. La aparente superficialidad del guión se ve trastocada cuando, al mirarlo críticamente, va desvelando la trama con rastros de una indagación psicológica sobre sus personajes, sobre todo del Dr. Morbius y la relación que lo une a su hija, que se mantiene en una no intencional ambigüedad al borde del incesto. La revelación en cuanto al origen del monstruo (no lo haremos nosotros, para mantener el efecto sorpresa en quienes no hayan visto el film) resulta original y propone una reflexión sobre la relación existente entre el progreso técnico y las pasiones elementales de los seres humanos, luego copiada en infinidad de películas de menor alcance. Así, si bien el envase no tiene nada que ver con el teatro isabelino, bien podemos afirmar que el contenido respeta plenamente el espíritu shakespereano.


Historias de amor, locura y muerte. Macbeth. Director: Geoffrey Wright. Australia, 2006. Guión: Geoffrey Wright, Victoria Hill. Elenco: Sam Worthington, Victoria Hill, Lachy Hulme, Gary Sweet, Steve Bastoni, Mick Molloy, Matt Doran, Damian Walshe-Howling, Jonny Pasvolsky, Rel Hunt. Por Daniel Nimes: Becario en Investigación por la Universidad Nacional de Mar del Plata. Ayudante alumno del Taller de Oralidad y Escritura I.


"The human need for love, or revenge, is always the same" (La necesidad humana de amor, o venganza, siempre es la misma), dice Wright, el director de la adaptación cinematográfica australiana de Macbeth. En efecto, cuatrocientos años después de la posible primera puesta en escena de la obra (1606), Wrigth adapta y dirige este film sobre traición, asesinato y poder, sin que se resienta la esencia de la historia original.
Muchos fragmentos de la obra shakesperiana se han mantenido casi intactos, y el efecto logrado (un choque entre la modernidad de la imagen y el ritmo de los diálogos, teatrales y del siglo XVII) recuerda, por momentos, a otra película con una apuesta similar, Romeo y Julieta, la versión protagonizada por Leonardo Di Caprio.
El hecho de que la película se haya filmado en el 2006 no es únicamente una consecuencia directa del cuarto centenario de la escritura de Macbeth; de hecho, no podemos dejar de lado un dato histórico: al momento de idear la película, en Australia las peleas entre bandas del “underworld” local protagonizaban páginas y páginas de los principales diarios. Incluso el propio director declaró que no pudo dejar de asociar la dinámica de los bajos mundos mafiosos australianos con la dinámica del sistema feudal representado por Shakespeare en su obra.
Interesa, entonces, cómo esta puesta en escena, si bien se despega del ambiente original en el que se desenvuelve la obra, mantiene, sin embargo, el “espíritu” shakesperiano original, tal es la potencia del texto subyacente (“la obra más intensa que la literatura puede ofrecernos”, dirá Borges en un prólogo). Es que, como también dijo el gran escritor argentino, “el drama que soñó Shakespeare, y que ahora soñamos nosotros, está fuera del tiempo de la historia, o mejor dicho, crea su propio tiempo”. No interesa que Macduff no corra a caballo en su desesperada búsqueda de venganza, sino en una moto; no interesa que el duelo final de Macbeth no sea a punta de espada, sino de metralleta; no interesa que Lady Macbeth, además de irrefrenable en su deseo de poder, sea también adicta a las drogas: interesa que el deseo de venganza, de poder, la épica decisión de enfrentar en soledad a todos los enemigos -aún conociendo la certeza de la derrota- se mantenga, intacta.
Hablar en términos de “fidelidad” o “infidelidad” respecto de la obra literaria, cuando se trata de una adaptación fílmica, resulta siempre una simplificación casi absurda; sin embargo, aquí podríamos dejarnos caer en el absurdo y sugerir, tímidamente, que la obra de Wright no es infiel a la de Shakespeare: se ha mantenido el viejo ardor por el poder, el ambiente oscuro, sórdido, la tiniebla salpicada de sangre, el protagonista cautivado por las brujas (reales o imaginarias) y una mujer a la que la ambición no le es ajena. Se ha mantenido lo que de humano hay en la obra (las brujas bien podrían ser apenas una febril imagen generada por la torturada mente de Macbeth) y, si la película australiana del 2006 resulta tan actual, no es mérito tanto de su contemporáneo director, como del original, el siempre vigente William Shakespeare.

La teatralidad en la pantalla grande. La fierecilla domada. Dirección: Franco Zeffirelli. Italia, 1967. Guión: Suso Cecchi d’Amico, Paul Dehn. Elenco: Richard Burton, Elizabeth Taylor, Alan Webb, Alfred Lynch, Giancarlo Cobelli, Víctor Spinetti. Por Mayra Ortiz Rodríguez. Profesora en Letras. Becaria doctoral de CONICET. Miembro del Grupo de Investigación GLISO de la UNMdP (Grupo Literatura Siglo de Oro).


Hacia los primeros años de la década de 1590, William Shakespeare sacó a la luz una obra que, más de cuatrocientos años después, sigue resultando sumamente atractiva en sus puestas en escena. Es que, pese a no ser una de las piezas preferidas por los expertos, The Taming of the Shrew (o La fierecilla domada, en su traducción más habitual al español) atrae al público puesto que plantea una temática que jamás pierde vigencia: el conflictivo acercamiento entre sexos opuestos, más aún cuando la ira domina a los seres; esto en suma a las ambiciones personales, a la conveniencia económica y a la necesidad afectiva. Pero que las obras de Shakespeare, pese a la infinidad de brechas témporo-espaciales que puedan mencionarse, siguen estando vigentes, no consiste novedad alguna. Sin embargo, sí lo es el hecho de que hace más de cuatro décadas, una obra cinematográfica haya conseguido plasmar elementos esenciales de la estética shakespeareana, fusionando y así optimizando aspectos de ambos géneros. Es que la versión fílmica de Zeffirelli, conservando parlamentos literales del texto del que es tributario, plantea un trabajo sobre el detalle que se refleja en múltiples facetas. De ese contexto isabelino que parece querer indicar una y otra vez qué es lo correcto en las relaciones intergenéricas, no sólo respeta argumento y estructura (aunque no aparece una acción que enmarca a la principal en su prólogo, suprimida en la mayoría de las puestas), sino que cada aspecto es cuidado en su particularidad: el vestuario, vasto, diverso y suntuoso; los paisajes casi escenográficos y la arquitectura imponente; la música clásica que acompaña el devenir de las acciones; las peculiaridades de la ornamentación, de los utensilios, del mobiliario.
El film, con su ambiente festivo constante, además explota las posibilidades (quizá menores si se trabaja sobre las tablas) de establecer un cuadro de costumbres dinámico y detallista, a través de los personajes y escenas de fondo en planos generales pero también muchas veces focalizados en su especificidad. Una mención aparte ameritan las actuaciones tanto protagónicas como secundarias, entre las que deben destacarse los hiperbólicos y versátiles Richard Burton y Elizabeth Taylor (más allá, claro está, de la belleza ya icónica de la actriz). Los personajes que recrea el dramaturgo inglés no son tipos monocordes sino seres complejos, sobre todo la protagonista, y la proxémica, el desempeño físico y los juegos de miradas de la obra de Zeffirelli son absolutamente consecuentes con ello. Asimismo, los disfraces, los intercambios de roles, las máscaras, el carnaval, dominan la obra shakespeareana; de la misma manera recorren escena a escena esta versión fílmica, en la que el carácter clásico del teatro no conspira con el factor humorístico, sino todo lo contario.
Al comienzo de la película, y con el mismo tono jocoso que impera hasta que las luces se apagan y la pantalla queda a oscuras (tal como quedaría un escenario), una leyenda agradece a Shakespeare por sus palabras. Es que la recreación, el recorrido por la diversidad de elementos nacidos en una puesta isabelina, en definitiva, la imagen, corren por cuenta específica de esta realización. Fiel a las palabras del dramaturgo, pero a su vez optimizando los recursos fílmicos. Los resultados, a la vista.

sábado 31 de enero de 2009

Publicación bimestral. ISSN Nº 1851-4855. Año 3 Número 8. Enero de 2009.

¿Qué ves cuando me ves? Blow up. Dirección: Michelangelo Antonioni. Reino Unido, 1966. Basada en el cuento “Las babas del diablo” de Julio Cortázar. Guión: Michelangelo Antonioni, Tonino Guerra. Elenco: David Hemmings, Vanessa Redgrave, Sarah Miles, Peter Bowles, Verushka, Jill Kennington, Peggy Moffit, Jane Birkin, Rosaleen Murray, Ann Norman. Por Ricardo L. Aiello: Guionista cinematográfico y televisivo. Docente especializado en Narrativa Audiovisual, Guión y Medios Audiovisuales. Director de TV, recibido en el ISER, Buenos Aires.



Hay una primera diferencia entre ambos textos que se deja ver bien desde las primeras secuencias: hay una traslación espacial de la trama, de un íntimo París (tan afecto a nuestro escritor) al llamado swinging London –ese espacio menos geográfico que cultural aparecido en los ’60 en la capital inglesa-. Y se advierte también en la película ese toque Mod propio de la época (el movimiento mod, vale aclararlo, surge a fines de los ’50 en el Reino Unido y se extiende en la década siguiente), esto es: alusión a la moda –sabido es que este movimiento inserta la moda desde el continente-, a la música norteamericana y al pop.
Pero vayamos a lo más sustancial (porque se cuenta que los mods intentaron tomar como fetiche a esta película con flaco favor para los verdaderos intereses expresivos del director italiano): la referencia –central- a la imagen, a su sentido de construcción, a su vulnerabilidad. Antonioni toma como base al cuento de Cortázar y guiona una historia junto al gran Tonino Guerra y con la colaboración de Edward Bond en los diálogos.
Ya desde los créditos mismos de la película se alude a la cuestión de la mirada que todo perfora (mancha, diría Nietzsche): las siluetas de las letras encierran una imagen diferente a la que aparece más visibles, en primer plano.
Hay una realidad multicolor en la obra de Antonioni; un eclecticismo de formas y tonos que dan cuenta de una explosión, el mismo director citaba en una entrevista hecha en 1982: “La mayor dificultad con la que me he encontrado ha sido la de representar la violencia de la realidad. Los colores embellecidos y edulcorados son a menudo los que parecen más duros y agresivos”. En el cuento, la realidad del protagonista franco-chileno, Roberto Michel, aparece algo gris, con la opacidad del tedio.
En la película aparece un cierto cuestionamiento al estatuto del arte, situación muy propia de la época: el protagonista visita un anticuario, discute con su viejo encargado, compra una hélice a modo de ornamento.
Incluso la frivolidad del mundo de la moda, el dolce far niente, aparecen bien retratados por la cámara.
Si bien hay un centro medular idéntico que por supuesto fija el eje para ambos relatos (la construcción de la mirada, su inestabilidad e inasibilidad), la situación disparadora de la trama es distinta: en el cuento hay un hecho que se atraviesa por la moral (o por su falta), cercano al estupro; en la película directamente se trata de un hecho policial, de un supuesto crimen (la palabra supuesto adquiere un significado fundamental en el relato). Porque, en definitiva, lo importante no es ese hecho que llama a la imagen, sino más bien la perdurabilidad, la fidelidad de la imagen misma, aquello que punza, al decir de Barthes.
Se dijo alguna vez que la voz narradora (que por otra parte se desplaza de la primera a la tercera persona) es la del propio objetivo de la cámara fotográfica, en “Las Babas del Diablo”. Me temo que esta ambigüedad exquisita (si existe), como operación de la adaptación, resultaría casi imposible para la película. Focalizada desde el fotógrafo Thomas (una magnífica interpretación de David Hemmings) –tan manipulador como obsesivo- Blow Up pertenece a esa categoría del cine moderno donde los personajes se mueven menos por certezas que por pequeños vestigios de verdad, por mínimas intuiciones (esos lazos tan vagos que definen los vagabundeos deleuzianos). Es fácil comprobar también que, ante la brutal inminencia propia y ontológica de la imagen (paradójicamente, porque eso mismo es lo que discute la obra), la adaptación planteó seguramente inconvenientes: no es lo mismo mostrar la incertidumbre propia de la imagen desde lo escrito que hacerlo desde la propia imagen –con su poder-. Pero el film de 1966 (Palma de Oro en Cannes 1967) creo que bien lo logra.
Hay explícitas referencias técnicas a la fotografía que se traducen, de algún modo, en secuencias que muestran los pasos en la obtención de la imagen: el revelado, la observación minuciosa y las ampliaciones (el Blow Up del título). Explica Antonioni: “Cuando se utilizan ampliadoras (…) pueden verse cosas que probablemente el ojo desnudo no sería capaz de captar (…). El fotógrafo de Blow up, que no es un filósofo, quiere ver las cosas más de cerca. Pero lo que sucede es que, al ampliarlas demasiado, el objeto se desintegra y desaparece, por lo tanto, hay un momento en que asimos la realidad, pero ese momento pasa. Este es en parte el significado de Blow up.”. Es que el cuento y la película interrogan –filosóficamente, podríamos decir- sobre la condición de la imagen. Y resulta interesante entonces cómo Antonioni, sobre la base cortazariana, plantea la problemática, precisamente, desde la imagen misma (primero fotográfica, su génesis, y luego cinematográfica).
La ambigüedad (me permito insistir con el término, que bien al caso viene) que expone “Las Babas del Diablo” encuentra un correlato, creo, estupendo en la secuencia final del film: de vuelta en el parque donde el fotógrafo disparó indiscretamente contra la pareja, asiste a un partido de tenis protagonizado por un grupo de mimos; jugadores y público asisten con atención a las idas y venidas de una pelotita invisible (con audio de la misma); cuando la vista de todos se dirige fuera del campo, indicando que la pelotita ha caído fuera del alcance de los tenistas, el fotógrafo la recoge y la devuelve para que siga el juego. Enseguida, el plano final y general se torna más y más abierto, hasta absorber al protagonista. ¿Todo ha devenido ilusión? Es la esencia de la obra: la pregunta misma sobre aquello que vemos, sobre la influencia del deseo (consciente o inconsciente) sobre el producto-imagen.
Seguramente es la propia imagen quien nos interroga en ambos textos. Creo que ese es el principal hallazgo.

Un monstruo detrás de nuestras cabezas. Film. Dirección: Alan Schneider. Estados Unidos, 1964. Escrita y supervisada por Samuel Beckett. Elenco: Buster Keaton, Nell Harrison, James Karen. Por Julián Ezquerra: estudiante de Letras (Universidad Nacional de Mar del Plata).



El dramaturgo, novelista, poeta y crítico irlandés, monstruoso Samuel Beckett, compuso una obra para la pantalla muda, en 1963, rodada por Alan Schneider y bajo la supervisión del mismo Beckett, en 1964, cuando hacía ya cuatro décadas que la cinética gozaba de la versatilidad del parlante. Beckett, cuatro años después de esperar a Godot, en 1956, ya había escrito Act without words I y II para la escena, e insistirá sin palabras (y sin personajes) con Breath, trece años después. Sin embargo, la semiótica y las condiciones tecnológicas del cine, no son, bajo ningún concepto, las del teatro y, entonces, la experiencia y los resultados serán ineluctablemente otros.
Un año pasará apenas para que Jean-Luc Godard, en 1965, abra su Alphaville con una voz paradójica – “Il arrive que la réalité soit trop complexe pour la transmission orale. La légende la retransmet sous une forme qui permet de courir le monde” –, voz que en off desestima la oralidad y sobrevalúa el movimiento de la narración como ideal epistemología del mundo; “esa potencia del devenir, que constituye las series o los grados, que franquea los límites, opera la metamorfosis, y desarrolla sobre todo su recorrido un acto de leyenda, de fabulación” (Deleuze, 1983).
En Film, Buster Keaton caracteriza un personaje que – en los términos de Beckett – está a la busca de no-ser en fuga de la percepción extraña autodescomponiéndose en la inevitabilidad de la autopercepción. Si ser es ser percibidoesse est percipi como lo enunciara el idealista irlandés George Berkley – su telos será escapar a la autopercepción, evitar esa angustia – “anguish of perceivedness” – acaso una forma del susto de inexistencia macedoniano.
Beckett escinde o dobla el personaje en el objeto que será Keaton – “O” – y el ojo que será la cámara – “E” o “camera-eye”. Mientras ‘O’ logre huir de ‘E’, mientras la cámara conserve su ‘ángulo de inmunidad’ (“angle of inmunity”), esos 45 grados detrás, ‘O’ evitará el riesgo de ser percibido, evitará ese susto y esa angustia, evitará – en teoría – ser. Evasión – lo advierte Beckett – carente, en su caso, de cualquier valor de verdad distinto del estético.
Se ha reconocido, también, una referencia precursora del ojo – montado “detalle” – que abre y cierra Film en Un perro andaluz, de los surrealistas Buñuel y Dalí, que inician su película con el corte que propone el surrealismo a la visión de las cosas. No es solamente casual que Beckett situara el filme en el año 1929 (“Period: about 1929”), mismo año del estreno de Un perro andaluz y origen cronológico del cine parlante. Beckett fue acaso el único dramaturgo que indicó medidas didascálicas en pulgadas, centímetros y dibujos, pudo, sin duda, calcular esos intertextos. Sin embargo, el ojo beckettiano no está cortado, el ojo bekcettiano está – posiblemente – ciego o cataroso (una mancha blanca y nubosa en el centro de la pupila lo sugiere, cuanto menos). Ahora, si ese ojo estuviera en efecto o parcialmente ciego, qué es lo que muere al percibido sino el prejuicio cartesiano, sino su cerebro o su propia consciencia de ser.
Foucault reconoció en Las meninas y en el Quijote, en Velázquez y en Cervantes, la angustia barroca acerca de lo que es y lo que parece, angustia que devino, con el tiempo y según su arqueología, consciencia y escisión epistémica entre las palabras y las cosas. Film, como Las Meninas y el Quijote, propone una reflexión autorreferencial. En efecto, fue Eye el primer título que contempló Bekcett para Film; acaso Eye no le resultara complaciente ante la naturaleza compleja del fenómeno, pues “el plano mismo – en términos de Deleuze – se asemeja menos a un ojo que a un cerebro sobrecargado que absorbe informaciones sin tregua”. De hecho, durante casi la totalidad del filme, acaso un periodo similar al que puede tomar reconocer en ese cuadro curiosamente brillante en Las Meninas el reflejo especular de los Reyes Felipe IV y Mariana de Austria y saber entonces que Velázquez no nos retrata, saber que no somos los perceptores (fuera de campo pero en el campo), el ojo (la “camera-eye”) que persigue al personaje y que no es sino ese doble que lo acecha y refiere. El personaje huye de sí y no del espectador que pudo ser ficticio (Borges pensará en esas magias parciales del Quijote, similares a las de Hamlet y Scherezada).
Krackauer reconoció en Hitler el cineasta y Walter Benjamín en el arte del movimiento automático la automatización de las masas. ¿Es acaso la empatía con la ilusión artística una forma de restringir o anular la posibilidad de las cosas? ¿Son acaso las reproducciones de lo humano la muerte del hombre?
El obispo – Keaton – corre las cortinas, cubre el espejo con un manto, echa y tapa a los animales u ojos – presentes –, se deshace de una forma de divinidad y acaba por romper la memoria en fotos – su devenir consciente. Ve ojos en todas las cosas que lo parecen, una silla, un sobre. Una vez deshecho, sin embargo, de las amenazas perceptuales, las referencias se diluyen, el espacio y el tiempo se debilitan y relativizan; por un momento, el personaje acaso haya gozado del sentimiento de no-ser, pero sólo porque olvidara por ese sólo instante aquello de lo que escapara al inicio, “el gran autómata espiritual o el maniquí – máquina, ludión o monstruo, hombre mecánico y sin nacimiento – detrás de nuestras cabezas – recuerda Deleuze que pensó Jean-Louis Schefer – un cerebro que hace una experiencia directa del tiempo”. Ese doble que lo acecha y refiere (¿el cine?).


“Torsiones y distorsiones de la imagen” Cuando la transposición cinematográfica crea una nueva historia. Beltenebros. Dirección: Pilar Miró. España, 1991. Basada en la novela homónima de Antonio Muñoz Molina. Guión: Pilar Miró, Mario Camus, Juan Antonio Porto. Elenco: Terence Stamp, Jorge de Juan, José Luis Gómez, Patsy Kensit, Ruth Gabriel. Por María Clara Lucifora: María Clara Lucifora, Graduada del Profesorado en Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata, integrante del grupo de investigación “Semiótica del discurso”.


En el marco del fuerte impulso que experimentó la industria cinematográfica española en la década del ochenta, la novela Beltenebros (1989) de Antonio Muñoz Molina fue llevada al cine por Pilar Miró (1991). Si bien el escritor español, mostró gran entusiasmo durante la etapa de preparación de la película, no mantuvo una opinión favorable hacia el trabajo de la directora, porque consideró que la película “subrayaba, sobre todo, los defectos considerables del libro” (García, 2002). Y de hecho, mirar la película de Pilar Miró, luego de haber leído la novela, nos produce la sensación de estar ante una producción artística totalmente diferente, con algunas resonancias del texto original, que no resultan fundamentales.
Ahora bien, podemos preguntarnos qué es lo que produce en nosotros este efecto de recepción distinto frente a cada texto.
Si reparamos, por ejemplo, en la constitución de los personajes, veremos que, en la novela, la subjetividad de cada uno de ellos es problemática e inestable para delinearla de una vez, porque sus identidades están fracturadas. Si bien los personajes están construidos en base a clichés del cine negro, el texto está plagado de reflexiones existenciales, cuestionamientos y contradicciones que no nos permiten determinar definitivamente la conformación interior de cada uno de ellos. Sin embargo, esto no sucede en la película; los personajes poseen un lugar definido en la trama, desde donde se afirman en sus creencias, en sus acciones, en sus rasgos personales que no cambian. Cada uno representa una faceta de la lucha antifranquista que, a su modo, todos realizan; se transforman, entonces, en los típicos héroes de películas épicas: hombres admirables y mujeres portadoras de un amor puro que al final triunfa y salva la vida ya deshecha en otros aspectos de los personajes.
Si bien estas diferencias son claramente visibles en muchas escenas de la película, el final en el Universal Cinema es paradigmático. En el texto literario, la función que cumple esta escena es la de abrir la historia al infinito, presentando la imposibilidad de cerrarla en ningún punto: las categorías de tiempo y espacio se entrecruzan con las subjetividades duplicadas y simétricas y estallan en pedazos que son imposibles de recoger. En la versión cinematográfica, en cambio, cada categoría permanece definida y recibe el tratamiento esperado por los espectadores: “los buenos” triunfan; “los malos” mueren, recibiendo su merecido, no sin antes escuchar el reproche ético que el héroe tiene para hacerles.
Este giro ideológico que la directora realiza al texto de Muñoz Molina implica, por lo tanto, darle al contexto histórico un lugar de privilegio, acentuando la cuestión política y poniendo en escena la "vida" de la resistencia durante el franquismo. Miró utiliza el modelo cinematográfico del socialismo, que le resulta eficaz para defender su propia causa, en contra de un régimen dictatorial que la censuró durante años, impidiéndole expresarse libremente.
En el texto de Muñoz Molina, si bien el contexto histórico está presente, sólo es el marco de situaciones extremas y experiencias humanas íntimas y el disparador para la revisión fuertemente crítica de los modos de la resistencia que, según el novelista, no sólo no tuvieron los resultados esperados, sino que causaron infelicidad y desamparo. En la poética de Muñoz Molina, las circunstancias históricas no son más que el telón de fondo de profundas reflexiones existenciales; porque si bien el escritor fue parte activa de la resistencia en su juventud, al momento de escribir los textos, se encuentra en una etapa de cuestionamiento y desilusión política.
Así, de acuerdo a esta diversidad ideológica, la directora española se esmerará por definir las indefiniciones que constituyen la novela y por exponer, de forma casi panfletaria, la heroicidad y el sufrimiento de la resistencia antifranquista, enfatizando la acción colectiva y los ideales políticos en menoscabo de la indagación en la subjetividad de los personajes y en la compleja constitución del ser humano que el realismo posmoderno, en este caso Muñoz Molina, se dedicará a explorar.

Martín Fierro o una épica sentimental. Martín Fierro, la película. Dirección: Norman Ruiz y Liliana Romero. Argentina, 2007. Basada en El gaucho Martín Fierro de José Hernández. Guión: Roberto Fontanarrosa, Horacio GrinbergVoces: Daniel Fanego, Aldo Barbero, César Bordón, Héctor Calori, Claudio Da Paisano. Por Martín Pérez Calarco: Profesor en Letras (Universidad Nacional de Mar del Plata).



Varios móviles incitan estas palabras. La pasión genuina por un texto fundamental con el que por diversos motivos me cruzo desde los diez años; la extraña sensación que me provocaron algunas reseñas de la película en las que aparecía y reaparecía la palabra western y, finalmente, la frase “parece el lejano oeste” en boca de un periodista que presenciaba, y registraba en directo, un espontáneo desafío de duelo a cuchillo hace poco más de un mes en algún rincón de San Luis. Sabemos por Hernández, por Borges, por Lugones, por Raymond Williams, que Martín Fierro fue elegido como texto central de nuestra tradición. Sabemos también que ese nombre condensa un símbolo en un individuo. Sabemos, o deberíamos saber, que ese símbolo sigue siendo, casi un siglo y medio después, una de las formas que tenemos para explicar la historia argentina.
El traslado de la escritura al cine implica modificaciones. La reestructuración formal conlleva, en este caso, descartar la sextina gauchesca, olvidar que quien narra está recordando “al compás de la vigüela”, intercalar escenas que explican que Fierro es un buen hombre. Nada de esto es objetable en sí mismo; sin embargo, el borramiento del narrador da a la historia una objetividad que no se condice con el relato autobiográfico con que se destaca el Martín Fierro de Hernández en medio de la literatura gauchesca.
La nueva versión del texto llega a nosotros a través de la pantalla. Se trata de una película de animación, apta para todo público, con grandes esfuerzos de producción y bocetos de Fontanarrosa; pero se trata también de la historia de un personaje lavado, más humanitario que humano, cuyo poncho se parece cada vez más a la capa de un superhéroe retocado con lo que Marcelo Díaz llama “el brillo satinado de los comics”. En el film, la transformación, la “degradación”, de Fierro en desertor lo lleva a la indigna instancia de desafiar al moreno no bajo pretexto del alcohol pendenciero -con eso bastaba- sino instigado por unos desconocidos. Me pregunto hasta dónde debería llegar la justificación del accionar del personaje, hasta qué punto hay que protegerlo de sí mismo. Ahora, el superhéroe de la pampa se lamenta ante una tumba en la que enterrará su facón y su remordimiento por haber muerto tantos cristianos. Al acierto de revitalizar este objeto cultural con una estética actualizada y renovada tecnología, le sigue el desacierto de haber convertido el centro de gravedad de la obra, el gaucho Martín Fierro, en un intachable marginal con culpa (¿qué pasará, entonces, cuando se estrene La vuelta de Martín Fierro?).
Creo que esta nueva versión vale en su espectáculo de imagen, música y sonido; creo que esta resignificación del texto vale como documento de época, síntoma de que para tolerar nuestras marcas culturales genuinas, nuestras históricas grietas, parece necesario imbuirlas de bondad y ponerles trajecitos a la moda.

Intensidad brutal. A Scanner Darkly. Dirección: Richard Linklater. Estados Unidos, 2006. Basada en la novela homónima de Philip K. Dick. Guión: Richard Linklater. Elenco: Keanu Reeves, Robert Downey Jr, Woody Harrelson, Wynona Ryder, Rory Cochrane. Por Pablo Salido: estudiante de Letras (Universidad Nacional de Mar del Plata).




Una mirada a la oscuridad es la adaptación a la obra homónima del escritor Philip K. Dick escrita a mediados de los setenta, donde deja de lado los planetas lejanos y el fervor místico para describir el mundo de las drogas en una novela paranoica, con situaciones absurdas, diálogos psicóticos y un humor corrosivo, y a la que él mismo consideraba autobiográfica.
Llevada al cine por el director Richard Linklater, el film recibió el tratamiento de la moderna técnica denominada “rotoscopio interpolado”, que consiste en “pintar” y animar cada una de las acciones reales, razón por la cual la presentación se demoró varios meses debido al intenso trabajo que significa poner en práctica este arte.
La obra bien podría resumirse en esto: Bob Arctor (Keanu Reeves), es un agente de narcóticos encubierto (el oficial Fred) de la policía californiana, una división que viste, exclusivamente dentro de la central, un traje denominado “monotraje mezclador” con el fin de reservar las identidades. Pero Arctor no solo es un policía del condado de Orange, sino que también es un yonqui que ocupa, junto a sus amigos yonquis (Donna Howthorne, Charles Freck, Jim Baris y Ernie Luckman) -a quienes tiene la orden de vigilar-, la casa que habitaba en su anterior vida, una vida ordenada y familiar hasta que un intrascendente accidente doméstico lo transformó en otro Arctor.
Y este nuevo Arctor, o Fred, recibe la orden de intensificar la vigilancia sobre sus amigos (y, claro, a sí mismo), siempre alertas de ser las próximas víctimas de, al parecer, inexistentes conspiraciones y operaciones policiales, y considerados posibles integrantes de una red de narcotráfico.
Esta situación, sumada al incremento de consumo de la “Sustancia D”, una droga de diseño extremadamente adictiva que desdobla la personalidad y que está haciendo estragos en la población, lo arrastran irremediablemente a la dificultad de no poder diferenciar lo real de lo irreal, a un lugar donde las amistades y las personalidades se tornan difusas en medio de una sociedad implacablemente controlada con el subterfugio de la guerra contra terroristas, narcotraficantes y una supuesta amenaza exterior.
En su discurso frente a los integrantes de la Asociación del Oso Marrón, Fred se refiere a la Sustancia D: “La D se refiere a la desesperación y a la deserción. La deserción de tus amigos hacia ti, y de ti hacia ellos. De todos hacia todos.”
Como en la mayoría de las obras de Dick, el final nos demuestra que nada era lo que parecía ser, que no se trataba de una simple novela sobre drogas, sino que todo en lo que creíamos se derrumba y la verdad cobra una intensidad mucho más brutal.


¡A la batalla, Borges! Entrevista a José Luis Di Zeo, director del documental Borges, un destino sudamericano (Argentina, 1975). Por Víctor Conenna.




¿Cómo surge la idea de hacer esta película?
Hay una frase en el cuento “El sur” que dice: A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos. Y creo que tiene que ver con esa historia mía con respecto a ese cuento y a su autor, Jorge Luis Borges. Yo estaba estudiando cine en Lodz, en Polonia, un día golpea alguien a la puerta de la sala de montaje, se asoma la cabeza de una dama, me señala con el dedo, éramos cinco o seis estudiantes, y me dice:
- Che, vos sos el argentino que vino a estudiar cine a Polonia.
-Si señora, y ¿usted quién es?
-Yo soy Sofia Hadzińska, la traductora de Borges al polaco
.
Ese fue mi primer contacto con el fenómeno Borges. Yo, como buen argentino de la década del sesenta, no conocía su obra, no conocía “El sur”, no conocía su poesía, no conocía nada de Borges porque leer a Borges en mi generación era como leer algo extranjerizante. Y es lo que me dijo la polaca:
- Claro, que lo van a leer ustedes si lo tienen a la vuelta de su casa. Acá, es un fenómeno único, acá se agota en el día.
Me contó que ella después de la guerra, había viajado a la Argentina y aquí conoció la obra de Borges, de Cortázar y otros escritores argentinos y cuando regresó a Varsovia, después de vivir cuatro o cinco años trabajando en una lavandería, ella era que egresada de Bellas Artes y de Letras, comenzó a trabajar de traductora. La guerra la había espantado, la había arrojado de su país y llegó acá. Acá conoció a Borges y se lo llevó a Polonia, y yo viajé a Polonia a estudiar cine y lo conocí a Borges allá: a la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos. Se cumplió el sentido filosófico de esa frase. Es así que comencé a leer a Borges, me entusiasme con “El sur”, seguí leyendo a Borges, pero eso quedó, quedó en el subconsciente tal vez porque si bien cuando yo terminé la carrera me ofrecieron trabajo y me quedé cinco años trabajando en los estudios de películas documentales de Lodz, un día volví a Buenos Aires, previo paso por Saladillo para saludar a mi familia, me senté en un café, pedí la guía telefónica, busqué Borges, disqué y de pronto se oye una voz que dice Hola yo pregunté Quién habla y la voz me dice Jorge Luis Borges. Me agarré del tubo del teléfono para no caerme, por la sorpresa, y le dije que me disculpara, que él no me conocía y que le traía saludos de su traductora al polaco. Entonces él me pide que vaya a visitarlo lo antes posible y acordamos para el día siguiente a las diez. A las diez en punto toqué el timbre de su departamento de la calle Maipú 994, él abrió la puerta y me hizo pasar.
A partir de ese momento usted le propone filmar un documental ficcionalizado en el que usted es el protagonista. ¿Borges aceptó eso fácilmente?
Me dijo: Usted está loco Di Zeo, piense que diría mi abuelo si me ve con un cuchillo en la mano, mi abuelo que montó un caballo blanco, se puso un poncho blanco y al trotecito se acercó a la frontera enemiga y lo bajaron de dos tiros d Remington, Remington, esa firma que fabricó la máquina con la que me afeito todos los días es la que mató a mi abuelo. Pero, bueno, finalmente aceptó la idea de filmar “El sur”. Me dijo: Tengo que aceptarlo porque es uno de los cuentos que más quiero y es el que más me dolió. Me tomó la mano y me hizo tocar una profunda cicatriz: A esto se debe este cuento me dijo. El 24 de diciembre de 1938 yo había encontrado un ejemplar de Las mil y una noches traducido por Barton, y pensé en mostrárselo a mi amiga que vivía arriba, el ascensor estaba descompuesto, subí por la escalera, hacía calor, las ventanas de hierro estaban abiertas y sentí un roce en la frente mientras subía la escalera, cuando llegué a la puerta de la casa de mi amiga ella abrió y me miró con asombro y horrorizada, yo me toqué la frente y vi que tenía sangre en la mano. Esa herida me provocó una septicemia y estuve al borde de la muerte.
Para quienes no vieron el documental, en el clímax de la película, Borges empuña un cuchillo y, a la manera de Juan Dahlmann, sale al descampado a enfrentar a su agresor. Me gustaría que me refiriera algo sobre el momento en que se filmó esa escena.




Primero quise convencerlo de que él tenía que actuar a Juan Dahlmann, pero él me dijo que no, que no iba a actuar porque no le gustaba la palabra (actuar), le gustaha play, jugar.
- Si usted quiere le acepto jugar a que soy Juan Dahlmann.
Y se lo acepté, por supuesto. El día de la filmación, cuando lo fuimos a buscar a las ocho de la mañana, el encargado del edificio nos preguntó: ¿Qué pasa con el señor Borges que desde las cinco de la mañana que anda dando vueltas por el departamento? Bueno, viajamos con el auto, fue maravilloso ese viaje porque contó anécdotas hermosas y recitó poemas que todavía no había publicado. Cuando llegamos al lugar se negaba a bajar del auto porque tenía mucho frío, era un 24 de junio. Yo pensé que era pánico escénico y le pregunté a María Kodama si le podía dar un poco de coñac, ella dijo que muy poquito porque él no tomaba coñac. Yo le llené un vaso campesino que llevaba en el bolso con Reserva San Juan y en tres tragos se lo mandó hasta el fondo, lo saboreó, me tomó del brazo y me pidió que lo ayudara a ponerse el sobretodo. Lo ayudé y me preguntó dónde estaba el cuchillo, se lo di, le grité - ¡A la batalla, Borges!-, salimos a filmar y se entusiasmo tanto que no quería terminar. Después de la filmación el acariciaba el lomo del cuchillo y notó que tenía cuatro muescas y me dijo:
- Di Zeo, ¿cada muesca es una muerte, no?
-Si- respondí yo.
- Bueno, a este cuchillo le falta una muesca: la de mi muerte, recién.

¿Por qué la película no fue estrenada comercialmente?
Porque son unos cagones los que tendrían que haberlo hecho, porque dijeron no vamos a ganar guita con Borges… y se perdieron la oportunidad, no sé, por lo menos tener el orgullo de haberlo hecho. Yo le había propuesto a Borges hacer una serie de cuentos de él, el proyecto se iba a llamar Borges cuenta un cuento y le gustó mucho la idea, este era el piloto y no encontramos nunca un productor. Borges lo lamentó y yo mucho más que él, o no sé, lo lamentamos juntos porque mi idea era mostrar a Borges tal cual era, porque yo era uno de los tontos que pensaba que era inaccesible. Anduve por canales de televisión, fui al Ministerio de Cultura, visité a tanta gente, tantos gobiernos incluso. Estuve diez años peleando y un día dije Bueno, a la mierda y quedó encerrada la película en un armario. Pero, bueno, acá las ideas de ese tipo fracasan casi siempre.

domingo 30 de noviembre de 2008

Publicacion bimestral. ISSN Nº 1851-4855. Año 2 Número 7. Dedicado a la 23º ed. del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Noviembre de 2008

El relato decimonónico que nunca pasa de moda. Un corazón simple. Dirección: Marion Laine. Francia, 2008, basada en el relato homónimo de Gustave Flaubert. Guión: Marion Laine. Elenco: Sandrine Bonnaire, Marina Fois, Pascal Elbé, Patrick Pineau, Noémie Lvovsky. Por Ricardo L. Aiello: Guionista cinematográfico y televisivo. Docente especializado en Narrativa Audiovisual, Guión y Medios Audiovisuales. Director de TV, recibido en el ISER, Buenos Aires.

En el último Festival Internacional de Cine de Mar del Plata se presentó Un coeur simple, película francesa guionada y dirigida por Marion Laine. La obra cinematográfica toma como base al relato homónimo de Gustave Flaubert publicado en sus Tres Cuentos (1821-1880).
Más allá de la siempre vigente discusión sobre la potencialidad intrínseca del relato cinematográfico, de su especificidad nunca bien ponderada, de las variaciones y experimentaciones formales, en este caso se vuelve a la tradición de la narración clásica. Es que se parte del cuento –largo, casi cercano a una breve nouvelle- para desarrollar una película con mínimas variaciones respecto del texto fuente original –fiel, como suele decirse no sin polémica-.
A partir de una decepción amorosa, Felicité se acerca repentinamente a la casa donde la joven y viuda Mathilde vive con sus pequeños –Virgine y Paul-. Antes, apenas se esbozan algunas escenas para mostrar cómo es burlada la inocencia de la protagonista principal –Felicité-.
Una vez aceptada en el hogar de la señora Aubain, se observa como las dos mujeres –diametralmente opuestas, por supuesto, en cuanto a formación, clase y carácter- conservan algo en común: hay en ellas algo que se desborda en el orden de lo afectivo, y que se expresa de distinta forma en una y otra. Mathilde Aubain, en la cerrazón de su espíritu, sólo vive para el recuerdo de su esposo difunto, ordenando tareas en su casa y criando fríamente a sus pequeños hijos. Felicité, en cambio, rápidamente encuentra en el amor que dispensa a los niños (físico, expresado en el contacto de los abrazos, de los juegos, de los besos), un espacio para mitigar ese pasado reciente que la ha perturbado.
Más allá del título –que se conserva del texto de Flaubert- es claro que la película enfoca a las dos mujeres: define al corazón simple de Felicité siempre en contraposición al de su ama, la señora Aubain.
Apreciamos una escena fundamental –tanto en el cuento como en la película- que marcará fundamentalmente la relación entre la señora y su empleada: en una visita al campo será la propia Felicité quien resguarde a la familia de los peligros que representa un toro salvaje. Entonces –y con un recurso visual muy apto para la operación de adaptación cinematográfica- Felicité también se muestra por su coraje, por su fuerza –casi tan primitiva como sus sentimientos-. Es así como la sierva se gana finalmente el corazón de su ama, aunque ésta no tenga (o contenga) la capacidad para expresarlo.
Pasaran los años y las vicisitudes de la vida serán enfrentadas por este hogar. Pero siempre hay una impronta que parece no perderse: las presencias siempre devienen ausencias, pérdidas, vacío en las relaciones. La señora de la casa transcurre su vida entre la férrea formación de sus hijos y alguna relación tan furtiva como reprimida. Sobre este punto, en la película, la directora Laine utiliza unos planos detalles de la espalda marcada de un amante (en la trama, un profesor de música de los hijos) que demuestran -además de su habilidad para interpretar el cuento flaubertiano- su capacidad para narrar audiovisualmente. Y no es poca cosa, por cierto.
Es una historia de sentimientos que, en muchos casos, se niegan naturalmente a encontrarse. Por eso todo vínculo se fuerza más y más hasta romperse; porque aparece con la fuerza pretérita de la pérdida. El caso del vínculo que Felicité maternalmente entabla con su sobrino Víctor, es un claro ejemplo de ello.
Y hay un claro rasgo femenino en el relato (en ambos, pero esto se ve reforzado en la película): los hombres, o ya están ausentes desde el inicio (el difunto esposo), o pronto naufragan en roles secundarios –el hijo Paul, por ejemplo-, o caen enseguida en la lógica de lo que se fuga ante la falta de entrega total (la escena en la que el profesor de música le ruega a Mathilde Aubain que impida, a partir del amor, su partida, es bien distintiva de esto último).
Será a partir de las pérdidas (físicas y sentimentales) como quedan finalmente solas en la casa, ama y empleada. Y entonces aparece un loro que direccionará –en ausencia de los hijos, ya no tan pequeños- el amor de la protagonista Felicité.
A partir de ese tópico de la obra, el escritor británico Julian Barnes construye su novela El Loro de Flaubert. Pero eso ya es tema para otra reflexión.
Las pérdidas se suceden marcando una directriz para todo el relato. Aún las de las propias protagonistas.
Flaubert afirmó haber escrito el cuento “para hacer llorar a las almas sensibles”; creo que la película mantiene esa premisa en buena medida. Y se recupera en el cine actual francés el placer de la buena narración cinematográfica, aquella ambientada en épocas pasadas, con una historia que conmueve porque habla de la expresión del afecto… y del poco tiempo que tenemos.

El evangelio según Kajdanovsky. El huésped. Director: Aleksander Kajdanovsky. URSS, 1987, basada en “El evangelio según Marcos” de Jorge Luis Borges. Guión: Aleksandr Kajdanovski. Elenco: Levan Abashidze, Leo Pilpani, Nikolai Ispolatov, N. Koundoukhov, S. Panfilota. Por Víctor Conenna: Profesor en Letras. Becario de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Coordinador del ciclo “La literatura en el cine”.

Baltasar Espinosa decide aceptar una invitación de su primo Daniel y pasar el verano en la estancia Los Álamos, en el partido de Junín. Después de que este último se marche del lugar para cerrar unos negocios, una feroz tormenta inunda los cuatro caminos de acceso a la estancia, por lo que Baltasar queda aislado junto al casero y su familia: los Gutre. Para ejercitarse en la traducción y para ver si los Gutre entendían algo, Baltasar decide leerles los pasajes referidos a la crucifixión de un ejemplar del Nuevo Testamento, escrito en inglés, que había hallado en la estancia. Los miembros de familia, cautivados por el relato, lo interpretan a su manera y deciden crucificar a Baltasar para lograr su redención y salvarse del infierno.
Llevar a la pantalla “El evangelio según Marcos” no es tarea fácil, sin embargo Aleksander Kajdanovsky logra una interesante versión fílmica con recursos mínimos, en la que da su particular visión del relato de Borges. Despojado de grandes escenografías y en blanco y negro, el otrora protagonista de Stalker nos brinda una excelente transposición de los avatares de Baltasar Espinosa y la familia Gutre, transportándolos desde Junín hasta la llanura rusa y creando un mundo acorde para estos personajes: Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa se dice de los Gutre en el cuento borgeano y sorteando estas referencias de origen Kajdanovsky describe a los campesinos rusos igualmente fanáticos y supersticiosos.
En el camino del traslado geográfico se pierden detalles de la vida del protagonista referidos en la primera parte del cuento, sin embargo, esto no impide que la película refleje el lirismo y los alcances filosóficos de la narración original. El núcleo del relato es el mismo pero Kajdanovsky lo expande a partir de algunos puntos fundamentales, entre los cuales podemos destacar dos. En primer lugar, el comienzo de la película, donde el protagonista y su anfitrión discuten afablemente sobre religión y el primero expone su idea cíclica respecto de la llegada de Cristo y según la cual éste vuelve a morir periódicamente para salvar el mundo. El segundo punto que no está presente en el cuento de Borges tiene que ver con la lectura de un pasaje bíblico en que los pastores ahogan sus cerdos, cerdos que representaban al demonio: acto seguido, la familia de campesinos, después de escuchar el relato del huésped, ahoga sus propios cerdos. Estos episodios adquieren mayor importancia y se resignifican con el desenlace de la película.
Si bien no hay un importante despliegue de recursos para la reconstrucción de una época, con poco dinero se logra una película muy rica estética y conceptualmente. La fórmula es simple: uso del blanco y negro, climas y ambientes expresionistas, profundo contraste en el juego de luces y sombras, sin olvidar el excelente resultado que se logra con la fotografía y el diseño de arte.



Una historia crea otra historia. El manuscrito encontrado en Zaragoza. Director: Wojciech Has. Polonia, 1965, basado en la novela homónima de Jan Potocki. Guión: Tadeusz Kwiatkowski. Elenco: Zbigniew Cybulski, Iga Cembrzyńska, Joanna Jedryka, Gustav Holoubek. Por Darío Lavia: Lic. en Comercio Internacional. En 1999 inició la publicación virtual Terror Universal, revista dedicada al cine fantástico clásico y en 2000 lanzó la base de datos cinefania.com, primera en español especializada en dicho género. Colabora con los festivales Buenos Aires Rojo Sangre, Montevideo Fantástico y es curador de las muestras Crepúsculum y Tandil Fantástico.



Filme basado en la novela de Jan Potocki, El Manuscrito Encontrado en Zaragoza, cuya trama combina las aventuras de capa y espada con cierto entorno sobrenatural. El intento de narrar, diríamos, crea la historia, ya que requiere la existencia de un observador. El observador (que protagoniza parte de los hechos o al menos interactúa) interpreta lo que observa. Estas cuestiones, tal vez propias del campo de la psicología o la ciencia de la historia, son las que quedan postuladas en la inextricable estructura del Manuscrito. De hecho, cuando Alfonso Van Worden (Zbigniew Cybulski) comienza a escribir su propio Manuscrito (que es el que leerán los oficiales al inicio de la película), es que termina de quedar plasmada la infernal idea de fractal, de cinta de Moebius. Finalmente se verá casi perdido entre tantas capas de relatos y narradores (cada historia es contada por un narrador, pero según le fuera contada por un tercero, y este a su vez, por otro, hasta niveles insospechados). Uno de los personajes, Pedro Velázquez (Gustaw Holoubek) afirma que "la mente humana está preparada para aceptar cualquier cosa, si se procede con sabiduría". "Una historia crea otra historia", dice la joven Rebeca (Beata Tyszkiewicz) dando la auténtica tónica de la película. El resultado, más que una mera broma intelectual, es una simétrica combinación de cábala, minimalismo narrativo (preferimos ese término a "cubismo narrativo"), parodia trivial y sentido de profundidad simultáneos, relato moral gótico y cuentos de fantasmas y diablos. La música de época de Krzysztof Penderecki (adaptada a las diversas épocas en que transcurren las varias historias) y una notable fotografía en blanco y negro (que permiten resaltar la magistral reconstrucción de vestuarios y decorados), aportan el elemento necesario para que el espectador pueda, durante las tres horas de duración del metraje, trasladarse realmente a la España de Carlos II "El Hechizado" y ser parte de este auténtico y único calidoscopio cinematográfico.

Los ritos de la soledad. El Samurai. Director: Jean-Pierre Melville. Francia, 1967, basada en la novela The Ronin de Joan McLeod. Guión: Jean-Pierre Melville, George Pellegrin. Elenco: Alain Delon, François Périer, Nathalie Delon, Cathy Rosier, Jacques Leroy.Por Darío Lavia.



La más grande soledad no es la del tigre en la selva, ni la del samurai, sino la de Jef Costello (Alain Delon, que hace de la economía de gestos el más notorio rasgo de su personaje). En esta ocasión, el director Jean-Pierre Melville nos muestra el mundo de los sicarios con el caso de un profesional meticulosamente descripto a través de los pasos que sigue para la concreción de su trabajo:
-Se pone una gabardina y un chambergo
-Roba un Citroën con un manojo de medio centenar de llaves
-Acude a un mecánico para el "cambio de placas" y suministro de arma
-Penetra en su objetivo (en esta ocasión, un exclusivo club de jazz)
-Se calza guantes blancos e ingresa en el despacho de su víctima
- Avisa que se ha presentado para matarlo y dispara
- Al salir realiza diversos cometidos destinados a crearse una "coartada"
Como se ve, el trabajo de asesino profesional en París de los '60 es para nuestro protagonista una actividad compuesta de una serie de ritos. Pero la actividad no está regulada, no tiene previsión social ni sindicato que la proteja. Así que cuando llega el momento del pago, sus contratantes envían a otro sicario (Jacques Leroy) que intenta eliminarlo. El motivo es, se presume, que Costello fue arrestado por la policía junto a docenas de sospechosos que concordaban con la descripción que dieron los testigos. Debido a que la coartada de Costello es perfecta, el Comisario (François Perier) se ve obligado a soltarlo pero esta misma perfección es la que atrae la sospecha sobre él. Herido, Costello se enfrenta a un nuevo panorama: Ajustar cuentas con sus contratantes y evadir el molesto seguimiento policial. Entre ambas tareas, por supuesto, el eje de la cuestión que es, creemos, los ritos. Ya hemos mencionado antes las fases de todos sus trabajos, pero cada una se podría ampliar extrayendo nuevos ritos. La manera con la que Costello se pone el sombrero frente al espejo, o la forma como maniata a su rival - método ya visto en Le doulos (Morir Matando-1962) del mismo Melville. Esta sucesión de rituales, la invariable expresión de Costello y su perceptible código de honor, son los que lo llevan a un desenlace trágico (esto no es ninguna revelación para quienes hayan visto otras películas de Melville). Los motivos de Costello son lo apasionante del caso, ya que ni el protagonista deja entrever mucho ni el director nos ofrece elementos certeros con lo cual especular. De ahí, volvemos a la cita con la que Melville inicia su película (apócrifamente citada de un libro de Bushido), acerca de la soledad del samurai. En la idea occidental, el guerrero oriental es una máquina perfecta e inmutable. Esa perfección incluye tal vez la decisión y el control sobre una muerte con honor. Cuando Melville pone en pantalla este concepto, nos deja una película reducida a diálogos mínimos, con un desarrollo lento y cansino, que tiene explosiones de violencia carentes de toda espectacularidad y que nos termina dejando ligeramente ajenos y algo confundidos.

¿Qué pensaría Borges? Una versión interminable de la historia de la viuda (y pirata) Ching. Cantando dietro i paraventi. Director: Ermanno Olmi. Italia/Reino Unido/Francia, 2003. Guión: Ermanno Olmi. Elenco: Carlo Pedersoli, Jun Ichikawa, Sally Ming Zeo Ni, Camillo Grassi, Makoto Kobayashi. Por María Clara Lucifora: Profesora en Letras. Becaria de investigación, categoría estudiante avanzada, bajo la dirección de la Dra. Marta Ferrari y dentro del grupo de investigación “Semiótica del discurso”, con funciones de docencia en la cátedra Literatura y cultura española contemporáneas de la UNMdP.


Cantando dietro i paraventi, de Ermanno Olmi, es una película basada en el texto “La viuda Ching, pirata” que Jorge Luis Borges publicó junto a otros en su Historia Universal de la Infamia. Siendo esta última un símbolo de la escritura revolucionaria de Borges, resulta llamativo que Olmi haya realizado una versión fílmica tan alejada de los propósitos y el humor sarcástico del escritor.
Borges construye esta obra en base a personajes despreciables (bandidos, asesinos) que sólo podrían aparecer como héroes en una historia sobre “la Infamia” y, de este modo, en un gesto claramente vanguardista, logra universalizar e incorporar a la “alta cultura” elementos del borde, del margen, despreciados por el canon; arrastra así la literatura (tanto escritura como lectura) a espacios impensados hasta el momento. En “La viuda Ching, pirata” (y en el resto de los relatos de la obra), admirablemente, entreteje, con estructuras sencillas pero muy efectivas, palabras cargadas de múltiples sentidos y sugiere una red de significados no sólo textuales, sino también culturales, políticos, históricos y existenciales.
Por eso, mientras miraba el film, no podía dejar de pensar: qué hubiera pensado Borges, mirando esta versión extensa, aburrida y carente de todos los juegos lingüísticos y sugerentes que constituyen el texto sobre la viuda Ching. El film, en aproximadamente una hora y media, transforma la historia de esta singular pirata en una obra de teatro desarrollada en un prostíbulo y presenciada por un joven europeo (de quien no sabemos su nombre, ni por qué está allí y menos qué cambios o evolución producen en él los hechos) que es seducido por una mujer del lugar. Quizá esta forma de presentar la historia tenga que ver con las primeras líneas del texto en las cuales el narrador hace alusión a una zarzuela que hablaba de “mucamas que hacían de piratas coreográficas en mares de notable cartón”. No obstante, el director parece obviar que el texto continúa con un conector, “sin embargo”, que marca el contraste con la frase siguiente: justamente en esta oportunidad (al igual que en el resto de los relatos de Historia Universal…), el narrador se alejará de la ficción para narrar, a su manera, un hecho histórico.
En definitiva, lo cautivante de esta pieza borgeana son tanto las maravillosas ironías y el dinamismo del texto, secundado por la brevedad, como la recreación novedosa de un acontecimiento histórico, que atrapan y deleitan de principio a fin, al tiempo que nos permiten reflexionar no sólo acerca de las vicisitudes de este personaje, sino también de la realidad del momento (“Kvo-Lang observó un rito que nuestros generales derrotados optan por omitir: el suicidio”) y de los impredecibles vaivenes humanos (“Una de ellas fue Mary Read, que declaró una vez que la profesión de pirata no era para cualquiera, y que, para ejercerla con dignidad, era preciso ser un hombre de coraje, como ella”).Sin embargo, el film produce el efecto contrario: interminablemente largo, con escenas muy estáticas, saltos confusos y una explicitación de contenidos que le quita todo el juego de sugerencias borgeano, a pesar de invocar las palabras del narrador en más de una oportunidad, logra desarmar todo el encanto que el texto nos proporciona y, más que un desafío intelectual, resulta un desafío a nuestra capacidad de atención y a nuestra paciencia.


Lo mismo, pero distinto. Variaciones 1/113. Director: Javier Aguirre. España, 2003, inspirada en el poema “Le Regret d´Héraclite” de Gaspar Camerarius. Guión: Javier Aguirre. Elenco: Javier Bardem, Inés Sastre, Emma Cohen, Manuel Gil. Por Agustín Marangoni: periodista especializado en arte y cultura, director del site Ciudad Abstrakta (http://www.ciudadabstrakta.com/), columnista en Rock & Pop Beach (fm 98.9 hz) y colaborador para distintos medios nacionales e internacionales dedicados al arte contemporáneo.



No es posible descender dos veces al mismo río, tocar dos veces una sustancia mortal en el mismo estado, sino que por el ímpetu y la velocidad de los cambios (se) dispersa y nuevamente se reúne y viene y desaparece.
Heráclito de Éfeso

¿Es usted un borgeano ortodoxo? ¿De esos que se demoran ante una puerta cancel, le gustan los mapas, la prosa de Stevenson, los relojes de arena y la tipografía del siglo XVIII? Antes que nada, preocúpese por su falta de identidad, luego vaya en busca de Variaciones 1/113 (España - 77 min – 2003), película que integró la programación de la sección Alrededor del Borges del 23º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.
La puesta en pantalla es simple. Parque de Retiro de Madrid. Una mujer (Inés Sastre), vestido blanco impoluto, corre a los brazos de su amado (Javier Bardem). Se abrazan, se besan, se miran.
Una sola toma, menos de 20 segundos.
El director, Javier Aguirre, presenta 113 distintas veces la misma escena, el mismo beso, el mismo abrazo, la misma mirada. Utiliza efectos digitales, físicos y químicos para conseguir texturas, colores psicodélicos, agujeros, modificar la velocidad, recortar bordes y convertir a los enamorados en relojes y extraños elementos geométricos. También utiliza un amplio abanico musical que va mezclando junto con un pequeño verso que el mismo Borges leyó especialmente para el film en 1974 y algunos offs de Fernando Fernán Gómez y Francisco Rabal.

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach
.

Este poema, "Le Regret d´Héraclite", es el concepto.
Variaciones 1/113 no es una maravilla de la cinematografía universal, tampoco es un film obligatorio para entender la obra de Jorge Luis Borges; sí es una excelente interpretación, bajada al cine, de una idea recurrente en el universo borgeano: el eterno retorno. Una síntesis curiosa.
Los efectos que utiliza Aguirre son básicos, de algunos, incluso, abusa. Aún así, la crítica estética no tiene lugar, hay que hacer foco en el concepto de repetir y reinterpretar. Es una sucesión de lo mismo, pero distinto. Ellos en azul y rojo; ellos en siluetas monocromáticas; ellos a toda velocidad; ellos manipulados dentro de una burbuja de agua; ellos manchados con luz; ellos fuera de foco; ellos dados vuelta; ellos con las caras invertidas; ellos deformados; ellos recortados y pegados en un escenario abstracto. Así 113 veces. Divertido. Y borgeano.


Historia de una venganza: Hombre de la esquina rosada. Director: René Mugica. Argentina, 1962, basada en el cuento homónimo de Jorge Luis Borges. Guión:Joaquín Gómez Bas, Carlos Adén, Isaac Aisemberg. Elenco: Francisco Petrone, Walter Vidarte, Susana Campos, Jacinto Herrera. Por Daniel Nimes: Por Daniel Nimes. Ayudante Alumno en la cátedra Taller de Oralidad y Escritura I, Universidad Nacional de Mar del Plata.




Alguna vez declaró Borges que de todas las adaptaciones cinematográficas de su obra hubo sólo una buena, la película de Mugica sobre su cuento homónimo. Podemos decir que, efectivamente, esta versión fílmica del cuento de Borges es una gran adaptación, no tanto por mantener una cierta “fidelidad” al relato original (que la mantiene) sino más bien, diría, por agregar algunos toques borgeanos en la trama, dando continuidad a la poética que da origen al relato.
El texto de Borges pasa a ser, en el film, una suerte de “relato enmarcado”; quiero decir, Mugica crea un contexto, repone historias previas que en el cuento no existen. Se mete con el pasado, ausente en la historia original. En ese pasado, Nicolás Fuentes fue encarcelado como consecuencia de la traición de Ramón Santoro, Rosendo Juárez y de su propia mujer, La Lujanera. Antes de morir en la cárcel le cuenta su historia a su compañero de celda, Francisco Real, El Corralero. Real sale libre por indulto pero, fatalmente, es provocado por otro cuchillero, al que mata. Real averigua el nombre del muerto (Santoro) y comprende que con esa muerte, ha emprendido la venganza de Fuentes. Busca a Juárez, que vive con La Lujanera, y lo desafía en nombre de Fuentes, pero el otro huye. El Corralero muere luego a manos de El Oriental, un joven que codicia –y, gana- a La Lujanera.
La venganza de Fuentes a través de Francisco Real es de corte borgeano: el propio malevo le dice a Rosendo, al desafiarlo, “Nicolás Fuentes soy yo”, y marca la continuidad cíclica, tan afín al escritor argentino. Rosendo le había robado la mujer a Fuentes, Real se la roba a Rosendo y, finalmente, El Oriental a Real. El nudo del conflicto, es en el fondo, la posesión de La Lujanera, que pasa de mano en mano. La venganza del muerto, podría decirse, es doble: venganza de Rosendo, que huye humillado del bar, venganza del propio Real, que muere acuchillado en el piso del mismo lugar. La Lujanera es un objeto de deseo volátil y peligroso, y queda latente, en el film, qué pasará con los destinos de El Oriental y la mujer.
El relato de Borges ocupa el tramo final de la película, es el punto de mayor vigor narrativo y reproduce en sus diálogos, a veces con exactitud, palabras del propio texto. Tanto en el cuento como en el film se produce la revelación de que un personaje secundario es, en realidad, fundamental en el asunto: es, además, el personaje que cierra el ciclo: un personaje que debe una muerte, que inaugura así su vida como guapo, y que se queda con La Lujanera. Pesan sobre él esa muerte y ese robo (como antes pesaron sobre Rosendo y sobre Real), y es él, ahora, el Perseguido.


La última caminata. Haroldo Conti, Homo Viator. Director: Miguel Mato. Argentina, 2008. Documental de ficción sobre la vida de Haroldo Conti. Guión: Miguel Mato, Eduardo Spagnuolo. Elenco: Darío Grandinetti, Ana Yovino, Carlos Santamaría. Por Pablo Salido: estudiante de Letras (Universidad Nacional de Mar del Plata).




Haroldo Conti, Homo Viator es una mezcla de documental y ficción sobre la vida y muerte del escritor Haroldo Conti, desaparecido en 1976 en manos de la dictadura militar.
El título -Homo Viator- se debe a otra de las pasiones del escritor (admirador de la literatura beatnik) que, además de la literatura y la política, fueron los viajes.
La película comienza con la última caminata de Conti (Darío Grandinetti) en la noche de su secuestro con su esposa Marta (Ana Yovino) hacia su casa tras ver El Padrino II. En medio de ese paseo se comienzan a recuperar fragmentos de la vida del escritor-anécdotas de familiares, amigos, entrevistas a Conti, narraciones de obras como “La balada del álamo Carolina”, “Sudeste”, “Las 12 a Bragado”, “Mascaró, el cazador americano”, o imágenes y audios domésticos de Haroldo-, donde la voz del escritor se recobra por las calles de su Chacabuco natal, por la geografía del delta, o en las distancias donde se encontraba un amigo entrañable.
El director Miguel Mato declaró que se negó a incorporar en la obra el momento del secuestro, al cual sólo se alude, porque, dijo, “Conti es importante por su vida y no por su muerte”. Por esto el trabajo de Mato consistió en seleccionar referencias donde prevalecen las inquietudes que desvelaban a Conti: los afectos, el amor que sentía por la vida y por el ser humano.


En el cine la literatura siempre es una fuente de inspiración. Entrevista a Ernesto Flomembaum, investigador y programador de la sección Alrededor de Borges. Por Víctor Conenna.



¿Cuál es el origen de esta sección?
Esto surgió como una idea de invitar a una personalidad del ámbito del cine para que desarrolle una propuesta, una sección dentro del festival. En este caso José Martínez Suárez lo convocó a Edgardo Cozarinsky quien se encargó de la curaduría de esta sección de Borges y el cine. Él ya había publicado un libro treinta años atrás, una primera edición en inglés de una investigación sobre los vínculos de Borges con el cine, porque Borges era un cinéfilo muy asiduo a las salas. Ya desde el período mudo, la influencia de Josef von Sternberg lo inspiró para ciertos cuentos. Además, fue el fundador de uno de los primeros cineclubs de Buenos Aires y después desarrolló una extensa actividad de crítica cinematográfica. A partir de ese conocimiento la idea fue traer este vínculo al festival y desarrollarlo en una sección. Ese libro se reeditó unos años después en castellano y se le agregaron algunas novedades sobre nuevas producciones. Después, ya contando con ese material y charlando los tres (Pastora Campos, Edgardo Cozarinsky y yo), nos metimos a hacer toda la tarea de investigación y empezar a buscar fundamentalmente las películas que no se conocían o que nunca llegaron o que se vieron poco para no recurrir a los títulos más frecuentes.
¿Qué otros criterios hubo para seleccionar las películas de esta sección?
La idea era trabajar sobre documentales que abordaran el mundo de Borges, en este caso tenemos el film de Luis Ángel Bellaba, Borges, del año 1964, que fue premio en el fondo nacional de las artes y también tenía la presencia de figuras que después hicieron historia como Stagnaro en la fotografía, Piazzolla en la música, Aristarain en el guión, Alicia Jurado, o sea que era un film interesante por lo que iba prefigurando, más allá de la forma narrativa de los años sesenta. Después está esa particularidad de ese docu-ficción de José Luis Di Zeo, Borges, un destino sudamericano, donde es la primera vez que Borges actúa uno de sus personajes, Juan Dahlmann del cuento “El sur”.


Incluimos esos documentales y muchos cortos nuevos y otros que ya tienen algunos años pero que se difundieron poco: La espera de Fabián Bielinsky, Zunz de Alejandro Angelini, Quimera de José Luis Valle, Infamia de Juan Cordoni y Maximiliano Blanco, basado en varios cuentos.
A nivel largometrajes podemos destacar algunas joyitas como el film iraní El encuentro, que fue un estreno mundial ya que la película nunca se exhibió fuera de Irán y la otra película muy importante que conseguimos es El huésped de Aleksander Kajdanovsky, que falleció muy joven y su primer y único largometraje fue este que está basado en “El evangelio según Marcos”. Está, también, la película de Felipe Cazals, Tres de copas, que es una versión libre de “La intrusa”. Después, Variaciones 1/113 de Javier Aguirre que es un film totalmente experimental y basado en un poema de dos líneas “Le Regret d´Heraclite” que es una única toma trabajada con todos los recursos que permite hoy la tecnología. Por último, hay que mencionar el “video-minuto” de Graciela Taquini, Psycho x Borges, el vínculo de Psicosis con Borges que es muy interesante porque se escucha la voz de él contando la historia.
Me estás hablando de una gran variedad de films inspirados en textos de Borges, ¿Quedó mucho material fuera de esta selección?
Quedó material. En parte porque no lo pudimos conseguir. Por ejemplo, habíamos hecho contacto por Emma Zunz de Benoit Jacquot, que es una producción hispano-francesa para la televisión española y finalmente por una cuestión de derechos no la pudimos traer. Descubrimos que hay un trabajo de un dramaturgo y director de cine, Fernando Arrabal, un film hecho a partir de una conferencia de Borges al cual, incluso, le puso imágenes propias, pero si bien intentamos tomar contacto con él y pedirle el material, nunca nos respondió.
Además, dentro de esta línea había otros films menos logrados que no nos pareció adecuado incluirlos, como El sur de Carlos Saura u otro mediometraje vasco que tomaba como centro “La intrusa”.
Este año, ¿hay en el festival un perfil más literario que en ediciones anteriores?
No hay directamente una búsqueda de lo literario como inspiración de las películas sino que se dio de casualidad, tal vez algunas películas seleccionadas marginalmente, en el sentido que integran otros cuerpos de películas, porque ya están en competencia o porque el eje está puesto en otro aspecto, no en el literario. Cómo eje puesto en lo literario, exclusivamente está lo de Borges. Lo que pasa es que, en el cine, la literatura siempre es una fuente de inspiración para los guiones y los relatos. Esto se encuentra todos los años y creo que en todos los festivales. Hay una búsqueda en la literatura, a veces por falta de ideas, para generar historias.
¿Vislumbras que el año que viene está sección tenga continuidad vinculada a algún otro escritor argentino?
Sería bueno. Este es el primer año de José Martínez Suárez en la presidencia del festival. Él fue marcando algunas directivas en cuanto a contenidos. Yo creo que va a sacar de esta, su primera experiencia, las conclusiones del caso, hacer el balance de cómo funcionó, cuál fue la repercusión y demás y a partir de ahí decidirá cuál va a ser el contenido y la programación del año que viene.

martes 30 de septiembre de 2008

Publicación bimestral-ISSN Nº 1851-4855. Año 2 Número 6 (dedicado a la literatura infantil). Septiembre de 2008.

El recorrido de Shrek. Shrek (EEUU, 2001) Director: Vicky Jonson, Andrew Adamson; Shrek II (EEUU, 2004) Director: Andrew Adamson, Nelly Asbury y Conrad Vernon; Shrek III (EEUU, 2007) Director: Chris Miller (III). Elenco: Mike Myers, Eddie Murphy, Cameron Diaz, Antonio Banderas, Rupert Everett, Julie Andrews y John Cleese. Por Mila Cañón: Maestra, Profesora y Licenciada en Letras, Magister en Letras Hispánicas. Docente y capacitadota en el área de "Literatura Infantil",miembro fundador de la Asociación Civil Jitanjáfora desde 1999.


El cine norteamericano presenta una trilogía que construye un mundo animado, habitado por personajes maravillosos que provienen de la historia de la literatura.
Había una vez en un pantano muy lejano, un ogro cascarrabias cuya preciada soledad se ve imprevistamente convulsionada por una invasión de molestos personajes... Era el 2001, y la pantalla grande despierta con una película sobresaliente. Los estereotipos de los cuentos de hadas o los personajes de los clásicos infantiles se convierten en protagonistas de Shrek, invaden su tranquilo pantano y no se despiden hasta el tercer film: Shrek the Third, cuando la historia posiciona al ogro en el trono del rey. La constelación puede formar parte del universo del espectador o no, pero sí habita el campo literario y el imaginario de muchos lectores que escucharon, leyeron, vieron ilustraciones y películas de: Los tres cerditos, Blancanieves y los siete enanitos, Caperucita Roja y el lobo feroz, Los tres osos y Ricitos de Oro, Pinocho, el hombre de jengibre, La Cenicienta, Robin Hood, El Gato con Botas- quizás el personaje mejor logrado en la segunda- , el Príncipe Rana o la Bella Durmiente, además de otros seres como ogros, gigantes y dragones que pueblan las tres películas.
Misteriosamente, como ya se ha confirmado muchas veces, la trilogía no decae, sino que evoluciona hacia recursos cada vez más elaborados desde lo discursivo. Nadie duda de que Fiona es una bella princesa a punto de casarse, sin embargo cuando llega el atardecer..., la belleza desaparece y se produce la transformación, se "transgrede el estereotipo" no sólo instalado en los antiguos cuentos de hadas - este recurso se reitera de variados y enriquecidos modos en los films.
También, el humor, a veces tan difícil de lograr en los discursos infantiles, demuestra diversas aristas. Se apela a lo escatológico, propio de un ogro que ha vivido aislado en un pantano, pero además los episodios plantean mecanismos paródicos y anacronismos que descubren dos puntos interesantes en esta producción. La construcción de un discurso fílmico muy elaborado con ambigüedades, reelaboraciones intertextuales y reescrituras, y la suposición de un doble espectador. Por un lado, el niño respetado desde una película desafiante que ofrece "muchas lecturas", y por otro lado, el adulto que puede leer entre líneas los guiños de los hacedores de estos productos y reponer significados ideológicos e históricos recordando las bellas historias de la infancia que viven en su imaginario.

El niño que soñó el país de los que duermen. El pequeño Nemo (Little Nemo: Adventures in Slumberland). Director: Masami Hata y William T. Hurtz. EEUU-Japón, 1992, basada en el cómic Little Nemo in Slumberland, publicado entre 1905 y 1911, de Windsor McCay. Guión: Ray Bradbury, Chris Columbus, Richard Outten. Elenco: Gabriel Damon, Mickey Rooney, Rene Auberjonois. Por Lucía Couso: Estudiante de Letras (UNMdP). Integra el grupo de promoción de la lectura y la escritura Pepas de dulce.



Casi un siglo después de que Windsor McCay publicara por primera vez el cómic Little Nemo in Slumberland, un equipo de japoneses y estadounidenses se unieron para adaptarlo al cine.
El dibujante francés Jean Moebius Giraud recreó la idea original, otorgándole calidez e ingenuidad a los dibujos, características que no se encontraban, de forma tan definida, en el cómic. Tanto en la construcción de algunos personajes, como en los paisajes que recorre el protagonista se nota la colaboración de animadores japoneses como Yoshifumi Kondo, Masami Hata y Hayao Miyazaki -creador de clásicos de la animación como Mi vecino Totoro y El Viaje de Chihiro-.
La secuencia inicial de la película imita a la del cómic: el pequeño Nemo está tranquilo en su cama cuando es interrumpido por el sueño donde se inicia el viaje. Una noche, le comunican que el Rey Morfeo lo ha decretado compañero de juegos de su hija, la princesa Camille. Nemo emprende el viaje hacia Slumberland, donde finalmente conoce a la princesa y a Flip, quien se convertirá en su compañero de aventuras. La curiosidad de Nemo lo llevará a desobedecer al Rey Morfeo, abriendo la puerta al País de las Pesadillas, el mismo día en que será coronado príncipe de Slumberland.
En los diferentes viajes que Nemo emprende, los paisajes están impregnados de una fantasía que transforma. En este sentido, la película recupera la estética del cómic: a través de la experimentación con las perspectivas espaciales, las imágenes, surrealistas y psicodélicas, se fusionan en diferentes planos. El cómic Little Nemo in Slumberland es considerado una obra maestra dentro de su género, no solo por la calidad de la historia que cuenta, sino también por el uso innovador del color y el formato de la página que hizo su autor.
Las situaciones y el lenguaje que McCay generó fueron adaptados por Chris Columbus y Ray Bradbury, quienes, entre otros, se encargaron del guión. Al igual que en los sueños, donde hay fragmentación y deslizamiento, la narración se vuelve intermitente y desordenada, ya sea por los despertares de Nemo o por las irrupciones de Flip. Este es un personaje ambiguo, que cumple la función de desbaratar las estructuras de las que se ve rodeado Nemo. Flip representa la parte del niño que se inquieta ante lo desconocido, que desea divertirse y siente curiosidad por todo aquello que lo rodea.
En El pequeño Nemo, el niño curioso que disfruta de la posibilidad de que espacio y el tiempo muten constantemente, que cree en sortilegios para invocar la magia, es el niño que realmente sueña.


Cuando adaptar es simplificar y empobrecer. La maldición de las brujas (EEUU, 1989), dirigida por Nicholas Roeg y basada en Las Brujas (Roald Dahl, 1983). Guión: Allan Scout. Elenco: Anjelica Huston, Rowan Atkinson, Mai Zetterling, Bill Paterson. Por Carola Hermida: Profesora, Licenciada en Letras y Magíster en Letras Hispánicas. Forma parte de la Comisión Directiva de la Asociación Civil Jitanjáfora.




Al igual que Matilda, las versiones de Charlie y la fábrica de chocolate o Jimy y el durazno gigante, La maldición de las brujas (1989), dirigida por Nicholas Roeg, es una de las tantas películas basadas en textos del conocido escritor británico Roald Dahl. En este caso, se trata de una adaptación de su novela Las brujas (1983). La originalidad de sus personajes, la escritura desafiante que huye de los lugares comunes, las tensas relaciones entre lo maravilloso, lo fantástico y la descripción crítica a una sociedad en la que los niños viven a menudo incomprendidos y en soledad son algunos de los atributos que han despertado el interés por estos textos literarios.
En esta novela, un niño y su abuela se enfrentan a La Gran Bruja en la Convención Anual de Brujas de Inglaterra, que tiene lugar en un moderno hotel junto a la playa. Los tópicos tradicionales del relato de brujas se recontextualizan en un ambiente actual, generando un texto de magia, aventuras, suspenso y humor. Como resultado del enfrentamiento con las brujas, el protagonista quedará convertido en un entusiasta ratón, que se propone seguir luchando contra estos personajes en el resto del mundo.
La adaptación cinematográfica de este texto es un caso digno de análisis para observar las operaciones utilizadas en las obras que se destinan a niños. La novela Las brujas no es condescendiente con su lector: la escritura de Dahl propone desafíos, elipsis, un final abierto (feliz, pero no tan feliz) y ciertamente no es un texto moralista (para no ser atrapados por las brujas, por ejemplo, a los niños les convendría más que portarse bien, no bañarse). La versión cinematográfica en cambio, llena huecos, omite detalles y sobre todo corrige el final, logrando un producto sumamente inferior al original. Más allá de las actuaciones o los efectos especiales, la pobreza del film reside en el guión que exhibe los prejuicios que estructuran muchos textos infantiles de baja calidad. Se trata de adaptaciones simplificadas que silencian los temas conflictivos (la elipsis del episodio referido a la muerte de los padres del niño en la película es tal vez el caso más notorio), hacen del final feliz una ley inquebrantable, ordenan y simplifican la estructura, allanan (en el peor sentido de la palabra) el papel del lector-espectador buscando “endulzar” la historia. Son textos que no permiten crecer a su receptor ya que le brindan un producto masticado, vigilado, apto para consumir en forma inmediata sin correr riesgos. La maldición de las brujas es un ejemplo paradigmático de este tipo de obras que menosprecian a su destinatario y en su caso esto es más evidente aún, ya que la novela de la cual parte no presenta en absoluto estos rasgos consumistas y moralizantes.


Una relectura de los cuentos maravillosos. Los Hermanos Grimm. Director: Terry Gilliam (EEUU-Reino Unido-República Checa, 2005). Guión: Ehren Kruger. Elenco: Matt Damon, Jonathan Pryce, Monica Bellucci, Heath Ledger, Mackenzie Crook. Por Raquel Piccio: Profesora en Letras. Integra la Comisión Directiva de la Asociación Civil Jitanjáfora.



Dos hermanos, Jake y Will Grimm, recorren algunos pueblos de la Europa de finales del siglo XVlll con el objetivo de enfrentarse a distintos seres –ogros, brujas, fantasmas- que acechan a sus habitantes. Los Grimm recrearán –mediante una serie de complicados artilugios- los monstruos que protagonizan las leyendas de cada comarca para presentarse, luego, como los únicos que podrán enfrentarlos y vencerlos. Los habitantes los contratan. De esta manera, los moradores caen en la trampa y los hermanos llevan adelante su negocio…
Hasta que las autoridades francesas descubren el engaño. Y la única opción para evitar el castigo consiste en desbaratar a otros embaucadores que están sembrando el terror. En la comarca de Marbaden han desaparecido nueve niñas y suceden hechos muy extraños. Allí, Jake y Will se encuentran con un verdadero problema: el pueblo realmente ha sido hechizado. Para liberarlo, ambos deberán enfrentarse a todos los seres y sucesos que consideraban una invención.
A lo largo de esta película son numerosas las referencias a los cuentos de hadas. Además de los nombres de los protagonistas, encontramos en el film marcas de oralidad -fórmulas de inicio y de cierre, por ejemplo-; objetos mágicos -la manzana envenenada, el espejo de Blancanieves, los zapatitos de cristal-; animales –sapo encantado, lobo, cuervos, serpientes- y personajes –Caperucita, Hansel y Gretel, Raspunzel, Bella Durmiente- que pertenecen al imaginario de los cuentos tradicionales. Por otro lado, el contexto histórico en el que se sitúa esta historia se corresponde con el contexto en el que los hermanos Grimm llevaron a cabo su tarea como recopiladores.
Resulta muy interesante observar cómo estas referencias se entrecruzan en el desarrollo de la historia que se quiere contar. Los elementos –personajes, objetos, situaciones- aparecen delineados de acuerdo con sus características originales –es decir, con aquellas que recordamos de los cuentos de hadas-. Por ejemplo: Caperucita es una niña vestida de rojo que atraviesa el bosque con una canasta en su mano; Hansel y Gretel son los hermanos que se pierden, entre otros. Pero, lo realmente sorprendente consiste en la resemantización que se hace de estas referencias. Se incorporan con sus cualidades originales pero, al mismo tiempo, asumen otras: Caperucita no es devorada por el lobo, sino raptada para cumplir con un hechizo; el leñador- con su hacha mágica- se enfrentó al lobo pero quedó atrapado en el cuerpo de aquel. De esta manera, aquellos personajes, objetos y sucesos que ya conocíamos irrumpen en esta historia, se mezclan entre sí y aportan nuevas miradas para releer los cuentos tradicionales.

Si buscan finales felices, es la película equivocada. Una serie de eventos desafortunados (EEUU, 2004) Basado en Una serie de catastróficas desdichas, de Lemony Snicket. Guión: Robert Gordon. Elenco: Jim Carrey, Jude Law, Emily Browning, Kara Hoffman. Por María José Troglia: profesora y licenciada en Letras. Se desempeña como docente y capacitadota en el área. Integra la Asociación Civil Jitanjáfora desde su formación.



La película de Brad Silberling estrenada en 2004 es una adaptación de la saga de Daniel Handler, quien bajo el seudónimo de Lemony Snicket publica la historia desafortunada de los huérfanos Baudelaire.
Los trece libros que constituyen esta serie de catastróficas desdichas son una muestra elocuente de los juegos que puede jugar la literatura: la constante contaminación entre autor y narrador, autor real y autor ficcional, la escritura como un proceso que comienza en la búsqueda de las fuentes, el circuito que recorre un libro hasta llegar a las manos del lector, las continuas autorreferencias, las relaciones intertextuales, los juegos de palabras, y más. Fundamentalmente, el hallazgo de la serie se puede encontrar en el efecto de lectura que produce en los niños como lectores, ya que aquí no hay hechos graciosos, no hay finales felices, no hay “duendecitos alegres” que cantan canciones. Handler quiebra los estereotipos de cierta literatura infantil poniéndola en diálogo con otras obras y autores de la literatura universal e inaugurando una narrativa original, donde a chicos inteligentes y encantadores les suceden cosas espantosas, empezando por la muerte de sus padres en la primera oración.
La película se basa en los tres primeros libros de la saga (que además son los únicos que pueden conseguirse en Argentina): Un mal comienzo, La habitación de los reptiles y El ventanal y tiene varios aciertos como film, aunque algunos traspiés en relación con el libro original. Las actuaciones de Jim Carrey -un poco menos payasesco que de costumbre pero demasiado histriónico para el personaje del conde Olaf, quien tiene mucho más de sombrío y aterrorizante que de gracioso- y de Meryl Streep le dan a esta producción un agregado estelar que se esperaba repercutiera en la difusión de los libros, cosa que no ocurrió. El film recupera muy bien algunos elementos como la indeterminación espacio-temporal, los tonos sepia que rodean metafóricamente a cada suceso, las acotaciones del narrador (en este caso en off) y algunos juegos con el lenguaje y apelaciones al lector/espectador: “les recomiendo que dejen de leer ahora mismo”. Sin embargo, aunque entendemos que una adaptación cinematográfica no debe “respetar” necesariamente las características del texto literario (de hecho hay una alteración importante del orden en que ocurren los eventos en los libros) hay dos puntos cruciales: una de las principales características de la saga es que si bien los hermanos siempre salen adelante y logran sortear los obstáculos, no hay esa sensación de protección que deriva de la figura de los padres, que en la película, aunque están muertos, parecen cuidar a los chicos, seguir presentes, preservar la idea de familia a pesar de todo. En los libros los huérfanos son eso, definitivamente huérfanos, y están solos. Por otra parte, hay una inversión de los roles masculino y femenino de los hermanos, que precisamente el texto literario busca y sostiene: la mujer tiene habilidades y actúa en muchas ocasiones como varón y él se dedica principalmente a leer, no tiene habilidad física ni aires de protector. La película parece querer sostener un estereotipo aún desde el aspecto físico de los personajes que contradice este aspecto tan acentuado en los libros.
Por lo demás, una película interesante, entretenida y que invita a descubrir los textos. Quizás como se trata de una saga de trece títulos, podamos esperar la continuación de esta película, lo que sería una buena ocasión de conocer el final de una historia que nos quedamos con ganas de leer.


Literatura y cine para gustar y degustar. Charlie y la fábrica de chocolate. Director: Tim Burton. (EEUU, 2005). Basada en la novela homónima de Roal Dahl. Guión: John August. Elenco: Johnny Depp, Freddie Highmore, David Kelly, James Fox, Christopher Lee, Helena Bonham Carter. Por Soledad Vitali: Profesora en Letras recibida en la UNMDP. Es miembro de la Asociación Civil Jitanjáfora.



La novela de Roald Dahl cuenta la historia de Charlie Bucket, un niño que vive con sus padres y sus cuatro abuelos en una casa de madera muy pobre, en las afueras de Londres. Su existencia es sencilla y poblada de privaciones, ya que el único que tiene trabajo es el padre de Charlie. En esa misma ciudad, está instalada la fábrica de chocolates más grande del mundo: FÁBRICA WONKA. El protagonista admira ese lugar y se fascina con sus chocolates, aunque sólo recibe uno al año: en su cumpleaños. Pero… su historia está por cambiar. Se ha largado el concurso del billete dorado. Sólo cinco niños podrán visitar la fábrica y acceder a chocolates y dulces de por vida. ¿Será Charlie uno de los afortunados? Así sucede y esto da pie a la aparición de una serie de maravillosas aventuras y personajes.
La película de T. Burton – aunque presenta algunas variaciones con el texto- interpreta y plasma en la pantalla magníficamente- en todos los sentidos del término- los escenarios y los personajes de la novela de Roal Dahl. La fábrica del Sr. Wonka con su ascensor de cristal; la cascada de chocolate ubicada en el fascinante parque – en el que todo puede comerse-; el viaje en ese barco de color rosa que los lleva por la fábrica; las ambientaciones de los diferentes lugares en los cuales se hallan los billetes dorados; el palacio del príncipe hindú; el país de los Oompas Loompas… La enumeración es acotada para poder dar cuenta de la multiplicidad de aspectos y elementos que conforman el film.
Los personajes – tanto los niños como los adultos- están caracterizados como los plantea el texto. Seguramente el espectador, lector de Roal Dahl, tendrá sus objeciones pero en cada uno de los chicos como en sus padres, se advierten los rasgos que los definen y que conllevan la crítica que plantea el autor. Es interesante destacar, que el aspecto moralizante que presenta el texto en la estética del cine se vuelve más pregnante. Esto se observa claramente en la escena en la cual Veruca Salt es maniatada por las ardillas, que advierten “que está hueca” como las nueces que no sirven y deciden “tirarla a los desperdicios”.
En esta breve reseña, quedan muchos aspectos sin analizar como las variantes sobre el personaje del señor Wonka, las canciones de los Oompa Loompas, la presencia anticipaciones que a la manera de la literatura mantienen al espectador prendido del film, la escena de Wonka analizándose por un oompa loompa que hace de terapeuta... Dentro de esta línea, queremos mencionar el juego de cajas chinas que se genera en el final. Wonka y Cahrlie vuelven a cenar a la casa del niño, que queda en el parque de la cascada de chocolate, que puebla la historia que cuenta un oompa loompa a nosotros que escuchamos, miramos y nos maravillamos.